Otro tipo de “manada”

Corría el año 1988, lo recuerdo como si fuera ayer. Una madrugada de verano, salía de trabajar, de una terraza de la sierra, poniendo copas hasta las tantas.

Había que pagarse la facultad y esto me ayudaba a tener un dinero extra.

El año anterior, lo había dejado con el “amor de mi vida”, o eso pensaba yo, y mi hermano Julián, preocupado por mi malestar, me animo a que me despejara un poco, y comenzará a conocer a más gente. De ahí que eligiera un lugar donde se reuniera mucha gente.

Le hice caso, y fue un verano muy especial.

Hacía dos semanas que estrenaba moto, para ser más exactos, me acababa de comprar con mis ahorros un vespino.

La compré de segunda mano y fui la persona más feliz que os podéis imaginar. Y digo fui, porque me duro muy poco, se la robaron a mi hermano a los dos meses escasos, pero bueno, eso es otra historia.

Me daba libertad y podía volver de “currar” sin depender de nada y de nadie…Pero esa noche se truncó.

De vuelta a casa a eso de las 3:30h de la madrugada, la moto comenzó a desacelerar. Procuro mantener la calma, pero esto no pinta bien.

Se detiene en seco, no me deja ir ni para adelante ni para atrás. Se me encoje el estómago, no sé muy bien que hacer. Intento de nuevo arrancarla, pero algo me da, que esta vez no tiene solución.

Me he quedado sin gasolina, y ya no puedo volver al bar. Valoro la situación, para llegar a casa con la moto arrastras, por lo menos me llevará, más de media hora, lo mismo para la primera gasolinera…No sé qué hacer.

Ya son las tres y media de la mañana, ni un alma por todo el pueblo. Podría llamar a alguien o enviar un WhatsApp,, pero es que hace casi 30 años, no existía ni Internet.

Procuro mantener la calma. Es miércoles, en casa estarán todos dormidos, no sé qué hacer…

A lo lejos diviso un coche, la música suena en el silencio de la noche, se para a mi lado, echo un vistazo general. En un Citroën 2CV de los años 80, van cinco chicos, dos delante y tres detrás, se les ve muy animados.

-Hola. ¿Te ocurre algo? –

Me he quedado sin gasolina, vengo de trabajar, y estoy un poco lejos de mi casa. –

¿Si quieres, te podemos ayudar? –

Pienso deprisa, estoy un poco asustada, no tienen mala pinta, pero no sé si me puedo fiar.

Se mantienen discretos, como si no me quisieran violentar, permanecen dentro del coche, a una distancia que me ayuda a pensar.

¡Vale! Les respondo, un poco asustada. – A ver si tenéis más suerte que yo. –

Uno sale del coche, y muy educado, casi sin rozarme, me pide que si le dejo la moto, para poderla arrancar.

El acento que tiene me hace sonreír.

– Vosotros no sois de aquí… ¿Verdad? –

– ¿Cómo lo has adivinado? – Somos cordobeses, con mucho orgullo y poco dinero. –

Los cinco se echan a reír, y mi estomago comienza a fluir.

-Está claro que le falta gasolina – Si quieres te podemos acompañar a la gasolinera más cercana.

Se les ve dispuestos y no me queda otra opción…

– ¿Como habéis pensado hacerlo? La moto, no la voy a dejar  y dentro no creo que quepa. –

Se ríen, me dicen que no me preocupe, que me ponga de copiloto y el que ocupa ese lugar, se subirá a la moto, se agarrara con la mano a la puerta de mi lado, y así conducirán hasta la gasolinera.

Le digo que sí, pero que, con una condición, que me den sus D.N.I para quedarme más tranquila.

Los cinco me los entregan sin rechistar. La verdad, que fue una idea bastante absurda, pero en aquel momento, yo necesitaba, contar con algo que me diera seguridad, era joven, inexperta y la situación tampoco me daba mucha opción.

Voy en el asiento del copiloto, con sus tarjetas de identidad, como si se trataran de estampitas de la virgen, y de un momento a otro me fuera a poner a rezar.

El conductor es muy amable, no para de gastar bromas yo creo que siente lo nerviosa que voy, y quiere hacerme sentir mejor. Le voy indicando el camino, a la estación de servicio.

Por fin llegamos, me bajo del coche, y como si fuera Fernando Alonso y estuviera en el box de su Fórmula uno, no me dejan ni mover un dedo y son ellos los que se encargan de todo: llenan el depósito, ponen la moto en marcha, van a la caja a pagar…

Cierro los ojos y cuando los vuelvo a abrir, la moto está alimentada y arrancada sin más.

Los cinco, como si pertenecieran a una escudería, y fuera todo tan normal, se sitúan frente a mí, me entregan la moto, me dicen que ha sido un placer. Me quedo anonadada, no sé ni que decirles, ni que hacer, han sido tan generosos, que no se, ni que responder.

Les doy un beso espontáneo a cada uno, que vuelvan mañana a la terraza donde trabajo, que están todos invitados, a una ronda, dos, y tres.

Esbozan una sonrisa, pero no se quieren marchar, sin antes acompañarme a mi casa. Un poco desconfiada todavía, les digo que no hace falta, pero ellos se empeñan en no dejarme sola.

Así que, como si de la escolta de Lady Di se tratara, me acompañan hasta dejarme en el portal.

Caballeros de arriba abajo, buena gente donde las haya, seres humanos grandes, muy grandes, que acudieron en mi ayuda, exclusivamente para resolver la imprevista situación.

Al día siguiente, a la hora fijada, se presentaron en el bar. Esta vez fui yo la que correspondió

Todos pidieron refrescos, menos uno, que pidió una cerveza con limón.

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