La escucho por primera vez.

Los martes no puedo venir, me dijo, tengo psicoterapia. Así se despidió mi hermano quien, poco antes de girar la esquina, añadió: no te olvides de que el viernes os invito a comer. Lo tendré presente, le respondí…

Mi madre habló durante la comida; contaba cosas de su casa, de donde se bajaba a jugar con sus amigas y de cómo ahora se había convertido en un patio de vecinos y había desaparecido ese descampado, ese enorme solar.

Nos contaba, por primera vez en su vida, cómo utilizaba la lumbre de carbón y leña en aquellos fogones que daban tanto calor, cómo se hacían en ese fuego las ricas castañas y cómo secaba su rizado pelo.
¡Qué ganas, ilusión y emoción ponía al hablar!… Toda la mesa en silencio, escuchando, sin perder detalle, sin probar bocado.

Mi padre, a su izquierda, le escuchaba atento, ensimismado…; no la interrumpía ni una sola vez. Mi hermano la miraba y sentía ese brillo tan especial en su mirada, como si él también le contara todas esas historias, llenas de calor y cariño, a sus hijos.

Cómo subía el carbonero a dejar el carbón en la cocina. Mi padre intervenía entonces: ¿te acuerdas de ”el hombre del hielo”?
Ese señor grande, musculoso, que, con su mano convertida en garfio, hincaba su herramienta en los trozos enormes de hielo, se los echaba al hombro y, escalera arriba, subía todos los pisos hasta llegar al tercero derecha donde vivía mi madre, llamaba al timbre y dejaba dentro del cajón-nevera la porción de mar, de océano, de frío…

Y todo esto lo recordaba mi madre y, con un aire especial en los ojos, hablaba de su niñez, de su adolescencia, de su vida, en una breve y larga comida, junto a sus seres más queridos.
Sentada frente a ella permanecía yo…
Y mi madre se volvía niña y yo me volvía madre y adulta, y sabía que ese cascarón alcanzaba el relevo, su relevo, mi relevo…, y me hacía mujer, adulta, persona.
Ya me lo ha regalado y se lo ha permitido.
Y aunque esta noche me he vuelto a despertar, presa del pánico, he visualizado a mi madre y ahí estaba, en lo más alto, dándome toda su luz, su poder y su energía. Y esa valentía que siempre la acompañó ahora me la cede a mí, a su única hija, a la hija que más quiere y que la quiere ver feliz…, muy lejos de ahí y muy cerca de aquí.

Esto lo he sentido yo, esta noche, cuando el miedo no me dejaba dormir y mi madre en sus brazos me ha vuelto a mecer, a cantar. He sentido su hada, que tantas veces me cantó y que ahora hoy a mis hijos les canto yo.
Escucho por primera vez a mi madre, la mujer que me enseñó a vivir, a rozar con los dedos los sueños y ahí, en lo más alto, poderlos agarrar para que nunca se vayan, nunca jamás.

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8 respuestas a La escucho por primera vez.

  1. Maca dijo:

    Precioso !!!!

  2. Marta dijo:

    ¡Qué bonito! Cuando miro a mi madre y pienso que un día girará el último recodo de esta vida me estremezco y se me caen las lágrimas. Me gustaría que fuera inmortal, cuando se marche no sé cómo lo voy a superar…Supongo que mi hija será mi salvavidas y que, tal y como ella puso en la tumba de sus padre, yo también pondré en la suya, “tu mejor herencia, la fe”.

    • lanuckas dijo:

      Me alegro que te haya gustado mi post y estoy segura de que cuando tu madre se vaya, te quedará su gran recuerdo y no hará falta que te salve nadie.Confía en ti.Tu eres el valor más seguro.Un abrazo Marta.

  3. Precioso en la forma y en el fondo. Lo he leído muy a gusto, casi con emoción.

  4. manelar dijo:

    Emocionante, tierno… y muy entrañable ¡Enhorabuena, Laura¡

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