El último Rafael.

Iba esta mañana caminando por la calle, cuando frente a mí, se detiene un autobús,  lleva impreso, en la parte posterior, el torso de un hombre, su mirada me es familiar y como por arte de magia, esa mirada me sigue y me persigue.

El autobús se va alejando y yo me quedo quieta, viendo como se va, miro a esos ojos que me escudriñan y me persiguen, su mirada es tan cercana y real, que no puedo dejar de mirar.

Me habla sin hablar y me dice que le siga, que me vaya con él, debe de ser el calor o lo que cené ayer? Giro la cabeza en otra dirección y otra vez le encuentro ahí, mirándome, observando, no me dice nada y me lo dice todo.

No me queda otro remedio, que cerrar los ojos y entregarme a su viaje. Va derecho a la Castellana, yo me sujeto bien fuerte a lo alto del autobús y veo lo bonito que es Madrid, desde ese lugar. Atraviesa: la plaza de Emilio Castelar, Colón, Cibeles y ya he llegado, donde este buen hombre, me quiere llevar.

Con una  soltura infinita saca unas grandes llaves y en plena noche, abre la puerta como si estuviera en su ciudad.

El va con un atuendo, no muy actual; yo en sandalias, pantalones cortos y una camiseta de tirantes. Han debido de pasar muchas horas ya, porque siento un hambre terrible.

Me dice con un gesto que guarde silencio, yo obedezco sin rechistar. Me dice que cierre los ojos y cuando ya no puedo más, aprieta un poco mi mano y no vais a creer, donde estoy!

Son las doce de la noche y me encuentro, en una sala llena de gente, no son de esta ciudad, ni de esta época. He retrocedido en el tiempo. Es todo muy religioso: el Calvario, la Virgen María, la Visitación…Reconozco esas imágenes, porque estudié en un colegio de monjas, sin embargo no me siento muy a gusto y me quiero ir.

El hombre de los ojos azules, se da cuenta de lo que me ocurre y me sujeta la mano,  me estoy a punto de marear…Quiere que vea algo y no le quiero decepcionar.

Avanzamos por la sala y se para justo en uno de los retratos, este no ha cobrado vida. Es un hombre un poco cansado, con unos enormes ojos azules, sus manos entrelazadas, demuestran  tranquilidad y sujetando sus ropajes, lleva un cinturón con un precioso broche de oro.Me dice que me lo regala, yo me quedo un poco asustada, lo llevo ya en mi mano, muy sujeto para que no se caiga.

Le miro a los ojos y es la misma persona. Me besa en la frente y me dice muy bajito: “esta es la joya que siempre te acompañará”…

Estoy de nuevo en la parada del autobús, no se si lo he soñado o es completamente real. A la  mañana siguiente, me acerco al museo del Prado y según observo los cuadros, al llegar a la sala del hombre del los ojos azules, coloco la joya en su sitio.

Rafael me mira a los ojos y sin decirme nada, se que se siente orgulloso, por haber volado, muy bien acompañado, una noche y entre la calles de Madrid…

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2 respuestas a El último Rafael.

  1. LNA dijo:

    Los regalos nunca sabemos de donde, ni cuando, ni de quien nos llegan. A veces son muy sorprendentes…

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