Unas alas para volar

Sentados en la terraza de un café, padre e hija charlan amigablemente. Hacía tiempo que sus estados de ánimo no confluían en algún lugar.

En escasos meses, habían perdido a sus seres más queridos en circunstancias muy similares. Alba dijo adiós a su marido en un extraño accidente de coche. En medio de la noche y en un lugar donde apenas transitaba gente, un animal invadió su carril, le embistió de frente y él no lo pudo esquivar.

A la madre de ella, también se le cruzó otro animal, este era de raza humana, sin cuernos, le fue a robar, ella se defendió y en su defensa perdió lo más valioso que tenía, su vida.

Ahora se consuelan tomando un rico café, ella con miel, a él le gusta con canela y hablan de lo que fue y pudo ser.

Es extraño como la vida te arrebata a tus seres queridos en un santiamén, sin embargo, en esto dos tristes desenlaces existe un eje común.

La muerte les sorprendió y ninguno sintió dolor. La navaja fue directa al corazón y la asta del toro, también apuntó muy directo y él no sufrió.

Los vivos, los que se quedan aquí no hablan de ello, ¿Para que? Saben muy bien que la hora de sus amores llegó a su fin, sin embargo, a los que continúan aquí, les quedan muchas cosas que vivir.

Ella, le pregunta al padre, que le gustaría hacer, él le responde que mejor le hable en presente. Entonces reformula la pregunta: -Padre: ¿Que quieres hacer? -.

La hija le mira de soslayo y descubre el hombre que fue y que todavía sigue ahí, dispuesto a luchar y a no dejarse llevar por la tristeza, la melancolía y eso amargos momentos que se quedaron muy atrás.

Unos hijos maravillosos, nada más y nada menos que tres, más ocho nietos repartidos por medio mundo y un perro, de nombre Sultán, que vive como un marajá y que quiere a su dueño todo y un poco más.

  • No me has respondido, padre: ¿Qué es lo que vas hacer sin mamá? –

No te preocupes Alba: aunque tu madre no está aquí, por la noche en medio de mi nublado sueño, me susurra al oído, me coge de la mano y me enseña las “paradas” que quiere que haga. Me ha pedido que visite a todos los nietos y que a cada uno le lleve un regalo especial. Que los escuche debajo de la almohada porque ellos también quieren volar.

Así que hija mía, me tendré que recorrer en los años que me queden de vida, muchas ciudades para poder llevar el legado de su abuela y también el mío, a tus sobrinos, a mis nietos, a los seres que más quiero, junto a Sultán.

– ¿Lo has entendido, hija mía? Claro papá-.

A mí también me visita Juan, pero él no llega de noche como mamá, él aparece por la mañana, cuando el café comienza a oler, me besa en la mejilla me da un pellizco donde sabe que me gusta. Y también me susurra al oído y me dice que cuando tenga miedo, me agarre de su mano y levante la vista al cielo, que ahí en lo más alto, hay dos seres muy especiales que me agarran muy fuerte de las alas, para que siga volando hacia arriba y que jamás que le dé la espalda a la vida.

– ¡Papá! -Dime hija. – ¿Tú sabes porque se fueron los dos a la vez? – Quizá cariño no se han ido y siguen aquí. – ¿De verdad lo crees así? – NO lo creo, es que lo siento así. –

alas mujer

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