El gato y la ardilla.

Es temprano, no más de las diez , de un bonito domingo de verano, cuando  María se dirige a casa después de ir a comprar el pan, los  churros y unos cruasanes para que desayunen sus hijos.

Juan, su marido. Ha salido con unos amigos a montar en bici y cuando vuelva tomará el relevo.

Mientras tanto, ella disfruta  del paseo,  mientras va y viene de comprarles a sus hijos lo que más les gusta desayunar.

Según va caminando se queda perpleja ante la imagen que tiene frente a sí. Encaramados al tronco de  un robusto árbol .Se encuentra en posición de lucha, un enorme gato, marrón caramelo y una ardilla larga  y ligera como pincel de pintar.

La ardilla, muerta de miedo, apenas puede sujetarse al tronco con sus fuertes uñas, porque el gato, que la mira con bravura desde abajo, no la da respiro.

María se queda embelesada viendo la escena y se maldice por  no tener el móvil consigo. Fíjate: si lo grabara y al llegar a casa, se lo enseñara al pequeño Juan, antes de desayunar ¡.Menuda ilusión que le haría! ¡Qué le vamos hacer! Piensa mientras no aparta la mirada.

Parece que  por un momento  el felino, va a darle un zarpazo a la frágil ardilla, pero esta astuta como la que más, da un giro inesperado y aunque se medio escurre, del miedo que tiene de que su amenaza la pueda alcanzar. Consigue despistar al rival y este desconcertado pierde el equilibrio y se cae hacia atrás.

Entonces la ardilla, aprovecha la ocasión y como si de spiderman se tratara, da un salto de casi dos metros y se encarama a una rama fuerte y resistente, que la recibe como si fuera la dueña del lugar. Y  desde lo más alto de la copa, mira desde abajo a su perseguidor y a María se le antoja, que le ha hecho un gesto de: ¡y ahora! ¿Qué? ¿Quién es el más fuerte, ágil y rápido de los dos?

Desde abajo; el gato observa a la ardilla reconcomido de la ventaja que esta le ha sacado. Pone en posición de firmes su larga cola y con un gesto lleno de desdén, gira la cabeza y con el hocico le espeta: ¡No te preocupes: resbaladiza ardilla, que ya habrá una segunda vez y no te escaparas!.

De vuelta a casa, María abre la puerta con sigilo, no vaya a ser que sigan acostados los pequeños. Que sorpresa al verles levantados, eso sí, viendo el televisor. No sabe, si darles un grito, como de costumbre o utilizar esta vez ,algo más inteligente, donde todos saldrán beneficiados y le viene a la mente lo que acaba de ver.

Desecha entonces, la idea de ponerles firmes y con todo su cariño, les da los buenos días y sin dejarles que le respondan todos a la vez, les dice que atiendan, que quiere contarles lo que acaba de ver.

Debe ser tal la expresión en su cara, que los cuatro han apagado el televisor y sentados a  la mesa, ni se han dado cuenta del manjar que les ha traído mamá.

Con una sencilla historia, la madre amorosa, ha conseguido un conciliador desayuno. Sin televisor,  ni gritos, ni chillidos y sin ninguna colisión.

María se ha dado cuenta, por enésima vez, del poder de sus historias y como cautivan a sus hijos una y otra vez.

gato y ardilla

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