La casa árbol.

Ayer tenía una cena en casa de Juan el hermano de mi amiga María. Nunca había estado allí y me indicaron como tenía que ir.
La zona era una colonia antigua de chalets, todos con sus jardines, sus pequeñas parcelas y el encanto de ser todos diferentes y al mismo tiempo pertenecer a un mismo lugar.

Me costó un poco encontrarle y cuado estaba en la calle y el número indicados, llamé al timbre; me recibió un chico joven de unos 20 años, amable y sereno. Me acompañó hasta la entrada principal y tropecé casi sin darme cuenta con un enorme salón que compartía estancia con una increíble cocina.

Toda la casa estaba cubierta de madera: el suelo, los muebles, las lámparas y lo que más llamó mi atención fue la mesa principal de madera maciza, que me trasladó a las cabañas de las altas montañas.
Sobre ella y a ritmo pausado se iban acompasando las ensaladas, los canapés, las botellas de vino, todo de forma ordenada. Me fijé en unas brochetas de fruta que captaron mi atención por sus ricos colores: mango, piña, uvas, plátano…

De mi ensimismamiento me rescató Rosalía la mujer de Juan. Rubia de piel clara, casi hierática como una esfinge por fuera y muy calida por dentro. Me acerco su mano y beso mi mejilla…Sentí un escalofrío y es que estaba un poco fría.

Al ratito descendió por una escalera exterior el anfitrión, alto delgado, enjuto; se acercó a mi lado y me abrazó, hacia tiempo que no nos veíamos y parece que notó mis ganas de conocer su hogar porque cogió mi mano y de la cocina sin mediar palabra ascendimos por una escalera exterior, que resguardaba la casa con una enorme cristalera que daba a un frondoso jardín…Parecía como si me adentrara en un invernadero de muchas alturas.

Al llegar a la planta de la zona de trabajo, llamó mi atención la cantidad de libros que había, estaban todos colocados como si se tratar de una partitura.Al ascender a la parte de arriba hicimos una parada y me mostró el jardín que compartía con su vecino. Sus plantas crecían hacia el exterior y las del vecino se mezclaban con las suyas. Me pareció precioso y le comenté: que suerte tienes amigo de compartir la naturaleza con tu vecino.El me sonrió.

Según subíamos a la última planta sentí como si las ramas de su jardín me elevaran y me acompañaran a la copa más alta.De repente comprendí que estaba trepando por un árbol y que nos dirigíamos al nido.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza y agarré la mano de mi amigo. Le dije que era la segunda casa árbol que visitaba, él me miro y volvió a sonreír.

Sobre su cama reposaban los rayos de luz que se colaban por las cristaleras, cerré los ojos y me imaginé viviendo en la copa de un árbol. Cuando los volví a abrir Juan ya no estaba y sobre la rama descansaba una nota: “cuando necesites abrazarte al tronco de un árbol, no olvides regresar a la casa de tu amigo”.

 

 

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7 respuestas a La casa árbol.

  1. LNA dijo:

    Que capacidad de sentir profundamente la emoción y el sentimiento. Enhorabuena!

  2. Maca dijo:

    Como me gusta lo que vas disfrutando de todo lo que te roedea !!!

  3. Úrsula dijo:

    Que bueno es sentir el calor de los amig@s!!

  4. Pedro A. Díaz dijo:

    Qué agradable!

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