Comerse la vida a bocados.

A veces  la vida cuando menos te lo esperas te da sorpresas. De repente un día te levantas y te das cuenta de que todo comienza de cero o quizá de uno o de dos y descubres que todo empieza a tomar sentido. Las noches de insomnios  los problemas laborales, familiares. Las disputas por conseguir algo deprisa cuando no era el momento, los descuentos o malentendidos con personas, parejas, amigos…

Tomas conciencia de que todo ocurre para algo y ocurre en el justo momento ni antes ni después.

En ese crítico instante que aparece en  una mañana soleada, lluviosa o en medio de un día gris va tomando forma. Por supuesto hay que estar abierto a ese cambio y apostar por él; sin saber muy bien a donde te conduce ni que resultado va a tener.

Sin embargo  hay algo dentro de ti que te dice: vamos adelante continua no mires hacia atrás solo adelante avanza un pasito y dos y seis y veinte más. Te encuentras con obstáculos, te pones enfermo, te duele el alma y los pies y la cabeza. Lo ves todo  nublado o  ni siquiera lo ves.

Una llamada, una campana, una sirena, un toque de atención. El letargo  ha pasado, tu estado de invernación  ya se acabó y como en primavera, comienzas a ver primero los primeros brotes luego saldrán las flores y finalmente los frutos .Si. Ya sé que primero  estarán verdes y habrá que tener paciencia para que maduren.

Con este pensamiento me viene a la cabeza algo de mi niñez.

Ocurría al final del verano en el mes de septiembre a puntito de volver al colegio. Trepabas  por el tejado de la casa de campo y te peleabas con  un nido de avispas para subir a lo más alto y coger los almendrucos más grandes y  más gordos .No era el hecho de comértelos. No, lo que más te gustaba era cogerlos y llenar la bolsa donde los guardabas con todas tus fuerzas para que no se cayeran. Y las avispas te picaban porque picaban y hacían un daño terrible pero a ti te daba igual porque una vez arriba, querías coger todos lo que pudieras y eso era lo divertido.

Como cuando ibas a por moras esas enormes  y moradas que salían en el mismo mes ( parece que todo lo bueno  ocurría al final y esto me hace pesar en el presente, en el aquí y ahora).Y llegabas  a casa con tu bolsa cargada con el  exquisito manjar y le decías a tu madre que te hiciera mermelada de moras y estabas una semana comiendo moras hasta hartarte pero no te cansabas porque las habías recogido tú y eso era lo que más sentido tenía, eso  y el haber ido acompañada  de tus hermanos porque esas  aventuras  las disfrutabas con ellos, aunque recuerdo que a veces también iba sola.

Montados en bicicletas que no te tenían ni  cambios, ni marchas,  ni falta que les hacía y nos tirábamos   por  las cuestas llenas de piedras y de arena y te caías y te hacías unas heridas en las rodillas que llegabas a casa sangrando y tu madre, porque casi siempre era tu madre la que estaba ahí. Te regañaba y te castigaba sin salir  y tiraba todas las moras a la basura y tu muerta de pena le decías con los ojos llorosos que te perdonara  y que no las tirare. Era su forma de poner límites y autoridad.

Pero eso no me detenía y al día siguiente con las rodillas llenas de tiritas volvías al mismo lugar, pero esta vez no las cogías y las guardabas sino que te las comías ahí mismo, mirando al infinito disfrutando del momento y que nunca se acabara esa sensación de paz y libertad.

Por eso ahora muchas años más tarde  la gente se asombra de cómo te tiras   por las trialeras, te subes las cuestas y arreglas los pinchazos con un manejo que ni el mismísimo Contador  y es que estos nuevos humanos que están muy cerca de mí, no saben que una vez siendo muy niña peleaba con las avispas, llenaba mis piernas de cardenales  y me ganaba las broncas más grandes del mundo por conseguir mi objetivo: comer almendrucos, mermelada de moras y hacer lo que más me gustaba en la vida. ¡DISFRUTAR!

moras

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