Otro tipo de “manada”

Corría el año 1988, lo recuerdo como si fuera ayer. Una madrugada de verano, salía de trabajar, de una terraza de la sierra, poniendo copas hasta las tantas.

Había que pagarse la facultad y esto me ayudaba a tener un dinero extra.

El año anterior, lo había dejado con el “amor de mi vida”, o eso pensaba yo, y mi hermano Julián, preocupado por mi malestar, me animo a que me despejara un poco, y comenzará a conocer a más gente. De ahí que eligiera un lugar donde se reuniera mucha gente.

Le hice caso, y fue un verano muy especial.

Hacía dos semanas que estrenaba moto, para ser más exactos, me acababa de comprar con mis ahorros un vespino.

La compré de segunda mano y fui la persona más feliz que os podéis imaginar. Y digo fui, porque me duro muy poco, se la robaron a mi hermano a los dos meses escasos, pero bueno, eso es otra historia.

Me daba libertad y podía volver de “currar” sin depender de nada y de nadie…Pero esa noche se truncó.

De vuelta a casa a eso de las 3:30h de la madrugada, la moto comenzó a desacelerar. Procuro mantener la calma, pero esto no pinta bien.

Se detiene en seco, no me deja ir ni para adelante ni para atrás. Se me encoje el estómago, no sé muy bien que hacer. Intento de nuevo arrancarla, pero algo me da, que esta vez no tiene solución.

Me he quedado sin gasolina, y ya no puedo volver al bar. Valoro la situación, para llegar a casa con la moto arrastras, por lo menos me llevará, más de media hora, lo mismo para la primera gasolinera…No sé qué hacer.

Ya son las tres y media de la mañana, ni un alma por todo el pueblo. Podría llamar a alguien o enviar un WhatsApp,, pero es que hace casi 30 años, no existía ni Internet.

Procuro mantener la calma. Es miércoles, en casa estarán todos dormidos, no sé qué hacer…

A lo lejos diviso un coche, la música suena en el silencio de la noche, se para a mi lado, echo un vistazo general. En un Citroën 2CV de los años 80, van cinco chicos, dos delante y tres detrás, se les ve muy animados.

-Hola. ¿Te ocurre algo? –

Me he quedado sin gasolina, vengo de trabajar, y estoy un poco lejos de mi casa. –

¿Si quieres, te podemos ayudar? –

Pienso deprisa, estoy un poco asustada, no tienen mala pinta, pero no sé si me puedo fiar.

Se mantienen discretos, como si no me quisieran violentar, permanecen dentro del coche, a una distancia que me ayuda a pensar.

¡Vale! Les respondo, un poco asustada. – A ver si tenéis más suerte que yo. –

Uno sale del coche, y muy educado, casi sin rozarme, me pide que si le dejo la moto, para poderla arrancar.

El acento que tiene me hace sonreír.

– Vosotros no sois de aquí… ¿Verdad? –

– ¿Cómo lo has adivinado? – Somos cordobeses, con mucho orgullo y poco dinero. –

Los cinco se echan a reír, y mi estomago comienza a fluir.

-Está claro que le falta gasolina – Si quieres te podemos acompañar a la gasolinera más cercana.

Se les ve dispuestos y no me queda otra opción…

– ¿Como habéis pensado hacerlo? La moto, no la voy a dejar  y dentro no creo que quepa. –

Se ríen, me dicen que no me preocupe, que me ponga de copiloto y el que ocupa ese lugar, se subirá a la moto, se agarrara con la mano a la puerta de mi lado, y así conducirán hasta la gasolinera.

Le digo que sí, pero que, con una condición, que me den sus D.N.I para quedarme más tranquila.

Los cinco me los entregan sin rechistar. La verdad, que fue una idea bastante absurda, pero en aquel momento, yo necesitaba, contar con algo que me diera seguridad, era joven, inexperta y la situación tampoco me daba mucha opción.

Voy en el asiento del copiloto, con sus tarjetas de identidad, como si se trataran de estampitas de la virgen, y de un momento a otro me fuera a poner a rezar.

