Divorcio a los 85.

Mamá vale ya de hablarme mal de papá. Entras en bucle y no consigues nada.

Ya hija, pero es que es terrible estar con un “ser” así. No habla, no dice nada, le tengo que sacar las palabras con cuenta gotas.

Igual, mamá, ¿Es que no tiene nada que decir? O quizá: ¿no sienta ganas de vivir? Le responde su hija en tono airada, porque no soporta tanta queja, cada vez que le responde al teléfono.

No digas eso. Lo que pasa que es un aburrido y un sieso y no le gusta hablar.

Muy bien; entonces ¿Qué propones? ¿Estar martirizándole todo el tiempo? Porque igual, no estaría de más, que buscases la manera de sobrellevar el día a día sin depender de nadie, solo de ti.

Es que todas las cosas que me gustan hacer dependo de él. ¿Estas seguras de ello? Le hace reflexionar su querida hija, que le duele lo mal que se llevan y lo poco que tienen en común.

Pues sí. Ir a ver una exposición o que me lleve al teatro o ir a cenar a un restaurante bonito.

Muy bien, mamá. Para hacer todo eso hace falta un “chofer” que te acompañe y te de conversación y como ese “chofer” se ha jubilado. ¿Qué te parece si comenzamos por dar un paseo cerquita de casa, ver una película frente al televisor o con el ebook que te regalaron los Reyes, bajarte un buen libro que, con él, sí que vas a poder viajar?

Hija mía: es que continuamente me vienen pensamientos terribles hacia él. Vale, pues te voy a proponer otra cosa que he descubierto hace bien poco y que me está viniendo de maravilla.

Dime hija mía: que ya sabes que, si está bien para ti, igual yo también lo puede hacer.

Vale mamá. Escúchame con atención. Lo que yo he descubierto se llama meditación. ¿Y eso que es? Es una forma de desconectar de todos los pensamientos y dejar la mente en blanco.

Que bien suena. Dejar por un momento de pensar cosas terribles y poderme relajar. ¿Y eso cómo se hace?

Sentadita en una silla, cierras los ojos, cronometras 10 minutos ( este tiempo es solo al principio, luego puede ir a más)  en tu reloj de la mesilla. Pones las manos sobre tus piernas y durante ese tiempo solo te concentras, en la entrada y la salida del aire que pasa a través de tu nariz.

¿Y tú crees que eso me va a servir? Pues todo depende de las ganas que tengas en dejar de pensar en cosas malas y negativas.

Y ahí se quedó la conversación, entre la madre de María y su hija.

Ha pasado un mes. El chofer sigue sin conducir, pero la madre de María, se ha olvidado de comer en vajillas de plata, de las palomitas que dan en la entrada del cine y los cuadros de los museos, los ve en tecnicolor, cada vez que cierra los ojos y se acuerda de su respiración.

Su vida, en general, no ha cambiado mucho, sin embargo, su forma de sentir ha dado un giro radical y cuando de repente, en un ataque de los suyos, le entran ganas de romperle la cabeza, con el mando del televisor.

Cuenta hasta tres, siente su respiración y se acuerda de las palabras sabias de su hija y se da cuenta de que el reloj de su mesilla sigue donde lo dejó y que todavía es capaz, de poner la alarma a las diez.

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Todos llevamos dentro un hada muy especial.

Como todas las mañanas desde hace ya una semana, salgo a trabajar a un lugar muy peculiar.

Todavía es de noche y no se ve un alma por la carretera por la que me dirijo feliz a mi nuevo trabajo. Me gusta abrir la ventana, a pesar del frío que hace fuera y sentir la brisa sobre mi cara.

Voy escuchando una emisora donde se habla de política, sociedad, deportes etc. De una forma muy distendida y siempre hablo con el locutor. Me cae muy bien. Hace muchas preguntas a sus oyentes y yo le sonrío; le cuento como he pasado la noche y las ganas que tengo de comenzar.

Aparco en una zona donde hay muchos árboles. Como tengo la suerte de estar en la sierra de Madrid; mire hacia donde mire, me encuentro con las montañas que están casi bajo mis pies  y en mi descanso matinal,  salgo como una escopeta y me dirijo por entre las casitas del pueblo, a una zona que está a apenas 10 minutos y hablo con las hadas que hay en ese pequeño bosquecillo.

Son de muchos colores y salen de entre las piedras rocosas para darme los buenos días.

