Crecer antes de tiempo.

Son las ocho y media de un “sábado especial” .La final de la Eurocopa, a mi el partido me da igual sin embargo tengo mucho interés de conocer a las jóvenes invitadas.

Una es la hija de un buen amigo que ha accedido a la invitación primero porque viene de mi parte y eso le transmite confianza y seguridad  y segundo, su padre le ha dicho que bien otra chica de su misma edad, probablemente, yo que la conozco esto le dé igual pero puede que ocurra algún un milagro, de esos que surgen de casualidad.

Cuando el padre le comunica la decisión no sin antes preguntar, la joven asiente sin rechistar. Sabe perfectamente que no le queda mucha opción.

La otra joven es la sobrina de una amiga y solo se de ella que es una buena estudiante.

Por fin tengo delante a las dos. Se han sentado relativamente cerca. Las observo sin perder atención. Una es rubia, alta, delgada. Parece una sirena recién salida  del mar. Callada, reservada. Apenas prueba bocado y mira alternando la pantalla de la televisión y de su móvil.

Su padre está a mi lado. Nervioso, inquieto. Mueve la pierna derecha a toda velocidad. Le digo que pare, que se relaje, que se deje estar.

Me responde de manera vaga, cansada; está muy acostumbrado a los desplantes y silencios de su hija. ¡Es que ni la ha saludado! ¡Ni te preocupes Manuel! Tiene solo quince  años y le hemos medio obligado a venir y tiene todo su derecho a permanecer callada. Sinceramente la entiendo muy bien.

El padre un hombre sociable y generoso no entiende porque su hija desde hace ya unos años se comporta de esta manera. Yo que conozco toda su situación me sobran los motivos pero prefiero no hablar. La situación es sumamente delicada.

Delante de mí se sienta Michelle, la otra adolescente. Fuerte, morena, pelo largo, liso. De labios gruesos color de fresa y amor mucho amor desprenden sus ojos al hablar, sus manos, su mirada…

De forma espontánea y singular inicia la conversación. La sigo desde el primer instante. (Me encanta la adolescencia, será porque yo lo pasé tan mal.Me reconforta sentarme con ellos, sentir lo que piensan, escucharles hablar.Es como si de alguna manera pudiera limpiar el horror de ese momento y poderles ayudar si me lo piden porque me siento muy cerca de ellos.A veces tan grandes y otras tan pequeños).

Está llena de alegría y  me emociono de sentirla tan viva. Quiere ser psicóloga pero igual no le llega la nota, entonces, lo tiene claro, será “educadora social”. Ya ha estado el verano pasado de prácticas y dice que quiere repetir. Eleva el tono y me hace una sincera y adulta confesión: la vida de  esas personas es tan limitada  y transmiten tanto cariño; que yo las quiero ayudar.

Me conmueve su forma de hablar. Tiene y siente todo tan claro a su edad. Me remonto a mis quince años cuando lo único que me preocupaba era que me mirara el chico de tercero y poco más.

Su padre dese hace mucho tiempo no está. Abandonó a toda su familia siendo ella  una niña. Ahora en paradero desconocido, se rumorea que está muy enfermo escondido en algún punto de la ciudad. Su madre le ha buscado pero el resultado ha sido en balde. Ahora convive desde hace más de seis años con otro señor. Es un buen hombre, pero Michelle sigue acordándose de quien la vio nacer.

De repente siento una punzada en el corazón. Esta joven alegre y jovial aunque de mirada triste y quizá algo cansada de tanto esperar. Quiere volcares en ayudar a los demás. Probablemente a falta de su progenitor y sabiendo lo enfermo que está, proyecta sobre desconocidos lo que haría de muy buena gana con él. Con el padre que le dio la vida y nunca más supo de él.

Anne, la otra joven. Su situación es distinta, aunque quizá más dolorosa si cabe que la de su compañera. Hace diez años que sus padres se divorciaron, diez años de lucha por conseguir: la casa de Madrid, el chalet de la sierra,  el coche último modelo que compararon en una feria de ocasión y por último, la custodia de su hija que venía en el pack.

La madre, lucho a muerte hasta el final. No quería que su ex le quitara lo que ella consideraba suyo. Pero después de tantos años de sufrimiento ha cedido y le da todo, incluida a su hija. El padre está  muy contento, victorioso,  jubiloso, pero su hija no.

Su madre la ha abandonado, ha claudicado, cedido; no ha podido más con la presión.

Observo sin juzgar a las dos jóvenes y me doy cuenta de que nuestros padres te marcan hasta el final y que si alguno te falta a una edad tan delicada como es la pubertad. Seguramente tu vida ya no sea la misma y te será muy difícil poderla encauzar.

abandonar-el-nido

 

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