Cuando te falta un hermano.

Ya están de vacaciones navideñas y Clara junto a sus amigas de clase se dirigen a un centro comercial próximo a su casa, para celebrar que ya no tiene que volver al colegio en unos días y que por fin van a poder disfrutar de unas riquísimas tortitas con nata y chocolate.

Esta vez se ha tenido que llevar a su hermano Javier, el más pequeño de la casa, de tan solo ocho años porque sus padres todavía trabajan.

Lleva dinero de sobra porque el abuelo paterno de nombre Juan le ha dado un buen aguinaldo la semana pasada y quiere invitar a su mejor amiga, Adela.

No le hace mucha gracia ir con su hermano, sin embargo, ya le avisó anoche mamá que, si no iba con él, no saldría de casa. Así que no ha tenido elección.

La mejor amiga de Clara, adora al travieso Javier, le recuerda a un hermano que tuvo y que hace exactamente tres años, falleció en un accidente de coche, cuando viajaba con sus abuelos y todavía ese duelo no lo tiene superado. Aunque desgraciadamente estos terribles golpes que te da la vida jamás se superan.

Han llegado a la cafetería, esperan pacientes a que les acomoden en un lugar cerca de la ventana, porque a Adela le gusta ver pasar a la gente tras el cristal y siempre pide estar lo más cerca posible del exterior. Todavía siente un nudo en el estómago cuando se encuentra en un lugar cerrado.

Antes de que llegue el rico bocado y no haya tiempo de confesiones; Adela le pregunta a su amiga con quien pasará la Noche Buena, sin dudarlo responde que con la familia de su madre. No ha habido tiempo de respuesta cuando Javier se lanza como un rayo y a viva voz comenta que eso no le gusta nada, que también a papá le gustaría estar ese día con su familia.

¡No digas tonterías! Le increpa su hermana con un deje atrevido y descarado que enfurece al niño. ¡Yo no digo tonterías! le responde Javier entre triste y enfadado. ¿Qué no dices tonterías? Claro que si Javier: es como si en Noche Vieja, que la vamos a pasar con la abuela Cristina y el abuelo Manuel, te recuerdo padres de papá, a ti te diera pena mamá.

Pues sí. También me daría mucha pena. Entonces… ¿Qué quieres, que no haya Navidad, para que no te pongas a llorar como un bebe? Le vuelve a regañar su hermana y está vez su arrebato ha ido a más.

La tensión sube y Adela quiere intervenir para que los ánimos se calmen y tengan la fiesta en paz. A ver amiga: lo que tu hermano quiere decir es que lo que a él le gustaría es que en Navidad se pudieran juntar las dos familias en un mismo lugar. ¿No es así Javier?

Si. Responde el pequeño en un hilo de voz que solo escucha el cuello de su jersey. Sin añadir nada más, la amiga de Clara le felicita por tan generosa y sentida actitud y le dice que así siempre debería de ser.

La hermana no entiende nada y vuelve con la conversación. ¿Cómo se van a juntar las dos familias, si son completamente diferentes y los mayores se llevan fatal? Dice de un tirón aguantando la respiración. Pues por eso mismo querida amiga. Le responde Adela que se ha quedado asombrada de la sensibilidad del pequeño Javier.

Lo que tu querido hermano desea y lo siente verdaderamente desde el corazón es poder juntar a ambas familias en estas fechas tan señaladas porque él, no tiene rencores, ni rencillas, ni comprende la situación de los mayores y yo creo, sinceramente te lo digo: que ni si quiera le gustaría saber el porqué de esa distancia.

Tu adorable hermano no tiene dobleces y los quiere a los dos por igual. Y encima tiene la valentía de decírtelo a la cara, aun a sabiendas que le vas a chillar.

Y en un acto espontáneo, la amiga se levanta de la mesa, coge de la mano a Javier y sin mediar palabra le estrecha entre sus brazos le dice lo lindo que es y se acuerda por un instante de su hermano, que nunca le podrá invitar a tortitas con nata y jugar con él, viendo a los otros niños correr tras el cristal.

Es una gran tristeza que teniéndolo todo, por pequeños gestos no exista una buena conexión familiar y es que, si mirásemos un poco a nuestro alrededor, nos daríamos cuenta que somos muy afortunados porque existen otras familias que no lo dudarían ni por un segundo pero desgraciadamente ELLOS ya no pueden elegir.

 

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Esto solo acaba de empezar.

