Divorcio a los 85.

Mamá vale ya de hablarme mal de papá. Entras en bucle y no consigues nada.

Ya hija, pero es que es terrible estar con un “ser” así. No habla, no dice nada, le tengo que sacar las palabras con cuenta gotas.

Igual, mamá, ¿Es que no tiene nada que decir? O quizá: ¿no sienta ganas de vivir? Le responde su hija en tono airada, porque no soporta tanta queja, cada vez que le responde al teléfono.

No digas eso. Lo que pasa que es un aburrido y un sieso y no le gusta hablar.

Muy bien; entonces ¿Qué propones? ¿Estar martirizándole todo el tiempo? Porque igual, no estaría de más, que buscases la manera de sobrellevar el día a día sin depender de nadie, solo de ti.

Es que todas las cosas que me gustan hacer dependo de él. ¿Estas seguras de ello? Le hace reflexionar su querida hija, que le duele lo mal que se llevan y lo poco que tienen en común.

Pues sí. Ir a ver una exposición o que me lleve al teatro o ir a cenar a un restaurante bonito.

Muy bien, mamá. Para hacer todo eso hace falta un “chofer” que te acompañe y te de conversación y como ese “chofer” se ha jubilado. ¿Qué te parece si comenzamos por dar un paseo cerquita de casa, ver una película frente al televisor o con el ebook que te regalaron los Reyes, bajarte un buen libro que, con él, sí que vas a poder viajar?

Hija mía: es que continuamente me vienen pensamientos terribles hacia él. Vale, pues te voy a proponer otra cosa que he descubierto hace bien poco y que me está viniendo de maravilla.

Dime hija mía: que ya sabes que, si está bien para ti, igual yo también lo puede hacer.

Vale mamá. Escúchame con atención. Lo que yo he descubierto se llama meditación. ¿Y eso que es? Es una forma de desconectar de todos los pensamientos y dejar la mente en blanco.

Que bien suena. Dejar por un momento de pensar cosas terribles y poderme relajar. ¿Y eso cómo se hace?

Sentadita en una silla, cierras los ojos, cronometras 10 minutos ( este tiempo es solo al principio, luego puede ir a más)  en tu reloj de la mesilla. Pones las manos sobre tus piernas y durante ese tiempo solo te concentras, en la entrada y la salida del aire que pasa a través de tu nariz.

¿Y tú crees que eso me va a servir? Pues todo depende de las ganas que tengas en dejar de pensar en cosas malas y negativas.

Y ahí se quedó la conversación, entre la madre de María y su hija.

Ha pasado un mes. El chofer sigue sin conducir, pero la madre de María, se ha olvidado de comer en vajillas de plata, de las palomitas que dan en la entrada del cine y los cuadros de los museos, los ve en tecnicolor, cada vez que cierra los ojos y se acuerda de su respiración.

Su vida, en general, no ha cambiado mucho, sin embargo, su forma de sentir ha dado un giro radical y cuando de repente, en un ataque de los suyos, le entran ganas de romperle la cabeza, con el mando del televisor.

Cuenta hasta tres, siente su respiración y se acuerda de las palabras sabias de su hija y se da cuenta de que el reloj de su mesilla sigue donde lo dejó y que todavía es capaz, de poner la alarma a las diez.

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