Ayer no las vi. Hacía mucho frío para estar ahí, pero yo les dejé un poco de comida, un rico bizcocho que por la tarde cociné con mi amigo Juan. Es repostero y siempre que le llamo para que me haga algo especial, sin pensárselo dos veces y entre azúcar, huevos, harina y leche, montamos unas en el fogón, que así luego se queda la cocina. Pero a mí me da igual porque hay un olor tan rico que me entran ganas de no salir de ahí

Esta mañana no he podido ir a trabajar; me ha dado en la espalda una fuerte lumbalgia que he tenido que ir a urgencias porque no aguantaba el dolor.

Me he sentido, rara, extraña y con una sensación que era nueva. He echado muchísimo en falta a mis nuevos compañeros, mi cafetito de media mañana y ver a las hadas en el paseo.

Así que me he parado a sentir, a que se debía ese fuerte dolor y que es lo que ese parón imprevisto quería decirme.

Lo he sentido muy claro. El pasado ya no es para mí, el presente, mi nueva vida, el trajín laboral, la incertidumbre de saber lo que nuestros jefes van a querer de cada una de nosotras, porque parece extraño, pero todas somos mujeres, grandes mujeres, diferentes, genuinas y especiales. Y ante todo cuatro mujeres.

Ese es mi nuevo lugar, donde quiero estar y este parón de un día o de quizá dos; me ha ayudado a despedirme de lo que fue y ya no será y a coger si cabe con más ganas, mi nueva vida en el mundo laboral.

Y es que ayer, cuando el doctor palpaba mi espalda para ver donde sentía el malestar. Se acercó una hada verde, silenciosa, relajada. Para decirme que no me preocupara, que este médico también era de los suyos, solo que disfrazado con bata blanca y que escucharía mis palabras sin parpadear.

Al principio no la entendí. Hablaba muy bajito y su susurro me despistaba.

Pero cuando el doctor, al cabo de casi cuatro horas de permanencia en el hospital. Me llamo para darme los resultados. Me dijo que todo estaba bien y de forma un tanto extraña, me pregunto qué a que me dedicaba, le dije que era Community Manager y que adoraba mi profesión.

Me miro a los ojos y me respondió que era la primera persona, a lo largo del duro y frenético día que llevaba, que le contaba algo interesante de su vida y que a simple vista podía adivinar que no era solo en mi entorno laboral. Que se notaba (palabras textuales) que yo era de las que disfrutaban a tope de todo lo que hacía.

Ahí me di cuenta de que él también era de otro planeta, seguramente de alguno cercano al de mi hada particular.

Después me pidió consejo sobre la empresa online que acababa de crear. Era una pequeña discográfica y su objetivo era promocionar a sus músicos preferidos.

En ese punto detuve el tiempo y sentí que ya no era mi médico, sino que se había convertido en mi “paciente” y que yo era, en ese mágico momento, el profesional. Me escucho muy atento. Me dio las gracias, le di la mano y al salir me dedico una gran sonrisa.

Cuando me dirigía a recoger el coche del aparcamiento del hospital hice un resumen de todo lo que había pasado ahí dentro.

Mis compañeras de apenas una semana me habían mandado un WhatsApp diciéndome que ya me echaban en falta, la paciente con la que había coincidido en la sala de curas y que una hora antes me había confesado de donde le venía su terrible dolor de cabeza, y yo simplemente me había atrevido a rozarle un poco su corazón interesándome por su dolor; antes de irse me dio las gracias por mi sugerencia y con un brillo especial en su mirada se despidió.

Y comprendí que todo la “medicación” que me habían metido por vena con un goteo y la inyección que atravesó mi dolorido glúteo no era otra cosa que energía vital, paz interior y savia fuerte y renovada para comenzar este nuevo proyecto como lo hacen los seres especiales, los que hablan con hadas y criaturas genuinas y diferentes, las que viven camufladas en el mundo de los vivos pero que solo muy pocos, los elegidos, somos capaces de visionar.

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La firma.

Hace unos días la pedí a un buen amigo, un profesional del diseño gráfico, que me hiciera un logotipo para poner mi rubrica en los correos electrónicos que envío a mis clientes.

Me hacía mucha ilusión que fuera él, el encargado de dicho menester, nunca antes había tenido necesidad de dejar plasmada en una imagen mi profesión, pero algo había ocurrido que me empujaba a tener mi firma como si fuera un documento oficial.

Lo sentía como algo: serio, maduro. Representativo de alguien que por fin se ubica de pleno en el mundo laboral. Y quiere dejar a su paso su huella profesional, siendo consciente, como nunca, de hasta dónde uno puede llegar.

