La zapatera mágica.

En una pequeña y céntrica zapatería de la capital algo bulle en su interior, nada más entrar te recibe el “hada de las bailarinas” y con la barita mágica te invitara a pasar.

Te acompaña hasta  una cómoda butaca. Todas están tapizadas de colores muy diferentes. Parecen caramelos de los gordos y sabrosos que tomábamos de pequeños y a la abuela de Miguel le encanta ir allí.

Si  está atendiendo  a alguna persona cuando entra Manuela, que así se llama esta mujer tan singular, deja al cliente como esté, la recibe con una cálida sonrisa le invita a que tome asiento  y con un gesto tranquilo y amable le dice que  espere un momentito y que en breve volverá.

Ella apenas oye y sus ojos van perdiendo su luz pero sabe que ahí no los tendrá que utilizar, la van a tratar muy bien y seguro que se va  con unos lindos zapatos que no la molesten  al caminar.

Tiene muy delicados los pies y desde que se fue su gran amor,  parece que el bastón con el que suple su compañía no es suficiente y a veces se da por vencida lo tira bruscamente al suelo y se pone a llorar.

Su nieto conoce estos ataques de rabia y desesperación por eso  hoy  que sabe lo triste que está, ha quedado en ir a buscarla y ya de paso jugar con el hijo de la dueña que son de la misma edad.

Tardaron en elegir el modelo pero cuando al final se decidió por los azules con tiras de color de plata, a Miguel le parecen preciosos y se los quiere probar. La abuela coqueta y caprichosa sabe los gustos de su nieto y se los deja sin rechistar.

Miguel camina por toda la zapatería con los zapatos de charol. Le encanta escuchar el sonido de los tacones golpeando el duro parquet .Su padre le mira con gesto desaprobador pero a el niño le da igual. Papá: ¡mira que ruido  hacen, parece que van a explotar!

Cuando  salen de la zapatería Miguel coge la mano de su abuela y le pregunta. Abuela: ¿sabes por qué me gusta ponerme tus zapatos? Dime cariño. Por qué me comunico con el abuelo. ¿Ah, sí? Y: ¿qué es lo que te ha dicho…?

Me ha pedido que le dejes los zapatos marrones de hebilla dorada  en ese lugar que solo tú sabes, porque con los que ha viajado  no está seguro de poder aguantar.

La abuela sorprendida recuerda  aquella fatídica tarde del mes de agosto, donde todo se volvió negro a su alrededor, su ser más querido se despidió, llevando puestos unos terribles y duros zapatos de suela marrón.

Miró a su nieto y los ojos se empañaron de una fina lluvia de color  cristal.

Esa misma noche colocó en la ventana los zapatos más cómodos que él tenía. Los  de hebilla dorada y piel marrón.

A la mañana siguiente ya no estaban y en alféizar de la ventana descansaba una flor.

 

horma

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