 

Sofía se levanta ante de que suene el despertador. Ha dormido del tirón, aunque una hora antes del que el gallo llamara a su puerta se ha despertado. Tenía resaca del sueño que la acompañó durante la noche, no era un mal sueño, simplemente era una grata sensación de que por fin su vida comenzaba a recoger los frutos que con tanto mimo y cuidado había sembrado.

Se despereza, estira su cuerpo de arriba abajo y masajea sus piernas y muslos como hace todas las mañanas. Es una gran deportista y le reconforta el contacto de sus manos sobre sus piernas. Le da los buenos días a todo su ser, porque sabe lo importante que es cuidarse y quererse mucho.

Va al baño, recoge su larga melena en una coleta, pone el calefactor (a esas horas la calefacción todavía duerme) abre a tope el grifo del agua caliente y con los ojos cerrados y la luz apagada (costumbre que tiene para no deslumbrarse y seguir inmersa en ese sueño profundo) introduce su cuerpo dentro de la ducha y se deja acariciar durante unos minutos por el agua caliente y agradable que la va recorriendo suave y placentera de arriba abajo.

Se abstrae de todo y con esa sensación tan buena deja su mente volar y se da cuenta de lo afortunada que es. En esa ducha, en ese baño, en esa casa que no es suya y que lleva de prestado casi dos años.

Sin embargo, ahora en este preciso instante que se deja mecer, sin castigos, ni reproches, ni exigencias; se da cuenta de que ya no es la misma de ayer. Que su vida ha dado un cambio radical.

Se abraza, se toca todo su cuerpo y comprueba que todo está en su lugar. Que es una mujer sana, fuerte, valiente, dichosa y continúa un rato más dejando que el agua roce su piel.

El calefactor ha templado la estancia y ella no quiere salir de ahí. Se sienta sobre la taza del váter, sujeta la cabeza entre sus manos y un llanto profundo, copioso y sereno le recuerda porque está ahí.

Porque vino a ese lugar que no la pertenecía, sin embargo, era crucial cruzar ese umbral para sentir todo lo que ahí había vivido y necesitaba transformar en otro espacio muy distinto a lo que fue.

No podía parar y no quería dejar de sentir lo que esas lágrimas significaban para ella.

Al final el llanto cesó. Su cuerpo se había quedado exhausto. Entre el vapor de agua y su propio calor sentía que la vida en ese momento solo acababa de empezar.

Que todo el camino recorrido y los frutos obtenidos simplemente eran una ínfima parte de lo que todavía estaba por llegar.

Toda la formación que había adquirido durante esos años, las relaciones que se permitió, los hombres que amó, las personas que conoció en ese lugar y el puesto de trabajo que acababa de conseguir POR FIN; solo eran un aperitivo para calmar la impaciencia y la angustia de muchas personas que tenía a su alrededor y que no tenía nada que ver con lo que ella sentía en su interior.

Porque cada uno lleva su proceso, su ritmo, su espacio de tiempo y de lugar. No hay que acelerarlo, ni detenerlo, ni siquiera está permitido volver hacia atrás.

Hay que confiar en lo que dice tu corazón, escucharle siempre y no temer a las decepciones, ni a los adioses sin un porque, ni a las largas colas en un centro comercial  para conseguir un empleo que tu no vas a defender.

Solo hay que seguir hacia delante sintiendo el latido de tus pasos, el calor de tu interior y la fuerza infinita que solo tienen los seres humanos que saben CONFIAR en lo que les depara la vida y en lo mucho que todavía está por llegar…Porque esto solo acaba de empezar.

 

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Bravo por los hombres que quieren de igual a igual.

 

Ha habido mucha controversia y opiniones opuestas a cerca del post de la semana anterior: El AMOR no se pide, el amor se DA.

Ha generado debate y eso me ha gustado y mucho.

Por un lado, estaba el bando de los que opinaban que el hombre que dejó “escapar” a esa mujer tan maravillosa, seguramente tenía a otra que le estaba esperando en algún lugar. Tristemente esta opinión era más de mujeres que de hombres. Probablemente ellas pasaron por algo similar.

Otras voces comentaban que él, había sido un cobarde, que la situación le había superado porque no había sabido manejar todo lo que se le venía encima. Entiéndase lo de “venirsele encima” como saber dar solución y respuesta a las demandas de su “compañera”.

