El peor ABUSO. El que se SILENCIA.

Ayer a media tarde María recibió una llamada de su hermano Juan. Últimamente él está muy pendiente de ella. Atraviesa un difícil momento y tiene claro que la compañía y el apoyo, son fundamentales para que María se sienta reconfortada.

Decidió dejar a la persona con la que mantenía una relación, por llamarlo de alguna manera, desde hacía unos años. Y lo más valiente que hizo, hasta el momento, fue poner  límites en el trabajo.

Siempre lo dice, si hubiese podido hacerlo antes, no hubiera durado una año y probablemente me sentiría mejor.

Tenía que mantenerse ella sola y dudó en decir que “no”.

Todo ocurrió una mañana temprano. Su jefe llegó a la oficina antes de lo previsto y ella, como siempre, amable le saludó. Él colocó la cartera sobre la mensa y la hizo pasar al despacho.

El pasillo era bastante estrecho. Y cuando de pie María, le dio las ventas de la última semana; él la pidió que fuera a por la carpeta de los meses anteriores. Ella presurosa, porque siempre le inquietaba quedarse a solas con él, fue rápida al armario de su compañera y cogió lo que él la pedía. Al volver tuvo que pasar de nuevo por el angosto pasillo. El la esperaba de pie, tranquilo, sereno. Le miró para que se echara a un lado, él no devolvió su mirada, se dejó caer sobre el asiento y cuando ya pensaba que había espacio para los dos, se encogió de cabeza a los pies, tomo aliento y avanzó deprisa. Entonces él se levantó y restregó su miembro duro y nervioso sobre el cuerpo tembloroso de María.

Ella se quedo sin habla; había sido tan evidente, rápido y descarado, que lo primero que se le paso por su mente, es que no lo había hecho adrede, que simplemente había sido un acto casual, para alcanzar los papeles desparramados por  la mesa. Ella lo negó. Lo negó en su interior.

Él ni se inmutó, siguió de pie mirando el móvil y no le prestó mayor atención.

Ella no pudo seguir, olvidó los cuadernos en algún lugar y silenciosa salió del despacho y en todo la mañana volvió a entrar.

Su jefe,  no la volvió a llamar.

Luego vinieron los gritos, los insultos a través del móvil, los correos “escurridizos” llenos de rabia, violencia y terror. Jamás había testigos. Él elegía muy bien su forma de ofender, violentar, intimidar…Abusar.

Hasta que  ella un día le dijo que NO.

Al día siguiente sobre su mesa, estaba la carta de despido. Cuando la recogió se estremeció, pero al mismo tiempo sintió un gozo en su interior, una liberación.

Tuvo el valor  o la cobardía o la falta de escrúpulos de llamarla a su despacho. Ella muy tranquila se acercó, llamó con los nudillos. Él la esperaba con los ojos engrasados, a punto de llorar. No sabía que decirla .Ella SI.

Esta vez no cogió el ascensor, bajo rápida por las escaleras y cuando llegó a la calle dio las gracias  al sol y al cielo y a toda la gente que pasaba a su alrededor.

Esta vez NO.

Esa tarde cuando recibió la llamada de su querido hermano, sabía que él la había comprendido y apoyado desde el primer momento. Por eso se estremeció cuando escucho sus palabras de nuevo, con tanto cariño y emoción.

Hermana se por lo que estás pasando. A mí también me ocurrió .No era un jefe, ni un compañero de trabajo; era alguien tan cercano como tú y como yo. Ella se dio cuenta de quien se trataba. Le abrazó entre las ondas y los dos se pusieron a llorar.

El abuso se repite en las familias, porque casi siempre empieza en el núcleo familiar. No hace falta que sea sexual. Muchas veces se da de una forma liviana, sutil, ligera. Casi imperceptible, por ese motivo es difícil de admitir. Pero desde ahí, hay que salir y gritarlo al mundo para que no vuelva a ocurrir.

basta

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