La inteligencia espontánea de los niños.

Nos encontramos perdidos en una acomodada urbanización a las afueras de Madrid. Mi compañero Otto y yo no sabemos muy bien cómo llegar a el  restaurante que nos han recomendado.

Mi amigo lleva toda la tecnología imaginable en el salpicadero de su coche. GPS, móvil Maps conectado a la pantalla del ordenador  situado sobre la palanca de cambios y de vez en cuando una voz de mujer que a mí me pone de los nervios llamada Siri, aparece justo en el momento más inoportuno a indicarnos que la dirección que le hemos preguntado no la encuentra o no aparece en su base de datos.

Me desespero si cabe un poquito más y elevo la voz indignada porque antes las cosas eran más sencillas. Con tu mapita de la gasolinera te hacías tu ruta o directamente lo buscabas en Google Maps (esto es más actual) memorizabas el itinerario o lo apuntabas en un simple papel. Pero ahora no; ahora ni piensas, ni sientes, ni memorizas nada. Te limitas como un borrego a seguir una pantalla de tv que te va llevando de la mano hasta tu destino o eso es lo que tú te crees.

La noche parece que no llegaba a su fin y  nosotros a ningún lado. Perdidos en no sabemos muy bien donde, y sin saber qué hacer para llegar a nuestro destino, vemos a unos 200 metros a un grupo de chavales de entre 8 y 13 años. A mi acompañante no le conozco en estos menesteres  y no sé cómo va reaccionar ante mi espontánea forma de resolver, sin embargo le digo que pare, que quiero preguntar a los chicos.

Diligente detiene el coche, bajo la ventanilla, los saludo a todos y les digo que nos encontramos un poco perdidos. Que si nos pueden indicar donde se encuentra un restaurante a orillas de un pantano, llamado “Náutico”.

La chica mira con cara de sorpresa a su amiga y no acierta a responder,  sin embargo a su lado hay otro niño bastante más pequeño, que sin dudarlo nos da una información tan precisa que me quedo helada.

Le doy las gracias y le pregunto la edad. Tengo 8 años responde orgulloso de haber ayudado a un “mayor”. Le felicito, nos despedimos del resto y continuamos el camino.

Es noche oscura, la urbanización es prácticamente igual y las calles se suceden sin llevarnos a ningún lugar certero. Nos encontramos nuevamente perdidos. Por suerte hay otros dos chicos un poco más adelante. Ahora es él, el que detiene el coche sin decirle nada. Me quedo nuevamente sorprendida por su forma de actuar.

Vuelvo a bajar la ventanilla y de forma casi inconsciente le pregunto al más pequeño. Nos responde con un aire entre absorto en sus batallas y seguro de lo que nos va a decir: hay varias formas de llegar. Otto levanta el dedo índice y el chaval entiende su señal. Vale, pues seguir (nos responde de tú y a mi lejos de pensar que soy una jovencita porque evidentemente no lo soy, me llega como algo cariñoso, conocido y cercano muy cercano) toda esta carreta hasta abajo, llegareis a un colegio, pues justo un poquito antes os encontrareis un cartel azul con letras blancas, os metéis por ahí que hay muchos árboles y ahí está.

Vuelvo a preguntar la edad, me dice que 8 años. Le damos las gracias de corazón y continuamos la marcha.

Vamos en silencio no queremos perder la concentración. Me acuerdo de forma casi instantánea de mi sobrino Tin de apenas 7 años. Me invade una sensación extraña entre nostalgia, alegría y emoción.

Mi compañero tiene hijos muy mayores, apenas se relaciona con niños de tan corta edad. Es un hombre acostumbrado hacerse miles de Kms, solo pendiente de los dispositivos móviles, de los radares de la carretera y de poner a punto su flamante vehículo.

Sin embargo en esa noche que se me antoja,  mágica y especial; se ha dejado llevar, ha confiado en el destino en la inteligencia espontánea de los  niños. Probablemente se sintió igual que ellos cuándo muchos años atrás jugaba con sus amigos a entrar en las casas abandonadas de su pueblo para  coger los frutos ya maduros,  moras, almendrucos.

Volvió a ser un niño y su actitud me cautivó. No dudo ni por un instante en acercarse a ellos y confiar en su infancia, en lo que todos los niños conocen muy bien   aunque  los mayores muchas veces nos empeñemos en ignorar.

Nos cogimos de la mano y juntos como dos infantes llegamos a ese precioso lugar. Nos recibió un camarero sonriente y nos hizo pasar a una sala muy cálida llena de velas de diferentes colores.

Cuando acabamos la cena salimos a la hermosa terraza con vistas a un refrescante pantano, al fondo sonaban compases de bossa-nova, pose sobre su mano la mía, le hice levitar con  sus pesados pies y nos deslizamos sobre la pista que ya estaba abierta para nosotros en ese salón y volamos por encima de la laguna esa noche que no olvidaremos ni él ni yo ni los niños que juntos llevábamos  dentro en un instante de pura emoción.

ninos-inteligentes

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