El conductor es muy amable, no para de gastar bromas yo creo que siente lo nerviosa que voy, y quiere hacerme sentir mejor. Le voy indicando el camino, a la estación de servicio.

Por fin llegamos, me bajo del coche, y como si fuera Fernando Alonso y estuviera en el box de su Fórmula uno, no me dejan ni mover un dedo y son ellos los que se encargan de todo: llenan el depósito, ponen la moto en marcha, van a la caja a pagar…

Cierro los ojos y cuando los vuelvo a abrir, la moto está alimentada y arrancada sin más.

Los cinco, como si pertenecieran a una escudería, y fuera todo tan normal, se sitúan frente a mí, me entregan la moto, me dicen que ha sido un placer. Me quedo anonadada, no sé ni que decirles, ni que hacer, han sido tan generosos, que no se, ni que responder.

Les doy un beso espontáneo a cada uno, que vuelvan mañana a la terraza donde trabajo, que están todos invitados, a una ronda, dos, y tres.

Esbozan una sonrisa, pero no se quieren marchar, sin antes acompañarme a mi casa. Un poco desconfiada todavía, les digo que no hace falta, pero ellos se empeñan en no dejarme sola.

Así que, como si de la escolta de Lady Di se tratara, me acompañan hasta dejarme en el portal.

Caballeros de arriba abajo, buena gente donde las haya, seres humanos grandes, muy grandes, que acudieron en mi ayuda, exclusivamente para resolver la imprevista situación.

Al día siguiente, a la hora fijada, se presentaron en el bar. Esta vez fui yo la que correspondió

Todos pidieron refrescos, menos uno, que pidió una cerveza con limón.

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El camino de la tortuga

Estoy citada a las 16:00 horas en una agencia de comunicación, para una entrevista de trabajo.

Estoy un poco inquieta, sin embargo, hay algo dentro de mi que late despacio y seguro, sin ninguna duda, se trata de mi corazón. Me mantiene alerta, pero ni se estresa ni se para.

Me decido por el transporte público, hacía tiempo que no cojía el tren de cercanías, y resulta toda una aventura.

Llega el tren a la estación, lo anuncian por megafonía, busco el andén, elijo un vagón al azar. Una vez sentada en otro asiento al azar, contemplo el paisaje, no hay mucha gente en mi vagón.

Observo a los pasajeros, siempre lo hago, en el metro, en el autobús, en las salas de espera…Imagino sus vidas, me invento las historias… Todos van con su móvil en mano: aburridos, cansados, risueños…

Se sientan dos veinteañeras, muy cerca de mí, las miro de soslayo, vuelven de un curso, algo relacionado con enfermería, se han subido en Ramón y Cajal, van comentando la clase de hoy, parecen alumnas aplicadas y aventajadas.

Siguiente parada, entran dos chavales de unos 10 y 12 años, ocupan los asientos libres, justo los que tengo en frente de mí.

El más mayor, parece un poco falto de entendimiento, habla entrecortado y ladea la cabeza cuando fija la vista, su compañero no.

El otro chico, un poco más joven, se le ve despierto, tiene el pelo de color rubio pajizo, los ojos son de un verde muy claro, y cada vez que le habla su amigo, me mira de una forma muy particular, que no logro descifrar, que es lo que me quiere decir.

En mitad del trayecto, me pide permiso, muy educado, para sentarse a mi lado, un poco tímido y quizá avergonzado.

Le respondo que sí, y dándolo por hecho, añado, que ir en contradirección es un poco molesto, y que produce mareo.

Muy tajante me dice que no…- ¡Bueno: igual te da mal cuerpo! –

Obtengo la misma respuesta, así que prefiero esta vez, permanecer callada.

Las chicas de enfrente me miran y sonríen, les debe parecer un niño encantador, como a mí.

De repente introduce su mano, en uno de los bolsillos de su chaqueta, y con una expresión llena de sorpresa y emoción me muestra su obra de arte, el regalo que le tiene preparado, a su mamá.