Situada y situados, quiero haceros partícipes de mi demanda y de cómo se fueron aconteciendo los hechos, en principio, de una simple signatura.

La mayoría de las veces sé muy bien lo que quiero cuando necesito que me hagan algo del tipo que sea, pero cuando se refiere a un diseño, en mi cabeza va todo muy rápido y suelo ser concisa y clara.

En un simple WhatsApp le expliqué lo que necesitaba. No hacía falta que me explayara demasiado, conocía muy bien mi gusto y mi personalidad. Fuimos compañeros de facultad durante los 5 años que duró la carrera. Y ya por aquel entonces con un simple gesto, sabía perfectamente interpretar lo que después le fuera a contar.

Los días pasaban y no tenía respuesta; extrañada le volví a escribir y por fin me envió un correo electrónico contándome las accidentadas navidades que había tenido.

Trascribo tal cual:

Te cuento: El día 23 por la mañana mi padre se cayó y se fracturó el fémur a la altura de la prótesis que tenía puesta hace 12 años…

En fin, han sido unas navidades muy chungas, tardaron en meterle en quirófano 10 días, le operaron el día 2 por la mañana. La operación ha ido muy bien, pero aún sigue en el hospital.

La cuestión es que mi padre físicamente está muy, muy bien, aparenta 10 años menos de los que tiene, pero a nivel de cabeza viene arrastrando una depresión desde hace unos años con lo que la rehabilitación se está complicando un poco…

Desde luego las navidades han sido todo un training de empatía, y psicología. Muy difícil, pero como dice mi madre “de todo se sale”. Estamos en ello ;)”

Ya no leí más, no necesitaba saber lo que venía después.

Sentí un profundo dolor, quiero mucho a mi amigo y conozco muy bien a su familia, sin embargo, comprendí que a veces, las cosas se truncan y que no hay navidades felices o tristes, sino simplemente hay navidades y a mi amigo le había tocado una no muy grata.

Al día siguiente, una vez reposado el desafortunado incidente. Volví a leer el correo para responder y darle todo mi ánimo, pero cuál fue mi sorpresa, cuando al llegar al final, vi un diseño espectacular. Un logotipo en vivos colores y el diseño era mucho más de lo que le  había solicitado.

Me quedé sin palabras, muda y de nuevo comprendí: cómo son los amigos, los grandes amigos, los de toda la vida, los que no hace falta que veas a menudo, ni siquiera hace falta que tengas una comunicación pautada. Sin embargo, cuando les necesitas, siempre están ahí.

Corren, vuelan, acuden a tu llamada sin más miramientos que el simple deseo de estar .

Miré la firma. Comprobé que no le faltaba detalle, que era más de lo que le había pedido, mucho más. Tenía corazón, alma, vida. Tenía cariño, cercanía y ganas de compartir un momento para ti tan especial.

Y sentí que la vida, comienza todos los días y las personas que realmente merecen la pena, pertenecen a tu mundo, a tu vida y que siempre estarán ahí, por mucha distancia que exista entre un “hola” y un “que tal”.

 

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Un año más y una uva de menos.

Expectantes, nerviosos, inquietos. Estamos toda la familia frente al televisor. Van a dar las 12 campanadas y esperamos impacientes el momento.

Sentados estratégicamente, cada uno lleva en su respectivo bol sus 12 perlas. Todos miramos atentos al televisor.

Hemos elegido una cadena, la de siempre, la primera de toda la vida. Nos encanta porque aparecen en la parte inferior de la pantalla, unos circulitos con un número, que según van sonando las campanadas  encienden una luz que te indican por donde vas.

Es un momento mágico, especial. Además, es el primer año que lo celebramos fuera de la casa de mis padres y se me antoja todo diferente. Tengo una sensación extraña, como de no reconocer ni el momento ni el lugar, pero al mismo tiempo me envuelve una sensación de novedad que me gusta. Romper la rutina, pasar al otro lado desde un lugar distinto, diferente y eso me produce una sensación única y un poco espacial.

Me he vestido de negro, entera, para la ocasión. También es extraño en mí. Hacía mucho tiempo que no utilizaba ese color. Sin embargo, me siento cómoda, a gusto.

Ya no me demoro más, que empiezan las campanadas. Una, dos, tres…Y cuando voy, creo que, por la quinta campanada, una de mis uvas cae al suelo. ¡Vaya fastidio! digo para mis adentros. Palpo con la mano, no quiero apartar la vista del televisor y no hay manera de dar con ella. Sigo comiendo uvas, no vaya a ser que no llegue al final. Ya no puedo más y grito: ¡He perdido una uva! ¡Por favor!

