PADRES que prefieren NO escuchar.

De camino a la tienda de informática. Si, parece que el ordenador todavía contiene parte de la energía negativa que se ha ido acumulando estos días y no para de quejarse. ¡Qué le vamos hacer!

Un padre y una hija de nos mas de 7 años, van caminado delante de mí a escasos metros. La niña resuelta y alegre no deja de hacerle preguntas a su padre; el cual inmerso en sus pensamientos no le hace demasiado caso.

La niña insiste y cada vez levanta un poco más la voz. Su perseverancia me obliga a prestarle atención y me quedo asombrada de la determinación que contienen sus palabras al reclamar la atención de su progenitor y este inmerso en las facturas, en el trabajo y en no sé cuántas cosas más, no desciende de su mundo ni un segundo mientras recorremos en paralelo los escasos 100 metros que me separan de la tienda.

La niña solo quiere que su padre le responda a su pregunta que ya le hizo hace un momento por primera vez y ya van cinco y no hay manera de resolver.

Papa: ¿a qué un árbol es lo mismo que una persona solo que está quieto y no se puede mover…?

Por un instante me entran unas ganas de reír y de cogerla de la mano y juntas hablar con los árboles que seguro la responden en un santiamén.

De nuevo vuelve a insistir: ¿a qué si papá: a que un árbol es como mamá y Juan (supongo que se refiere a su hermano) solo que no puede andar?

El padre por fin gira la cara en dirección a la niña y sin dejar de pensar en el más allá, le dice que no, que no diga tonterías, que un árbol es un árbol y no se hable más.

La niña frunce el ceño y en su expresión hay un aire de contradicción. Lo que provoca que se me acelere el paso y estoy a punto de increpar a su padre. Si, su hija tiene razón. Un árbol, una planta, una flor… Son seres vivos igual que tú y que yo. Y la niña está en todo su derecho de incluir en su forma de pensar a su madre, al perro si lo hubiera y a su “hermano” también.

Y claro que todos ellos: comen, respiran y si no tienen agua a su alrededor morirían de inanición. Pero me controlo y mantengo la respiración, comienzo a caminar más despacio porque algo me dice que no debo perder ni un segundo en lo que viene después.

La niña se detiene, le tira de la mano y le levanta la voz con tanta fuerza y determinación que esta vez no acierto a comprender.

Está enfadada o simplemente ha comprendido a su tierna edad que la persona que la lleva de la mano, no es la más indicada para hablar de los animales, las flores, ni de los seres que habitan este planeta.

Entonces el padre por fin aparta de su cabeza los agobiantes pensamientos y por primera vez le mira a la cara. Baja de las alturas y mirándole fijamente a los ojos, comprende que es lo que la pequeña le quiere decir.

Su hija se pone muy contenta. Ha bajado a su mundo para ver qué es lo que se mueve en su pequeña cabecita.

Sí, mi amor, creo que sé lo que me quieres decir. Tú te refieres a que son seres vivos, que necesitan, igual que los seres humanos agua, luz, aire y demás pada vivir.

Le guiño un ojo al pasar por su lado y sonríe a su hija con tanto amor que la niña se da cuenta, porque a esas edades la imaginación juega mucho a tu favor, que he sido yo la que ha iluminado a su padre y con mi capa “invisible” le he susurrado al oído la respuesta que su pequeña esperaba con tanta emoción, para que nunca más desatienda una pregunta de su hija y mucho menos siendo tan pequeña y con tantas ganas de vivir.

 

comunicacion_padres_hijos

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