Entre plato y plato…Dos corazones.

La cena transcurría bastante bien, los platos se sucedían y yo ayudaba, la verdad es que me apetecía moverme, colaborar, echar una mano y no permanecer quieta, sentada, inmóvil como otras tantas veces.
Iba recogiendo platos uno a uno, los llevaba a la cocina y Soledad mi cuñada los iba preparando.
La carne, las patatas, la salsa… Todo como una cadena de montaje en una pequeña fábrica.

Mi hermano Roberto de vez en cuando aparecía y limpiaba un poquito allí, recogía un poquito allá… aunque la compenetración entre nosotras era increíble.

Le inclinaba el cazo de la salsa para que pudiera coger bien el líquido, le acercaba el plato a la guarnición, le pasaba el guante para el horno.
Y según iba por el pasillo le iba cantando los comensales que llevaba en la mano, para que ella fuera preparando el trozo más adecuado para cada uno.
Todo iba encajando como las notas de un compás.

El pastel de salmón, los gambones, el cordero y como broche final el Tronco de Navidad relleno de chocolate que todos saben que a mi me encanta.
Una vez en la mesa lo fui cortando trocito a trocito para los quince que éramos , me sentí partícipe en todo momento, tranquila y feliz.

A la una y media de la madrugada llegó mi fin, estaba tan cansada que después de cantar con mis sobrinas el villancico que llevábamos preparando casi todo el mes, dije que era hora de despedirme …Todos se quedaron sorprendidos:¡ Quédate un poco más! ¡Es muy pronto! ¡Mañana no tienes que madrugar!…Sin embargo para mi la noche se acababa y mi cuerpo me pedía descansar.

Me despedí de todos con un saludo y mi sobrina María salió a despedirse de mí, me dio dos fuertes y sonoros besos en las mejillas y yo la correspondí.

Según bajaba en el ascensor ya me estaba trasladando a otro lugar…Puse mi coche en marcha, había apenas cinco grados en el exterior y de la sierra de Madrid puse rumbo a la capital.

En apenas media hora ya estaba en casa…Que ganas de dormir, leer un poquito y decir adiós a esa noche.
Me dormí profundamente y a la mañana siguiente sentí una enorme emoción, llamé a Soledad y con lágrimas en los ojos le di las gracias por el cariño y el amor que había puesto en aquella cena; le recordé la compenetración que tuvimos en la cocina, cuando los platos nos servían de excusa para volver a creer que el amor sigue vivo y que nunca se fue.

Ha habido muchos desencuentros, dolorosas ausencias… Sin embargo hoy me lo recordaba mí querido hermano Fran: somos una gran familia y no queremos un montón, es verdad que a veces hacemos muy mal las cosas pero al final acabamos pidiendo perdón.
El tiempo no transcurre en balde cunado sientes cada instante a tu alrededor…
Que difícil de todas formas es el camino y a la vez que bueno permitirte rozarlo con los dedos hasta llegar al corazón, esto hace que la vida pase ligera y cada día sea uno nuevo cargado de ilusión.
Como si no?

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