Todos llevamos dentro un hada muy especial.

Como todas las mañanas desde hace ya una semana, salgo a trabajar a un lugar muy peculiar.

Todavía es de noche y no se ve un alma por la carretera por la que me dirijo feliz a mi nuevo trabajo. Me gusta abrir la ventana, a pesar del frío que hace fuera y sentir la brisa sobre mi cara.

Voy escuchando una emisora donde se habla de política, sociedad, deportes etc. De una forma muy distendida y siempre hablo con el locutor. Me cae muy bien. Hace muchas preguntas a sus oyentes y yo le sonrío; le cuento como he pasado la noche y las ganas que tengo de comenzar.

Aparco en una zona donde hay muchos árboles. Como tengo la suerte de estar en la sierra de Madrid; mire hacia donde mire, me encuentro con las montañas que están casi bajo mis pies  y en mi descanso matinal,  salgo como una escopeta y me dirijo por entre las casitas del pueblo, a una zona que está a apenas 10 minutos y hablo con las hadas que hay en ese pequeño bosquecillo.

Son de muchos colores y salen de entre las piedras rocosas para darme los buenos días.

Ayer no las vi. Hacía mucho frío para estar ahí, pero yo les dejé un poco de comida, un rico bizcocho que por la tarde cociné con mi amigo Juan. Es repostero y siempre que le llamo para que me haga algo especial, sin pensárselo dos veces y entre azúcar, huevos, harina y leche, montamos unas en el fogón, que así luego se queda la cocina. Pero a mí me da igual porque hay un olor tan rico que me entran ganas de no salir de ahí

Esta mañana no he podido ir a trabajar; me ha dado en la espalda una fuerte lumbalgia que he tenido que ir a urgencias porque no aguantaba el dolor.

Me he sentido, rara, extraña y con una sensación que era nueva. He echado muchísimo en falta a mis nuevos compañeros, mi cafetito de media mañana y ver a las hadas en el paseo.

Así que me he parado a sentir, a que se debía ese fuerte dolor y que es lo que ese parón imprevisto quería decirme.

Lo he sentido muy claro. El pasado ya no es para mí, el presente, mi nueva vida, el trajín laboral, la incertidumbre de saber lo que nuestros jefes van a querer de cada una de nosotras, porque parece extraño, pero todas somos mujeres, grandes mujeres, diferentes, genuinas y especiales. Y ante todo cuatro mujeres.

Ese es mi nuevo lugar, donde quiero estar y este parón de un día o de quizá dos; me ha ayudado a despedirme de lo que fue y ya no será y a coger si cabe con más ganas, mi nueva vida en el mundo laboral.

Y es que ayer, cuando el doctor palpaba mi espalda para ver donde sentía el malestar. Se acercó una hada verde, silenciosa, relajada. Para decirme que no me preocupara, que este médico también era de los suyos, solo que disfrazado con bata blanca y que escucharía mis palabras sin parpadear.

Al principio no la entendí. Hablaba muy bajito y su susurro me despistaba.

Pero cuando el doctor, al cabo de casi cuatro horas de permanencia en el hospital. Me llamo para darme los resultados. Me dijo que todo estaba bien y de forma un tanto extraña, me pregunto qué a que me dedicaba, le dije que era Community Manager y que adoraba mi profesión.

Me miro a los ojos y me respondió que era la primera persona, a lo largo del duro y frenético día que llevaba, que le contaba algo interesante de su vida y que a simple vista podía adivinar que no era solo en mi entorno laboral. Que se notaba (palabras textuales) que yo era de las que disfrutaban a tope de todo lo que hacía.

Ahí me di cuenta de que él también era de otro planeta, seguramente de alguno cercano al de mi hada particular.

Después me pidió consejo sobre la empresa online que acababa de crear. Era una pequeña discográfica y su objetivo era promocionar a sus músicos preferidos.

En ese punto detuve el tiempo y sentí que ya no era mi médico, sino que se había convertido en mi “paciente” y que yo era, en ese mágico momento, el profesional. Me escucho muy atento. Me dio las gracias, le di la mano y al salir me dedico una gran sonrisa.

Cuando me dirigía a recoger el coche del aparcamiento del hospital hice un resumen de todo lo que había pasado ahí dentro.

Mis compañeras de apenas una semana me habían mandado un WhatsApp diciéndome que ya me echaban en falta, la paciente con la que había coincidido en la sala de curas y que una hora antes me había confesado de donde le venía su terrible dolor de cabeza, y yo simplemente me había atrevido a rozarle un poco su corazón interesándome por su dolor; antes de irse me dio las gracias por mi sugerencia y con un brillo especial en su mirada se despidió.

Y comprendí que todo la “medicación” que me habían metido por vena con un goteo y la inyección que atravesó mi dolorido glúteo no era otra cosa que energía vital, paz interior y savia fuerte y renovada para comenzar este nuevo proyecto como lo hacen los seres especiales, los que hablan con hadas y criaturas genuinas y diferentes, las que viven camufladas en el mundo de los vivos pero que solo muy pocos, los elegidos, somos capaces de visionar.

hadas_bosque

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