Las luces rojas.

Sigiloso como un duendecillo entró Julián en la habitación en la que dormía la pareja. Tenía una terrible pesadilla y no podía dormir. Se subió a la cama de su madre se acurruco entre sus brazos y apretó su pecho fuertemente contra el de ella. Al instante Sofía se despertó le beso en la frente y le preguntó que le pasaba en un dulce y tierno susurro.

El niño no quería hablar de ello, porque decía que le daba un miedo horroroso pensar en esas luces rojas que por la tarde  en el paseo que se habían dado, frente al parque de la estación habían visto  colocadas en lo alto de unas grúas.

La madre no sabía si reír o ponerse a llorar. Era cierto que en ese paseo el niño preguntó que eran esas luces que había en lo alto de unas casas en construcción y su madre le había explicado que estaban ahí para que por la noche cuando pasaban aviones, sirvieran de señal para que supieran a qué altura debían de volar.

Sofía ante todo quería que se volviera a dormir, así que le dijo que cerrara los ojos y en un tono casi inaudible de voz, sobre todo para que no se despertara  Javier, que dormía a su lado, le dijo que prestara atención y ahí comenzó una versión muy diferente de esas luces aterradoras.

¿Te acuerdas del abuelo Miguel? Claro mamá. ¡Como no me voy acordar de él! Si te pasas el día hablando de sus barcos y del frío que sentía en el mar. Muy bien cariño pues quiero que sepas que el abuelo está aquí con nosotros y quiere que nos vayamos con él a navegar. ¿Ahora de noche mamá? Si duendecillo. Me ha dicho que nos espera en lo alto de la grúa. Ahí mamá no quiero subir. Tú cierra los ojos cariño mío y confía en tu madre.

No habían pasado ni diez minutos cuando el niño por fin el sueño le venció. Entonces Sofía continuó sola el viaje. Su padre le pidió que le acompañara de nuevo a surcar ese mar. La agarro de la mano y en velero sin rumbo ni timonel confío en su suerte y se dejo llevar.

El padre de Sofía había sido capitán de fragata y siempre quiso que su hija siguiera sus pasos, sin embargo a ella no le gustaba navegar pero si volar. Hubiera sido una buena piloto pero por circunstancias de la vida esto nunca se dio.

Por el contrario y  debido a su trabajo continuamente viajaba por todo el mundo. Y esa noche la suerte hizo que por primera se hiciera realidad su sueño. El barco había sido una excusa para sentarla a los mandos de un avión. Ella delante de esa nave le entró un pánico atroz. Entonces su padre con voz firme le dijo  que simplemente tenía que saber qué  rumbo llevar en su vida y desde ahí poner dirección.

Fue increíble como manejaba el aparato. El cuadro de mandos estaba lleno de lucecitas, relojes, indicadores y ella dejándose llevar por su intuición dirigía sus manos hacia ellos como si fuera su propio ordenador.

Sobrevoló el continente americano bajó a repostar en Senegal, de paso saludo a los  africanos que asombrados la saludaron con mucho cariño y de vuelta a su nuevo destino aterrizó en un templo de Myanmar tomo desde ahí aliento y volvió a su casa antes del amanecer.

Sonó el despertador la primera en despertarse después de la agitada noche   fue Sofía le siguió Javier que se puso a preparar el desayuno y el último en llegar fue el pequeño Julián. Mientras Sofía se tomaba pensativa el café el niño se acercó sigiloso y en un susurro de voz le dijo: mamá que bien llevaste el avión. Al abuelo y a mí nos encanto verte y sentirte a si de feliz. El niño volvió a su silla y acabó de tomarse los cereales y antes de que ella se hubiera repuesto de las palabras de su hijo.

Javier le agarro fuertemente de la mano la miró a los ojos y sin mediar palabra la besó. Ella sabía lo que significaba esa reacción de su compañero sentimental. Él le estaba pidiendo que no abandonara sus ganas de volar, sabía el sueño que había tenido y no quería que ella desperdiciara la oportunidad de poder llevar a cabo lo que más le gustaba en la vida y por fin aprender a volar.

Al cabo de unos seis meses, Sofía pilotaba por primera vez una avioneta  rumbo a cualquier lugar.

luces rojas

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