También hubo comentarios de que probablemente este señor tuviera alguna patología o un comportamiento bipolar, ya  que el trato que al principio de la relación mostró fue siempre muy cercano y cariñoso y nada hacía prever el desenlace final. Este pensamiento también fue de un hombre.

Y muy pocas personas se centraron en la chica, olvidándose de él.

A mí, estos últimos fueron los que más me llamaron la atención porque realmente el que “desaparece” como ya se ha ido y no podemos hacer mucho más; ¿para que darle más vueltas?

Por eso me centre en la chica, en ella, la olvidada, abandonada, traicionada o simplemente la mujer que de nuevo estaba “sola”.

Y es que sobre este pedazo de señora, pocos repararon en su comportamiento, no se pararon a sentir que había sido intachable, sincero, valiente y llevado a cabo desde un lugar profundo y meditado y que efectivamente el hecho de haber actuado así, solo dejaba entre ver, que para estar junto a alguien con esa calidad emocional había que ser muy valiente y tener muchas ganas de crecer.

Vuelvo a mi post anterior y me fijo que la proporción de “me gustas” es superior en hombres que en mujeres.

Pensativa, pregunto a una buena amiga, que es lo que le parece que se hayan sentido más cercanos “ellos”. Sin dudarlo y de una manera muy directa me responde que seguramente ellos, los hombres, no están acostumbrados a que las mujeres les traten así:  de una forma: directa, clara y con tanto corazón.

Porque “ellos” en general, que les digan las cosas a la cara, los que les gusta y los que no y si encima lo hacen de una forma tranquila, sin gritar (desgraciadamente este verbo es más común de los que nos gustaría) y manteniendo la compostura y educación, en el fondo a “todos” les gustaría encontrase con una mujer que actuara así y ella lo hizo de principio a fin.

Medito su reflexión y me doy cuenta casi al momento, de que a las mujeres nos educaron para complacer, para decirles que todo estaba bien y para que ellos siempre se sintieran cómodos en ese lugar.

Sin embargo, ahora esto ha cambiado y también ellos sienten y piensan diferente a sus padres, a sus abuelos y poco a poco van rompiendo moldes y no dejándose arrastrar por creencias del pasado.

Ahora los hombres los verdaderos “hombres” quieren a una mujer de verdad; que demande lo que quiera, no se haga de rogar y con actitud pida “por esa boquita” y no se quede estática, viendo como ellos desempeñan su “papel”.

Por eso a muchos, desgraciadamente, todavía les choca que la mujer “aulle” su espacio, sin embargo, a otros tantos, todo lo contrario, porque para ellos también es una liberación que se repartan se compartan y se comporten de igual a igual, para que no recaiga sobre el sexo masculino tanta responsabilidad, que aún hoy en día todavía se da.

Así que coincido con los caballeros que le dieron un “me gusta”, en que lo mejor de esta vida es caminarla en paralelo e ir en la misma dirección.

Compartiendo las tareas, apagando fuegos juntos y sintiendo que la vida es mucho mejor cuando la vives de igual a igual, sin prejuicios, viejas creencias y con muchas ganas de estar.

 

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El AMOR no se pide, el amor se DA.

Me lo contó mi amiga con apenas un hilo de voz. Estaba triste, abatida, desconcertada y fue difícil recomponerla en aquel estado. Me confesó que lo más doloroso era la decepción que había sentido por creer que por fin había llegado a su vida un valiente, un hombre de carne y hueso, un increíble ser…Pero no, solo había sido una linda fantasía, cubierta de bonitas palabras a través de un hilo telefónico, donde las “ondas” no eran “buenas” sino tan solo eléctricas y cada vez más cortas y con menor intensidad.

La historia comenzó hace tres meses; él llamo a su puerta una y otra vez. Ella no se atrevía abrir, hasta que un día sintió una punzada en el corazón y le abrió su alma de par en par dejándole pasar.

Emocionado, conmovido y perplejo; se dio cuenta de lo que tenía y no se cansó de repetirle una y otra vez lo “afortunado” que se sentía por estar con ella, con aquella increíble mujer. Y tan dichoso se sentía, que más de una vez se tuvo que pellizcar para ver que era real que aquella luminosa estrella le hubiese dejado entrar.

Ella se dejó querer y él poco a poco la cautivó. O por lo menos eso era lo que ella se creía y la relación fue convirtiéndose en una fantasía más suya que de él.