Y mi cuñada, rápida y veloz como un rayo, va a la cocina y repone mi uva perdida. Le doy las gracias y sigo atenta al televisor, masticando al compás que marca el reloj.

Por fin las doce, ya estamos en el 2017 …Por fin. Casi no llego o quizá sea al revés. Tenía tantas ganas de que llegara, que mis uvas nerviosas han sentido mi inquietud, se han alterado de mi emoción y entre unas y otras han montado su verbena particular…Me río, beso a toda la familia.

Siento algo extraño, me gusta. No soy la misma persona, ni estoy en el mismo lugar.

Mi sobrina ha grabado el momento con una cámara de vídeo. Lo reproduce en el televisor. Nadie entiende lo que sale en la pantalla.  Solo ella y yo. Nos reímos a carcajadas, hay una sintonía especial.

Nos miramos a los ojos y no nos hace falta decir nada más. Ella con tan solo 15 años y yo con el medio maravilloso siglo a mis pies. Sentimos de una forma parecida que nos entran ganas de llorar de alegría.

¡Qué forma de comenzar el año! Por una simple uva que se escapó. No hay casualidades en la vida, todo ocurre  por algo y  para algo ; eso lo sé muy bien yo.

Brindamos con cava, las copas se juntaron… ¡chin!¡chin! Que sensación tan plena, tranquila. relajada …Sin duda será mi año.

Abracé de nuevo a mi sobrina y no paramos de reír.

 

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Cuando te falta un hermano.

Ya están de vacaciones navideñas y Clara junto a sus amigas de clase se dirigen a un centro comercial próximo a su casa, para celebrar que ya no tiene que volver al colegio en unos días y que por fin van a poder disfrutar de unas riquísimas tortitas con nata y chocolate.

Esta vez se ha tenido que llevar a su hermano Javier, el más pequeño de la casa, de tan solo ocho años porque sus padres todavía trabajan.

Lleva dinero de sobra porque el abuelo paterno de nombre Juan le ha dado un buen aguinaldo la semana pasada y quiere invitar a su mejor amiga, Adela.

No le hace mucha gracia ir con su hermano, sin embargo, ya le avisó anoche mamá que, si no iba con él, no saldría de casa. Así que no ha tenido elección.

La mejor amiga de Clara, adora al travieso Javier, le recuerda a un hermano que tuvo y que hace exactamente tres años, falleció en un accidente de coche, cuando viajaba con sus abuelos y todavía ese duelo no lo tiene superado. Aunque desgraciadamente estos terribles golpes que te da la vida jamás se superan.

Han llegado a la cafetería, esperan pacientes a que les acomoden en un lugar cerca de la ventana, porque a Adela le gusta ver pasar a la gente tras el cristal y siempre pide estar lo más cerca posible del exterior. Todavía siente un nudo en el estómago cuando se encuentra en un lugar cerrado.

Antes de que llegue el rico bocado y no haya tiempo de confesiones; Adela le pregunta a su amiga con quien pasará la Noche Buena, sin dudarlo responde que con la familia de su madre. No ha habido tiempo de respuesta cuando Javier se lanza como un rayo y a viva voz comenta que eso no le gusta nada, que también a papá le gustaría estar ese día con su familia.

¡No digas tonterías! Le increpa su hermana con un deje atrevido y descarado que enfurece al niño. ¡Yo no digo tonterías! le responde Javier entre triste y enfadado. ¿Qué no dices tonterías? Claro que si Javier: es como si en Noche Vieja, que la vamos a pasar con la abuela Cristina y el abuelo Manuel, te recuerdo padres de papá, a ti te diera pena mamá.

Pues sí. También me daría mucha pena. Entonces… ¿Qué quieres, que no haya Navidad, para que no te pongas a llorar como un bebe? Le vuelve a regañar su hermana y está vez su arrebato ha ido a más.

La tensión sube y Adela quiere intervenir para que los ánimos se calmen y tengan la fiesta en paz. A ver amiga: lo que tu hermano quiere decir es que lo que a él le gustaría es que en Navidad se pudieran juntar las dos familias en un mismo lugar. ¿No es así Javier?

Si. Responde el pequeño en un hilo de voz que solo escucha el cuello de su jersey. Sin añadir nada más, la amiga de Clara le felicita por tan generosa y sentida actitud y le dice que así siempre debería de ser.

