El poder del perdón.

Volvía ayer del trabajo con la mochila bien cargada de recados. Cosas que tenía que hacer y como siempre, todas, para el último día.
Llego a casa y lo primero que hago es ponerme la ropa de deporte para ir a recoger mi bici, que por segunda vez no han arreglado bien. Las marchas o piñones que se les resisten a todos los mecánicos de los talleres donde voy.
Me meto en Internet y lo arreglo yo. Si, si y si.
No se si alguna vez habéis arreglado los cambios de vuestra bici. Pues que sepáis que es lo más complejo dentro de su dificultad…Jajaja. Por supuesto se me da mucho mejor cambiar una rueda. !No faltaría más…!!!Jajaja.

Tareas ciclistas a parte. El caso es que ayer no era uno de mis mejores días y sobre todo porque el cansancio acumulado de salir por la noche entre semana ( me lo he permitido esta vez) iba haciendo mella.

Otro de mis recados era ir a la relojería; donde apenas hace unos siete meses, me cambiaron las pilas de dos relojes y por arte de magia, se detuvieron los dos, hace un par de días a la vez y a la misma hora.
Me sentí mal porque no tenía más relojes a mano.

El caso es que me presente un tanto airada en la tienda del relojero y nada más llegar le metí la bici hasta la mitad de la tienda y una vez invadido su espacio, le pedí permiso para que permaneciera allí.

Al buen hombre no le dio casi tiempo a reaccionar y me dijo un si, casi por protección por si saltaba sobre el mostrador, que por pura convicción.
Me plante frente a el y le dije que parecía mentira que unas pilas me hubieran durado tan poco, apenas siete meses.
El con mucha calma y tranquilidad, abrió primero un reloj y me mostró la fecha de caducidad de la pila, que probablemente el último relojero la anotó adelantándose a una clienta como yo.

Apenas veía lo que me mostraba, porque después de ocho horas frente al ordenador no hubiera distinguido la v de la z y le dije que no veía nada.
Habían pasado más de dos años desde el último cambio de alimentación. No dije nada y esperé.
Me puso la lupa delante del reloj y comprobé lo que decía y cuando abrió el segundo reloj, al no haber escrita ninguna fecha comprobó la pila y esta funcionaba con toda normalidad. De lo que deduje que lo que fallaba era el propio reloj.

Muy dueña de mi misma no le dije nada y continué con mi expresión. ¡Bueno… Pues ya veré que hago ¡! Porque me da la sensación que algo no funciona bien!

El hombre me acompañó a la puerta, después de cambiarle la pila al primer reloj y aunque terca y bruta como una mula seguía, no quise dar mi brazo a torcer.
Me dijo que comprobara los relojes al llegar a casa y que si el tenía razón me pedía que se lo dijera.

No le dije ni que si, ni que no.

Esta mañana más tranquila, he comprobado que él buen señor, tenía toda la razón.
Me ha faltado tiempo para volver a la tienda, decirle que lo sentía y pedirle perdón.
La verdad que ayer yo no era la de siempre, era como si un alien me hubiera poseído, casi nunca me enfado y no suelo mostrarte agresiva sin motivo y menos con personas como usted. Que ante una clienta furiosa mantiene la calma y la seguridad.

Eso es lo que me desarmó. No se enfrentó a mí, ni siquiera tuvo un mal gesto. Al revés me dio la oportunidad de volver y si estaba equivocada pedir perdón.
Y eso es lo que hecho y me siento mucho mejor.
Gracias señor relojero por no entrar en discusión por permitirse parar y regalarme esta oportunidad.

De camino a casa he sentido a mi abuelo, también relojero. Me observaba desde el cielo y me lanzaba un enorme beso, me abrazaba con sus fuertes brazos y me recordaba la increíble nieta que tiene y que ahora desde el cielo la ve mucho mejor.

perdon

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2 respuestas a El poder del perdón.

  1. LNA dijo:

    Pedir perdón y perdonar…por qué nos cuesta tanto…? Gracias por la reflexión.

  2. lanuckas dijo:

    Me alegro que te haya gustado.Sin lugar a dudas:pedir perdón es un acto de VALENTIA y ante todo de generosidad hacia ti y hacia los demás.Un fuerte abrazo -)

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