La primera noche, como si fuera la noche de alguna triste boda; no hubo cortejo, ni caricias, ni un simple beso sobre esos labios carnosos, sensuales, naturales, preciosos que mi amiga tenía. No la forzó en ningún momento, pero tampoco hicieron el amor. Algo que ella deseaba con toda su alma e intensidad.

Cuando acabaron, él se quedó dormido como un tronco, pero ella no, no porque no tuviera sueño o no estuviera cansada, sino porque aquel señor emitía un sonido tan gutural por su boca y su garganta que era imposible conciliar el sueño.

Mi amiga apurada el primer día no le dijo nada y tan suave y silenciosa como era, en aquella habitación de hotel recogió sin hacer ruido su edredón y en el baño se instaló.

No fue una vez ni dos ni tres. Todas las veces que él venía, ella cautelosa repetía la misma operación. Pero un día que ya no podía más, se llenó de valor y le dijo a la cara que ella no quería estar así.  Que pusiera remedio a su lejanía. Él sonrió y siguió dejándose “querer” por aquella bella mujer.

Pasaron los meses y aquella increíble mujer, con su gran energía y con ganas de resolver, comenzó a ponerle límites a su vida y seguramente a la de él. Expresó lo que sentía, las ganas de convertir todo lo vivido en algo sano, bonito, cercano.

Era una mujer valiente sincera humana y aspiraba llevar su relación a un lugar quizá muy ambicioso para alguien que tenía mucho miedo a volar y sobre todo a cambiar su vida. La zona de confort se había apoderado de él y la inercia de su trabajo hacía lo demás.

Y de la noche a la mañana, él se fue, desapareció. Sin una nota, una misiva, una palabra, sin un triste iconito del WhatsApp.

A mi amiga le costó recomponerse, darle forma, entender lo que acaba de pasar. Y al final comprendió que el AMOR, por mucho que nos empeñemos, no se pide, el AMOR se da.

Que,  la vida, la de VIVIR no la de sobrevivir; está hecha para los valientes, para los que quieren apostar y que no hay más cobarde que el que se esconde dentro de su caparazón, aunque le falte el aliento, los ronquidos le dejen sin respiración y no se permita acariciar el cuerpo de una gran  mujer, por miedo a enamorarse y fundirse dentro de su piel.

 

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El Casting.

Fue de pura casualidad. Lo vi en el timeline de mi Facebook, lo había colgado una compañera y no dudé en inscribirme. Buscaban personas de 25 a 55 años para hacer un anuncio y requisito indispensable, que nunca hubieran realizado publicidad.

Sin dudarlo me inscribí, mande un correo a la dirección que ponía y en vez de foto, adjunte un vídeo personal que me hizo mi hermano hace 5 años y que era, a pesar del tiempo transcurrido, bastante parecido a la actualidad.

El día de Todos los Santos, festividad nacional recibo una llamada a la hora de comer. La persona que me habla, tiene una voz cercana amable y nada más descolgar siento que es algo bueno lo que esa voz me quiere decir.

Era el mismísimo director  de casting. Le había encantado mi vídeo y quería que fuera hacer la prueba de selección.

A la semana siguiente puntual llegué al casting. Había muchas personas de muy diferentes edades y físicos. Me hicieron apuntarme en una hoja  y paciente espere mi turno. Al cabo de unos tres cuartos de hora, entré al estudio de grabación con cinco compañeros más. Nos dieron alguna que otra indicación y cuando llegó mi turno saqué lo mejor de mí.

Fresca, espontanea, natural. La niña libre se deja llevar. Y al acabar mi dicción (había que improvisar una situación), me meto tanto en el papel, que apunto estuve de echarme a llorar, pero no, en vez de eso hubo un silencio sobrecogedor y del fondo del plató, comenzaron a aplaudir. Me quedé sin palabras, di las gracias y justo antes de salir, de nuevo, el director de casting me felicitó.

Luego fui preseleccionada y finalmente seleccionada. A la siguiente semana tocaba grabar. La verdad es que esta vez ya no fue tan fácil ni divertido.

Una vez maquillada y vestida para el anuncio, entré en un plató enorme. Todo era negro, demasiado negro para mí. Había muchas personas de producción y al final del estudio se encontraba una silla blanca sobre la que me hicieron sentar y de frente me colocaron una enorme caja, también de color negro, desde la que el nuevo director me daba instrucciones sobre lo que tenía que decir.

