El jinete que dejó de respirar.

El otro día quedé con un chico que le encantan los caballos, es jinete profesional y participa en muchas  competiciones. Tiene magulladas  todas las partes de su cuerpo. No tiene ni un hueso por estrenar y su forma de hablar es: rápida, acelerada, veloz.

Su voz  galopa deprisa muy deprisa, quedándose sin aliento y atropellando las palabras, sin embargo cuando le respondía o simplemente asentía con lo que contaba. Paraba de golpe, paraba el galope  y me escuchaba con mucha atención.

Le observe durante mucho rato, no paraba de hablar. Le escrutaba  atentamente. Como movía las manos, adelantaba los pies y  balanceaba  su silla de montar sin soltar su caballo que le daba presencia y estabilidad.

Sentado frente a mí le veía y le sentía de lejos en la montaña con su yegua preferida trotar y trotar.

Estaba en otro mundo en otro lugar. En el mundo salvaje de los animales que no se dejan domar. Me llamó la atención las cosas que decía, la pasión en su mirada, el arrojo en su interior. La valentía de sentirse muy arriba y de no quererse bajar.

Tenía dos empresas de mensajería sin embargo eso le alineaba y quería hacerse con una ganadería; atender a los caballos, las ovejas los cerdos… Un hombre de campo curtido y vivido.

De repente dejó de respirar. Me dijo casi sin voz  que se ahogaba que no le llegaba el aire. Le pregunté si necesitaba algo. Me respondió que fuéramos a una farmacia que se tenía que comprar un inhalador. Me asuste, nos levantamos y al llegar a la farmacia estaba cerrada, la de guardia muy lejos … Y le invité a ir a otro sitio. Se dejó acompañar. Elegimos una terraza que estaba en el centro del pueblo. Se sentó, respiró, dejo de hablar me miró a los ojos y por primera vez paró. Le pregunté si estaba mejor, me respondió que sí, sin dejar de sonreír.

Necesitaba PARAR, PARA tomar aliento. Fui yo la que tiro de las riendas, ajusto las bridas y con las espuelas de algodón para no lastimar  a ese caballo desbocado que a punto estuvo de saltar por el precipicio. Le detuve, le di de beber, calme su sed y probablemente su excitación.

Mi voz le calmó, mis palabras le arrullaron  y me di cuenta de la gran paz que hay en mi interior.

Y una vez tranquilo, sosegado.  Acaricie su lomo, le susurre al oído y conseguí que ese pedazo de hombre, tan bruto como noble, tan grande como tierno, apoyara su cabeza en mi hombro y se dejara mecer.

 

jinete

 

 

 

 

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