Las piedras del camino.

Anoche me acosté un poco tarde, sin embargo no hay quien me detenga cuando a la mañana siguiente salgo con la bici. Ya me puedo levantar muy cansada, que es ponerme el casco, subirme en mi máquina y lanzarme a la aventura.

En el camino que normalmente hago,  hay una perrera que según me voy acercando,  al unísono todos sus habitantes comienzan a ladrar. Me dan los buenos días, me invitan a desayunar y si me ven apurada, simplemente mueven sus rabos y me animan a subir la cuesta, donde se encuentra su hogar.

Está bastante limpio y quiero pensar que ellos dentro de lo que cabe no están, tan mal. Por lo que me cuentan entre ladrido y ladrido, creo que son felices en aquel lugar.

Ayer Romero encontró papás y  ya no está junto a ellos. Su novia Torzal se ha quedado  medio afónica de tanto ladrar, está tan enamorada de Romero, que no pudo aguantar ver como se le llevaban y ni un piquito se pudieron dar.

Le explique a Torzal, que Romero se  ha ido con una buena familia y que no se sienta tan mal…Seguramente en breve, a ella también la vienen a buscar…

Según iba  respondiendo  a todas las preguntas,  mi mente comenzó a volar…Son las piedras que los dueños han colocado, a lo largo del camino que sube hasta las jaulas. Son piedras de un tamaño considerable, separadas una de la otra, a no más de un metro. Me gusta como las han ubicado, le da un aire especial y como hay tanta vegetación y está tan limpio el lugar, mi mente ha volado muchos años atrás.

En casa de unos vecinos, una casa con jardín, una casa de verano que cuando tenía unos seis años, mi padre alquilaba en un fresco lugar,  para que mi madre, no pasara calor y se sintiera mejor…

Para mi era una aventura ir a casa de los vecinos. El tío tenía un taller de motos y arreglaba también bicicletas. Detrás del taller había un jardín inmenso y mi amiga Ana y yo, jugábamos a hacer enormes casas, con preciosos jardines.

Tenían de todo: piscina, pista de tenis, aparcamiento, un gran parque con columpios y lo que más me gustaba inventar era la casa por dentro, sobre todo la cocina.

Cuando habíamos delimitado el espacio, marcando la tierra con un palo sobre la arena. Lo regábamos  con una manguera larguísima y  los rastrillábamos para que el suelo quedara liso y a continuación, con cantos de pizarra  acotábamos el terreno y construíamos, con mucha ilusión: la casa, la pista de tenis, la piscina…

Esta mañana, al ver como estaban colocadas esas piedras con sumo cuidado, mi mente ha volado a un mundo mejor; donde los perros no están atados, ni enjaulados, ni ladran por haber perdido parte de su corazón…Un mundo, el de la infancia, donde no hay tristeza ni dolor, por lo menos cuando jugábamos…Mi amiga Ana y yo.

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4 respuestas a Las piedras del camino.

  1. Nieves Garcia dijo:

    ¡¡¡Muy bonito Laura!!! Me dejado llevar al túnel del tiempo.
    ¡¡¡ Mi infancia!!!
    Gracias Laura, Besitos

  2. LNA dijo:

    Que bueno el haber tenido una infancia feliz, eres afortunada por ello. Confío en que tu ahora pueda superar el bienestar de aquellos momentos.

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