En el instante que la “figura de poder” comenzó a hablarme, la niña seductora lo quiso conquistar. Por supuesto el me paró los pies. Había que hacer lo que él decía, no valía lo que yo estuviera acostumbrada hacer. Me empecé a sentir pequeña, muy pequeña. La niña casi rompe a llorar y cuando ya lo daba todo por perdido salió una fuerza enorme de mi interior, escuche desde un lugar muy adulto y desconocido al director y las palabras comenzaron a brotar

El director se levantó, se acercó a mí y con una media sonrisa me felicitó. Le pregunte dubitativa y todavía asustada si lo había hecho bien. Más que eso, me respondió.

Salí confusa del plato, un hombre muy alto y con el pelo largo me acompañó hasta la otra sala. Y me quedé sin voz. No supe que decir, pero como nos habían prohibido contar nada de lo que vivimos en el estudio de grabación, me sentí aliviada, recogí mis cosas y me fui.

Una vez en el metro y con 16 estaciones por delante tuve mucho tiempo que pensar…

Al día siguiente tocaba sesión de fotos. Algo más tranquila me coloqué frente al objetivo. Mi sonrisa complaciente y cautivadora, la que estaba tatuada en mi piel desde que tuve razón de ser, desapareció de mi rostro nada más escuchar las palabras del director: se neutra y natural. No tienes que hacer nada más. Me dijo de forma cariñosa y muy profesional.

Me las aprendí de memoria y no interpreté ningún papel. Hablé con mi niña sumisa, le dije que no había que complacer a nadie más. Mi adulta “sana y natural” le dio la mano y juntas realizaron un trabajo espectacular.

No es fácil que te juzguen ni que te observen tantas personas y que tu no tengas nada que hacer ni que decir.

Ha sido una experiencia increíble, sin embargo, lo que más me ha gustado ha sido el aprendizaje que conlleva el verse expuesto una y otra vez, sin embargo, no tener que interpretar “tu” papel y dejar de lado tu propio “guion” no tiene precio y metida de nuevo en el mundo real, solo tengo palabras de agradecimiento para esos dos profesionales que sin conocerme de nada, sacaron lo mejor que hay dentro de mí y que no es otra cosa que COMUNICAR.

 

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Rugir como un león.

El pasado miércoles el “famoso” día de la Hispanidad o si lo queremos sentir más nuestro “La fiesta del Pilar”. Rosana, la pequeña de la casa tuvo una celebración familiar. El cumpleaños de su querida abuela María del Pilar.

Como todos los años, se reunió parte de la familia de la “gran familia”.

Cada vez le cuesta más acudir a esas “representaciones familiares” (ella lo siente todo como desde un gran escenario; donde cada personaje interpreta su papel a la perfección) y y a fuerza de observar y observar, ve qué papel representa cada comensal y por ese motivo se atreve a lanzar un poquito más la voz y a expresar su malestar, en el mismo momento que comienza el pase de la proyección.

Desgraciadamente siempre la obligaron a estudiarse su papel a la perfección y a no saltarse ni una coma y por eso siempre se sintió fuera de la proyección.

Pero el otro día, reuniendo todo el valor del que era capaz, se alzó con el puesto del director y explotó, logrando parar la película a la voz de: ¡corten! Y ayudado por el “alíen “que había permanecido dormitando en su interior (por supuesto para los actores que habitualmente solían exhalar su “mala ostia”, seguramente les debió de parecer una fierecilla en ebullición sin embargo para el resto NO) y uno por uno :actores actrices, iluminación, atrezo, cámaras…No tardaron en ponerse de pie e interpretar obedientemente.

Que satisfacción, que tranquilidad, que paz interior, aunque nada más cerrar la claqueta se quisiera morir, porque el silencio que al instante reinó en el plató, cortó a más de uno la respiración. Y después de aquello se quiso ir, huir de ahí, hacer mutis por el foro y marcharse de ese incómodo escenario.

No pertenezco a este lugar y nunca perteneceré. Se repitió como un mantra una y otra vez.

Elevo su voz, su tierna, radiofónica, reconfortante y preciosa voz. Aunque no demasiado, porque de las tripas no logró sacar ese grito inmenso de DOLOR que guarecía en su interior, pero si logro sacar las fuerzas suficientes para rugir (como el león de la Metro). ¡NO!. ¡Esta vez NO!.

Se levantó de la mesa, cogió su copa de vino, guardada siempre para el final y se salió de la escena. El aire era puro, muy puro y llovía una barbaridad.

