¡Animo mamá!

Llamo a mi madre a media tarde para ver como se encuentra. Su voz es temblorosa, lejana y un tanto infantil. Me dice que le duele todo el cuerpo que se encuentra fatal. Procuro cambiar la conversación pero hoy parece imposible. La siento muy asustada y no sé por dónde ir. Le pregunto por sus nietos. No sabe nada de ellos desde que marcharon a la playa. Le pregunto por su hijo mayor, que siempre tiene mucha fiesta dentro del cuerpo y le hace olvidar los dolores tan intensos, que de vez en cuando tiene. Tampoco conoce su paradero.

Al final me dice que ha querido hablar con Eliana, mi hermana mayor, pero que tiene roto el móvil y que hasta la semana que viene no lo tendrá operativo. Me descuento sin querer y me digo a mi misma: claro; por eso me llama, porque no ha habido nadie con quien conectar.

La conversación continua; que va ir a visitar a una amiga, que se le ha roto un pie y que se encuentra de reposo por segunda vez. ¡Que bien¡. Le digo: mamá ir a visitar a una persona convaleciente y darle tu calor es algo muy bueno para las dos. Ella me responde que es como hacer una obra de caridad. No entiendo muy bien su forma de pensar pero no la quiero contradecir.

La conversación avanza o según se vea quizá retrocede y noto su voz un tanto hostil. Quiere que haya discusión como otras tantas veces. Entonces, me paro medio segundo y analizo la situación, afortunadamente consigo irme antes de que empiece el bombardeo. Me despido con un gran beso y le dejo a medias la última palabra.

Es una sensación extraña la que tengo. Es la primera vez que no entro en su juego, ni siquiera me altero, ni me dejo vencer. ¡Una batalla ganada! Me digo nada más colgar. Y con esa sensación extraña me quedo.

Al día siguiente, justo cuando estoy en la sobremesa, con mi copita de vino. Suena  el teléfono. Es mi madre súper cariñosa. Parece que la conversación de ayer le ha hecho recapacitar.

Nos liamos a hablar de mi cumpleaños, que será dentro de un par de semanas. Ella, atenta a todo lo que necesito, apunta mentalmente, uno tras otro, todas mis peticiones.

La siento dichosa y feliz y justo antes de colgar, a su manera me pide perdón por la anterior conversación. Me confiesa que tiene miedo por la inminente operación a la que se va a someter después del verano. Sin embargo es una decisión firme lo tiene claro y lo quiere hacer.

Le agarro de la mano y le digo que como la primera vez que la intervinieron; de esto va hacer casi cuatro años. Que es normal que esa niña tan pequeña esté asustada y le haga gritar. Le sugiero tiernamente que de nuevo, la coja de la mano, la acune en su pecho y que la transmita ese amor tan intenso que solo las madres son capaces de dar.

Le recuerdo que es una madre estupenda, una mujer salvaje donde las haya y que a sus ochenta años, me siento muy orgullosa de lo valiente que es, de cómo se enfrenta a la vida y aunque en muchas ocasiones todo se vuelve negro y no sabes por dónde tirar.
Ella al igual que su hija tenemos una llama interior, que nos vino dada nada más nacer, permanentemente encendida y que afortunadamente se reaviva cuando más obscura es, esa realidad.

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