De metal el de ella,de madera el de él.

Es media noche y Carlota se sienta  relajada, en la terraza de su urbanización. Escucha los pasos a los lejos de dos personas, no pueden ser más. Van despacio, susurran al caminar,  descompasa el paso el ruido de algo que golpea contra el asfalto.

Cuando llegan a la altura de su visión. Observa en silencio, a una pareja de ancianos. El hombre se apoya en un bastón de madera y la mujer se deja caer, sobre su muleta de hierro, que  sujeta a su brazo está, como si formara parte de él.

Ese sonido inconstante y pesado, es lo que les acompaña al caminar. Él va muy seguro, su compañera no tanto.

Coquetos en el vestir, no han perdido la ilusión de sentirse guapos y aunque sea un simple lunes, van arreglados como si se tratara de una noche de baile. Él sombreo panamá,  pantalones de lino y camisa a juego de color blanco. Ella pantalones  anchos del mismo color que él y una blusa de seda, en color rojo vivo. Su pelo cardado, como recién salido de una gran peluquería de la capital.

Caminan sin hablar, pero su silencio  lo dice todo. Se apoyan en los hombros que quedan libres y se dejan llevar.

Carlota; los conoce desde la infancia, ellos la vieron crecer. Ahora apenas oyen y casi  no ven y aunque son muy mayores, conservan la juventud del primer amor, ese amor que nunca  dejaron marchar y eso les da la fuerza para continuar.

Ella observa desde la terraza, como suben la cuesta, camino de su hogar.

Se le empaña la vista, está a punto de echarse a llorar. Ha recordado como si se tratara de ayer. Cuando hace ya muchos años, se cayó del columpio, que estaba a los pies del jardín. Y cómo este hombre, de nombre  Genaro. Corriendo fue a socorrerla. Le limpio la herida de la pierna con sumo cuidado y con un cariño que le quito todo el dolor. Luego  le dio su pañuelo para cortar la hemorragia y todavía lo conserva hoy.

Les debe mucho a los dos y hacía tanto tiempo que nos les veía…

¡Como pasa la vida! dice ella entre suspiros .Hace nada ese hombretón, fornido, valiente y muy cariñoso  me ayudó al caer y ahora ellos; apenas pueden subir la cuesta .Se ayudan de sendos  bastones: de metal el de ella, de madera el de él.

Le viene a la mente, la conversación que unas horas antes, ha mantenido con su madre. La ve poco, porque hace tiempo que Carlota se mudó a otra ciudad. Es octogenaria, como ellos y guarda la misma vitalidad. Ahora descansa junto a su padre en una casita con vistas al mar.

Eso sí, mucho más limitada, pero la cabeza le funciona fenomenal. La ha llamado a media tarde y le ha contado el “macizo” de muy buen ver (palabras textuales, reproduce Carlota, porque su madre todavía mantiene la gracia y la juventud de permitirse hablar así) que tenía frente a ella, cuando tumbada sobre la arena, le ha visto pasar. ¡Mamá! no hables tan alto, que te va a escuchar. Que no hija  mía, que está muy lejos. Le responde  a su hija, sin vergüenza, ni pudor.

Y las dos se han echado a reír. Luego, entre risas, de sentirla tan feliz le ha dicho que la quería y que disfrutara de la vida todo lo que pudiera. ¿Por qué me dices tantas veces lo mismo, mamá? Porque la vida es muy corta y hay que saberla aprovechar. Hoy estamos aquí y mañana dios dirá.

Ve alejarse a los dos ancianos y se le hace un nudo en la garganta .Igual mañana o quizá un poco después, cuando la madre de Carlota quiera contarle, lo mismo que la otra vez, igual ya no habrá risas, ni sonrisas.

Por  eso ella, aprovecha cualquier segundo que la tiene al teléfono, por si llega el día en que ya no escuche esas palabras, llenas de juventud, alegría y ganas de disfrutar.

baston

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