Las “alas” del hospital

Más de un mes lleva mi madre en el hospital.Entró con una “simple” neumonía de fin de semana, y ahí sigue. Los bichos, como yo les llamo, han instalado la tienda de campaña en una zona “muerta” de su pulmón, y se han tomado unas vacaciones, como si estuvieran en Benidorm.

Es la segunda vez que pasa por ahí, hace justo 7 años, que la tuvieron que intervenir, solo estuvo 7 días, pero fue la primera experiencia fuerte que tuve que vivir y salí airosa, pues antes de que entrara, no sabíamos lo que podía ocurrir.

Ahora es distinto, soy una mujer más adulta, tengo más aplomo y la conciencia que viene y va, de momento, está controlada y no me permite perder el norte; ahí que estar ahí y ahí estamos todos y quizá más, de lo que yo pudiera esperar.
Se hace largo, muy largo, pesado; muchas veces piensas, que no puedes más. Sin embargo, sientes que es más de cabeza, que de corazón.

Hacemos guardia todas las noches, con mis hermanos y mi padre. No hay timonel, ni líder, ni portavoz, ni siquiera una simple hoja donde cada uno tenga su quehacer.
No hace falta, funcionamos a la perfección. Cada uno sabe, la responsabilidad que tiene entre manos y nadie decae, al revés, es una cadena, sin fisuras, sin roces. Con los eslabones bien sujetos y apretados.

En el hospital hay un ejército preparado para intervenir: enfermeras, celadores, doctoras y doctores. Caminan por los pasillos, se paran en el andén y se suben al tren que les toca, allí hacen su labor, hasta la siguiente estación y luego cogen otro tren.

Hay una máquina de bebidas al final del pasillo, selecciono un expreso con leche.
Me lo llevo a la habitación, mi madre está desayunando en silencio. Le cuesta mucho masticar. Se pone nerviosa porque no sabe cuándo va a terminar. Le digo que tiene todo el día, que no hace falta que corra.
Eso le da igual, quiere esta aseada antes de que venga la doctora. Finaliza su café con tostada.

Nos dirigíamos a la ducha, coge su andador, es como mi bici, último modelo. Lo maneja como una profesional.

En la ducha se sujeta fuerte del agarrador que hay en la pared. “Nos enjabonamos”, ella por arriba yo por abajo. Me recuerda a los túneles de lavado, cierro los ojos y siento el contacto de su piel.
Tiene el cuerpo moreno, está llena de pequitas, su piel es muy suave y tersa, y dura; dura como el acero y según vas bajando a la altura de las rodillas se vuelve seca…Seca como un desierto. Si la observo detenidamente, me pongo a llorar…

Así que, dejo de pensar y cojo la esponja con brío y cuidado y recorro sus piernas de arriba a abajo.
Me asaltan recuerdos de la infancia; cuando nos colocaba en fila, a mis hermanos y a mí. Y como si fuera una cadena de lavado, nos enjabonaba y nos aclaraba a una velocidad que era increíble la energía que derrochaba.
Ahora nos toca a nosotros. Cada mañana la asea uno. La dejamos niquelada. Ella se sienta, orgullosa en su butaca. Me mira con emoción. No quiero que me vea, porque a veces, no puedo más…

Me sobrecoge la escena, los papeles se han cambiado y parece que fue ayer, cuando se me ponía un nudo en el estómago, porque era la hora de comer y no podía abrir la boca.
Ella me jaleaba y al final, bocadito a bocadito, me comía todo el plato.

-Mami: ¿Que me miras? – Nada hija. Lo guapa que vas-.

Ha llegado la enfermera, la más profesional. Entra como un toro de Liria, nos saluda en un tono, que retumba la habitación. Sabe que mi madre, no oye bien…
Es de las nuestras; enérgica, profesional y sobre todo humana, cariñosa.

Hoy no me voy a aguantar, así que, en uno de los halagos que le dedica , le cojo con cariño del brazo, y mirándole fijamente a los ojos, le digo sin remisión: – de hoy no pasa, Raquel-
Me mira extrañada, pero ya he cogido carrerilla y no voy a parar.

-Ya he visto mucho, demasiado, diría yo, en este hospital. E igual que hay gente que no ama su trabajo, que está por estar, o simplemente forma parte de una cadena de montaje, donde es una pieza más. –
-Tú: no solo haces el trabajo, de lo más profesional, sino que tratas a mi madre, como si fuera la tuya y te quiero felicitar.-

Me mira a los ojos, me coge de la mano, y me dice que no siga, que se va a poner a llorar.
-No cariño, no voy a parar. – Porque en esta vida estamos acostumbrados a decir solo lo malo, a escupirnos, a arrojarnos las cosas feas a la cara y desgraciadamente, nadie dice lo bueno.-

-Así que yo de aquí no me voy, sin aplaudir  tu labor, el buen trato que das, tu disposición y por la luz que desprendes, cada vez que entras en la habitación.-

Sus ojos se llenan de lágrimas y en un suave susurro, me confiesa que ella nunca conoció a la suya …
Le miro fijamente, el tiempo se detiene. Le agarro fuerte de las dos manos. Me retiene la mirada, me habla sin decir nada, y en ese dulce momento, comprendo lo que vale la pena vivir, y me siento afortunada por cruzarme en la vida, con seres humanos, de tan elevada categoría emocional.

Gracias por regalarme este momento, por llenarme la vida de amor, por sentir el calor de desconocidos, que te ajustan un poco más las alas, esas que llevas a la espalda y les queda ya muy poco, para que echen a volar.

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