La hermana no entiende nada y vuelve con la conversación. ¿Cómo se van a juntar las dos familias, si son completamente diferentes y los mayores se llevan fatal? Dice de un tirón aguantando la respiración. Pues por eso mismo querida amiga. Le responde Adela que se ha quedado asombrada de la sensibilidad del pequeño Javier.

Lo que tu querido hermano desea y lo siente verdaderamente desde el corazón es poder juntar a ambas familias en estas fechas tan señaladas porque él, no tiene rencores, ni rencillas, ni comprende la situación de los mayores y yo creo, sinceramente te lo digo: que ni si quiera le gustaría saber el porqué de esa distancia.

Tu adorable hermano no tiene dobleces y los quiere a los dos por igual. Y encima tiene la valentía de decírtelo a la cara, aun a sabiendas que le vas a chillar.

Y en un acto espontáneo, la amiga se levanta de la mesa, coge de la mano a Javier y sin mediar palabra le estrecha entre sus brazos le dice lo lindo que es y se acuerda por un instante de su hermano, que nunca le podrá invitar a tortitas con nata y jugar con él, viendo a los otros niños correr tras el cristal.

Es una gran tristeza que teniéndolo todo, por pequeños gestos no exista una buena conexión familiar y es que, si mirásemos un poco a nuestro alrededor, nos daríamos cuenta que somos muy afortunados porque existen otras familias que no lo dudarían ni por un segundo pero desgraciadamente ELLOS ya no pueden elegir.

 

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Esto solo acaba de empezar.

 

Sofía se levanta ante de que suene el despertador. Ha dormido del tirón, aunque una hora antes del que el gallo llamara a su puerta se ha despertado. Tenía resaca del sueño que la acompañó durante la noche, no era un mal sueño, simplemente era una grata sensación de que por fin su vida comenzaba a recoger los frutos que con tanto mimo y cuidado había sembrado.

Se despereza, estira su cuerpo de arriba abajo y masajea sus piernas y muslos como hace todas las mañanas. Es una gran deportista y le reconforta el contacto de sus manos sobre sus piernas. Le da los buenos días a todo su ser, porque sabe lo importante que es cuidarse y quererse mucho.

Va al baño, recoge su larga melena en una coleta, pone el calefactor (a esas horas la calefacción todavía duerme) abre a tope el grifo del agua caliente y con los ojos cerrados y la luz apagada (costumbre que tiene para no deslumbrarse y seguir inmersa en ese sueño profundo) introduce su cuerpo dentro de la ducha y se deja acariciar durante unos minutos por el agua caliente y agradable que la va recorriendo suave y placentera de arriba abajo.

Se abstrae de todo y con esa sensación tan buena deja su mente volar y se da cuenta de lo afortunada que es. En esa ducha, en ese baño, en esa casa que no es suya y que lleva de prestado casi dos años.

Sin embargo, ahora en este preciso instante que se deja mecer, sin castigos, ni reproches, ni exigencias; se da cuenta de que ya no es la misma de ayer. Que su vida ha dado un cambio radical.

Se abraza, se toca todo su cuerpo y comprueba que todo está en su lugar. Que es una mujer sana, fuerte, valiente, dichosa y continúa un rato más dejando que el agua roce su piel.

El calefactor ha templado la estancia y ella no quiere salir de ahí. Se sienta sobre la taza del váter, sujeta la cabeza entre sus manos y un llanto profundo, copioso y sereno le recuerda porque está ahí.

Porque vino a ese lugar que no la pertenecía, sin embargo, era crucial cruzar ese umbral para sentir todo lo que ahí había vivido y necesitaba transformar en otro espacio muy distinto a lo que fue.

No podía parar y no quería dejar de sentir lo que esas lágrimas significaban para ella.

Al final el llanto cesó. Su cuerpo se había quedado exhausto. Entre el vapor de agua y su propio calor sentía que la vida en ese momento solo acababa de empezar.

Que todo el camino recorrido y los frutos obtenidos simplemente eran una ínfima parte de lo que todavía estaba por llegar.

Toda la formación que había adquirido durante esos años, las relaciones que se permitió, los hombres que amó, las personas que conoció en ese lugar y el puesto de trabajo que acababa de conseguir POR FIN; solo eran un aperitivo para calmar la impaciencia y la angustia de muchas personas que tenía a su alrededor y que no tenía nada que ver con lo que ella sentía en su interior.

