La historia de dos amigos.

Dos amigos han quedado en un bar para tomarse unas cervezas. Hace tiempo que no se ven y aunque la emoción se palpa en el ambiente, ambos saben que no es fácil el reencuentro y más después de la última vez.

Llega primero Juan, se sienta en la barra, le pide al camarero una pinta y mientras espera,  coge un periódico que tiene cerca y ojea las páginas sin prestarle demasiada atención. A los pocos minutos aparece  Javier, su amigo desde la infancia y parte de la adolescencia.

Se enamoraron hace ya muchos años de la misma mujer y eso complico mucho la relación.

Después de superar el percance. Ella al final lo resolvió. No quiso entrometerse y les dijo que hasta que no fueran capaces de comprender, que una buena amistad, está por  encima del bien y del mal. Ella, no se entrometería. Y como vino se fue. Elegante y bella mujer, sin lugar a dudas.

Al principio no comprendieron nada, era de esperar,  pero luego hicieron las paces y se pidieron perdón. Pero esto no acabo aquí.

Más de uno y una, se preguntará qué fue de la bella mujer.  Lo dejo para otra ocasión…

Juan ha crecido mucho desde la última vez y recuerda con nostalgia y cierta tristeza, los años infantes que pasó  junto a su querido amigo.

Este, siempre quería llevar la razón. Gritaba, elevaba la voz y eso a Juan le producía mucho malestar. Su mente se remonta a los doce años de edad; cuando una y mil veces llegaba a casa llorando de rabia e impotencia por lo que Javier, le acaba de hacer o de decir. Su madre, siempre atenta, aunque poco imparcial, le decía que no le hiciera caso. Que su amigo, procedía de una familia de muchos hermanos y que al ser el último de  diez, se tenía que hacer de notar y que por eso la pagaba con él.

Como si esa “amable” explicación le quitara a Juan la rabia y la impotencia al verse vapuleado por su amigo. Al revés, se la agravaba mucho más, al no contar con  un aliado a quien confiar su gran dolor.

La madre proseguía  su discurso,  añadiendo  que no se preocupara, que cuando creciera y se hiciera  mayor, ya vería como todo cambiaría.

Y no solo no cambio, sino que fue a peor. Hasta tal punto que todo lo que tenía Juan, lo quería Javier. La bici, las notas del colegio,  hasta las mismas novias. Juan cedía una y otra vez, hasta que el hilo fino que los unía se rompió y cada uno se fue por su lado.

De eso hace más de veinte años y hoy se vuelven a ver.

Juan: guapo, alto, honesto y sincero, como siempre. Un hombre de los pies a la cabeza. Javier: zalamero, presumido e hidalgo más que caballero y con tanto disfraz, que su amigo no sabe si viene o si va.

Las cervezas se apuran,  una detrás de  otra y en el punto álgido de la conversación, de nuevo y sin tener en cuenta los  años de separación. Javier vuelve a chillar, a levantar la voz, a escupir, como un animal herido, lo que lleva dentro, encima de su gran amigo.

Sin embargo, esta vez Juan, no se achanta, ni se encierra en su caparazón. Deja que salga por esa boca, todo su malestar. Por primera vez es consciente de que no es responsabilidad suya el comportamiento de su amigo.

Y siente , que todo ese infierno que tiene frente a él, proviene de un capítulo muy primario de su infancia, el pequeño de diez  y que él no le puede ayudar.

Deja que se desahogue y cuando parece que  está más tranquilo. Le coge por los hombros, le abraza como antaño y mirándole fijamente a los ojos, le dice muy seguro. Javier: lamento como te sientes, pero  ya no me vas a dañar más. Seguiremos siendo amigos, cuando arregles tu interior, cuando desaparezca toda esa angustia que te corroe y esa rabia que te amenaza. No me asustan tus chillidos, ni tus gritos, ni mucho menos esas palabras  cargadas de  furia y maldición.

Te quiero como siempre y siempre te llevaré como amigo .Pero esta vez ,  es la última vez.

Juan se levanta y  se despide  con la mano.

Javier se queda sin habla. Y apoyado sobre la columna del bar, mira con ojos desorbitados como Juan abre la puerta y se va.

Por primera vez en su vida, no siente  dolor, ni remordimientos. Solo compasión por su atormentado amigo.

Y feliz, muy feliz porque YA no se siente  culpable  de  decir: NO, esta vez NO.

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