Que fácil es olvidar.

Un día soleado, temperatura ideal, un ambiente muy agradable para bajar a la piscina y hacerme mis largos que tanto me relajan y llenan de energía.

Coloco mi toalla junto al tilo, saco de mi bolsa las gafas, el gorro, los tapones y ya dispuesta a darme el gran chapuzón, aparece toda radiante como de una actriz de los años sesenta se tratar mi vecina Pilar.

Nos saludamos con dos besos. Ayer volvió de sus vacaciones por Turquía. Le pregunto llena de entusiasmo y curiosidad por como lo pasó. Un simple “bien” es lo que me da por respuesta. No entiendo su parquedad. Le vuelvo a insistir y noto en su expresión que algo no va bien o quizá que su viaje no ha sido lo esperado.

Insisto con un gesto para que me diga que es lo que tanto le preocupa y como de un torrente se tratara: me relata la imagen que conserva en la retina desde que volvió de Estambul.

Niños de muy corta edad, tirados sobre esterillas como única protección, sobre las aceras,en medio del ruido, la contaminación, los coches… Que la gente los sortea al pasar y que nadie les mira .Son ignorados por completo.

Los turistas nos chocamos con esa realidad nada más llegar, pues convive la pobreza y lo que da de comer a la población, que somos nosotros, los turistas y cuando yo me di de bruces con ello nada más poner los pies en tierra fue tal lo que sentí, que se me cayó el alma a los pies nada más aterrizar.

Cuanto lo siento Pilar. Lamento que hayas vuelto con esa triste imagen. Me dice que no logra olvidarla y que hay una cantidad de gente sin hogar. Sirios que han tenido que desplazarse hasta allí, para que no acaben con sus vidas y que malviven con el resto de la población.

Me quedó un tanto abatida. Ya no me interesan: las mezquitas, los bazares y conecto con una imagen desoladora de todos los países que están en guerra y como somos testigos de una masacre sin igual.

Testigos pasivos de horribles imágenes que escupe día a día nuestro televisor. Y de repente una persona cercana a ti. Ha conocido sin querer, al protagonista de las noticias de hoy. A ese niño que llora en brazos de algún familiar, con la cara llena de mugre y el terror, la tristeza y el abandono impresos en esos asustados ojos que son su único atuendo, porque la dignidad la perdió en algún puesto fronterizo.

Al día siguiente de nuevo en la piscina. Esta vez Pilar ha llegado antes y la sombra del tilo cae sobre ella. Su expresión, esta vez es relajada. Le saludo con un efusivo buenos días.

Comenzamos a charlar. Me cuenta que ayer estrenó la cadenita que se compró en unos de los numerosos bazares y que lleva colgando un pequeñito caballito de mar. Construyo una imagen mental con el caballito y le digo que me encanta que estoy segura que su colgante tiene un encanto especial.

Ya se ha lanzado y me habla de lo rica que estaba la comida, de los numerosos bazares que había, de cómo ella y toda su familia era bien recibida en todos los lugares que visitó, que le llamó poderosamente la atención la cultura tan arraigada que tiene un país tan antiguo y que se palpa la cantidad de culturas que pasaron por ahí, en su arquitectura, cocina, religión…

Parece que el niño de ayer ha pasado a un segundo lugar. Anoto en mi pensamiento.

Prosigue deleitándome con su viaje.
Me pasea me por toda la ciudad, entramos en todas las mezquitas y me da de probar frutos y deliciosos pastelitos.

Aprovecho un pequeño silencio en medio de la conversación y se me antoja preguntarle por ese instante maravilloso que pondría la guinda final a su aventura. Sin pestañear me confiesa que el viaje en globo por la Capadocia.

Me alegra que se quede con ese recuerdo tan especial y se permita olvidar por un instante la tristeza que le causó el pequeño de la esterilla, sobrevolando la enorme Capadocia dentro de un globo con las rocosas montañas bajo sus pies y el cielo abierto de par en par.

capadocia

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