La noche estaba fresca pero más fresca se quedó ella. Sintió arder su piel de rabia por contener y a la vez saboreó un regustillo de placer que le confirmaba lo bien que lo había hecho esta vez.

Se encontró sola en mitad de la nada; al fondo el cielo negro, el aire puro y frío como el hielo y el vaho que exhalaba de su boca le hizo sentir viva muy viva.

Al instante fueron apareciendo todos los actores y uno por uno formaron un corro a su alrededor.

Llevaban sus guiones en la mano, estaban tranquilos. No mostraban signos de enojo ni el más mínimo rencor.

Ella se quedó helada, al ver como arrojaban sus papeles en la hoguera improvisada que alguien había puesto a arder.

La representación llegó a su fin. Nadie quiso aplaudir, pero ella se subió al escenario y desnuda, delante de todos, rompió en pedazos el guión que hace mucho tiempo alguien le entregó.

 

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PADRES que prefieren NO escuchar.

De camino a la tienda de informática. Si, parece que el ordenador todavía contiene parte de la energía negativa que se ha ido acumulando estos días y no para de quejarse. ¡Qué le vamos hacer!

Un padre y una hija de nos mas de 7 años, van caminado delante de mí a escasos metros. La niña resuelta y alegre no deja de hacerle preguntas a su padre; el cual inmerso en sus pensamientos no le hace demasiado caso.

La niña insiste y cada vez levanta un poco más la voz. Su perseverancia me obliga a prestarle atención y me quedo asombrada de la determinación que contienen sus palabras al reclamar la atención de su progenitor y este inmerso en las facturas, en el trabajo y en no sé cuántas cosas más, no desciende de su mundo ni un segundo mientras recorremos en paralelo los escasos 100 metros que me separan de la tienda.

La niña solo quiere que su padre le responda a su pregunta que ya le hizo hace un momento por primera vez y ya van cinco y no hay manera de resolver.

Papa: ¿a qué un árbol es lo mismo que una persona solo que está quieto y no se puede mover…?

Por un instante me entran unas ganas de reír y de cogerla de la mano y juntas hablar con los árboles que seguro la responden en un santiamén.

De nuevo vuelve a insistir: ¿a qué si papá: a que un árbol es como mamá y Juan (supongo que se refiere a su hermano) solo que no puede andar?

El padre por fin gira la cara en dirección a la niña y sin dejar de pensar en el más allá, le dice que no, que no diga tonterías, que un árbol es un árbol y no se hable más.

La niña frunce el ceño y en su expresión hay un aire de contradicción. Lo que provoca que se me acelere el paso y estoy a punto de increpar a su padre. Si, su hija tiene razón. Un árbol, una planta, una flor… Son seres vivos igual que tú y que yo. Y la niña está en todo su derecho de incluir en su forma de pensar a su madre, al perro si lo hubiera y a su “hermano” también.

Y claro que todos ellos: comen, respiran y si no tienen agua a su alrededor morirían de inanición. Pero me controlo y mantengo la respiración, comienzo a caminar más despacio porque algo me dice que no debo perder ni un segundo en lo que viene después.

La niña se detiene, le tira de la mano y le levanta la voz con tanta fuerza y determinación que esta vez no acierto a comprender.

Está enfadada o simplemente ha comprendido a su tierna edad que la persona que la lleva de la mano, no es la más indicada para hablar de los animales, las flores, ni de los seres que habitan este planeta.

Entonces el padre por fin aparta de su cabeza los agobiantes pensamientos y por primera vez le mira a la cara. Baja de las alturas y mirándole fijamente a los ojos, comprende que es lo que la pequeña le quiere decir.

Su hija se pone muy contenta. Ha bajado a su mundo para ver qué es lo que se mueve en su pequeña cabecita.

Sí, mi amor, creo que sé lo que me quieres decir. Tú te refieres a que son seres vivos, que necesitan, igual que los seres humanos agua, luz, aire y demás pada vivir.

Le guiño un ojo al pasar por su lado y sonríe a su hija con tanto amor que la niña se da cuenta, porque a esas edades la imaginación juega mucho a tu favor, que he sido yo la que ha iluminado a su padre y con mi capa “invisible” le he susurrado al oído la respuesta que su pequeña esperaba con tanta emoción, para que nunca más desatienda una pregunta de su hija y mucho menos siendo tan pequeña y con tantas ganas de vivir.

 

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