Porque cada uno lleva su proceso, su ritmo, su espacio de tiempo y de lugar. No hay que acelerarlo, ni detenerlo, ni siquiera está permitido volver hacia atrás.

Hay que confiar en lo que dice tu corazón, escucharle siempre y no temer a las decepciones, ni a los adioses sin un porque, ni a las largas colas en un centro comercial  para conseguir un empleo que tu no vas a defender.

Solo hay que seguir hacia delante sintiendo el latido de tus pasos, el calor de tu interior y la fuerza infinita que solo tienen los seres humanos que saben CONFIAR en lo que les depara la vida y en lo mucho que todavía está por llegar…Porque esto solo acaba de empezar.

 

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Bravo por los hombres que quieren de igual a igual.

 

Ha habido mucha controversia y opiniones opuestas a cerca del post de la semana anterior: El AMOR no se pide, el amor se DA.

Ha generado debate y eso me ha gustado y mucho.

Por un lado, estaba el bando de los que opinaban que el hombre que dejó “escapar” a esa mujer tan maravillosa, seguramente tenía a otra que le estaba esperando en algún lugar. Tristemente esta opinión era más de mujeres que de hombres. Probablemente ellas pasaron por algo similar.

Otras voces comentaban que él, había sido un cobarde, que la situación le había superado porque no había sabido manejar todo lo que se le venía encima. Entiéndase lo de “venirsele encima” como saber dar solución y respuesta a las demandas de su “compañera”.

También hubo comentarios de que probablemente este señor tuviera alguna patología o un comportamiento bipolar, ya  que el trato que al principio de la relación mostró fue siempre muy cercano y cariñoso y nada hacía prever el desenlace final. Este pensamiento también fue de un hombre.

Y muy pocas personas se centraron en la chica, olvidándose de él.

A mí, estos últimos fueron los que más me llamaron la atención porque realmente el que “desaparece” como ya se ha ido y no podemos hacer mucho más; ¿para que darle más vueltas?

Por eso me centre en la chica, en ella, la olvidada, abandonada, traicionada o simplemente la mujer que de nuevo estaba “sola”.

Y es que sobre este pedazo de señora, pocos repararon en su comportamiento, no se pararon a sentir que había sido intachable, sincero, valiente y llevado a cabo desde un lugar profundo y meditado y que efectivamente el hecho de haber actuado así, solo dejaba entre ver, que para estar junto a alguien con esa calidad emocional había que ser muy valiente y tener muchas ganas de crecer.

Vuelvo a mi post anterior y me fijo que la proporción de “me gustas” es superior en hombres que en mujeres.

Pensativa, pregunto a una buena amiga, que es lo que le parece que se hayan sentido más cercanos “ellos”. Sin dudarlo y de una manera muy directa me responde que seguramente ellos, los hombres, no están acostumbrados a que las mujeres les traten así:  de una forma: directa, clara y con tanto corazón.

Porque “ellos” en general, que les digan las cosas a la cara, los que les gusta y los que no y si encima lo hacen de una forma tranquila, sin gritar (desgraciadamente este verbo es más común de los que nos gustaría) y manteniendo la compostura y educación, en el fondo a “todos” les gustaría encontrase con una mujer que actuara así y ella lo hizo de principio a fin.

Medito su reflexión y me doy cuenta casi al momento, de que a las mujeres nos educaron para complacer, para decirles que todo estaba bien y para que ellos siempre se sintieran cómodos en ese lugar.

Sin embargo, ahora esto ha cambiado y también ellos sienten y piensan diferente a sus padres, a sus abuelos y poco a poco van rompiendo moldes y no dejándose arrastrar por creencias del pasado.

Ahora los hombres los verdaderos “hombres” quieren a una mujer de verdad; que demande lo que quiera, no se haga de rogar y con actitud pida “por esa boquita” y no se quede estática, viendo como ellos desempeñan su “papel”.

Por eso a muchos, desgraciadamente, todavía les choca que la mujer “aulle” su espacio, sin embargo, a otros tantos, todo lo contrario, porque para ellos también es una liberación que se repartan se compartan y se comporten de igual a igual, para que no recaiga sobre el sexo masculino tanta responsabilidad, que aún hoy en día todavía se da.

Así que coincido con los caballeros que le dieron un “me gusta”, en que lo mejor de esta vida es caminarla en paralelo e ir en la misma dirección.

Compartiendo las tareas, apagando fuegos juntos y sintiendo que la vida es mucho mejor cuando la vives de igual a igual, sin prejuicios, viejas creencias y con muchas ganas de estar.

 

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