Me quedo perpleja, por un lado, la escena me resulta un tanto surrealista, pero al mismo tiempo, algo me dice, que lo deje estar y que aguante hasta el final.

Atónitas las chicas, se vuelven a mirar y asintiendo por igual, aplauden en silencio lo que nos acaba de mostrar.

Es una preciosa tortuga de vivos colores, a simple vista, parece de plastilina, el artista me dice que no, que está realizada con Fimo. Me explica, que se trata de una pasta parecida a la plastilina, pero que, a diferencia de esta, se cuece y se vuelve dura.

Me recuerda a mi sobrino, me explica todo con tanto detalle ,que es como si me conociera de toda la vida. Comienzo a estar  un poco abrumada. La confianza que derrocha, no me resulta muy normal.

Las chicas con sus sonrisas me tranquilizan, les debe de resultar una escena muy peculiar, y al mismo tiempo deliciosa.

El niño continúa con su discurso…

Los colores son los preferidos de mi mamá. – Y…- ¿Has visto la colita que le he puesto? – ¿A que es muy graciosa? –

Me encanta, la verdad, nunca se me hubiera ocurrido hacerla igual. –

Le respondo sin saber muy bien lo que le digo, ni para qué. Me tiene completamente absorta en su descripción y me siento un tanto descolocada.

Tenía pensado, ponerle un imán, para colgarla en el frigorífico, pero me daba miedo que se fuera a caer. –

Mejor que la coloque sobre su mesilla, que de ahí no se irá. –

Sus ojos están llenos de vida y me describe todo con tanta pasión, que no puedo apartar la vista ni de la tortuga, ni del artista.

Y ya para terminar, debe de darse cuenta, de que me bajo ya, me dice que el material es duro como el acero, pero que, si se cae, se rompe como el cristal

Estás últimas palabras, se me graban en la piel…Duro como el acero y al mismo tiempo frágil como el cristal…

Llega mi parada, me despido de él, de las chicas “auxiliares” y de su compañero, que no ha abierto la boca en todo el trayecto.

Me acompaña su mirada, hasta que se abre la puerta y salgo del vagón.

Estoy confusa, mi cabeza no entiende lo que dice mi corazón. Me encantan los niños, eso se debe de notar, se sienta a mi lado y se me pone a hablar…

¡Qué señales nos lanza la vida y de que formas tan especiales, de la mano de un niño y con su “tortuga” particular!

Lenta, segura, llena de vida, fuerte y a la vez frágil…pasito a pasito llegará, a la meta, a su ritmo…despacio, muy despacio…pero al final lo conseguirá.

 

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Las “alas” del hospital

Más de un mes lleva mi madre en el hospital.Entró con una “simple” neumonía de fin de semana, y ahí sigue. Los bichos, como yo les llamo, han instalado la tienda de campaña en una zona “muerta” de su pulmón, y se han tomado unas vacaciones, como si estuvieran en Benidorm.

Es la segunda vez que pasa por ahí, hace justo 7 años, que la tuvieron que intervenir, solo estuvo 7 días, pero fue la primera experiencia fuerte que tuve que vivir y salí airosa, pues antes de que entrara, no sabíamos lo que podía ocurrir.

Ahora es distinto, soy una mujer más adulta, tengo más aplomo y la conciencia que viene y va, de momento, está controlada y no me permite perder el norte; ahí que estar ahí y ahí estamos todos y quizá más, de lo que yo pudiera esperar.
Se hace largo, muy largo, pesado; muchas veces piensas, que no puedes más. Sin embargo, sientes que es más de cabeza, que de corazón.

Hacemos guardia todas las noches, con mis hermanos y mi padre. No hay timonel, ni líder, ni portavoz, ni siquiera una simple hoja donde cada uno tenga su quehacer.
No hace falta, funcionamos a la perfección. Cada uno sabe, la responsabilidad que tiene entre manos y nadie decae, al revés, es una cadena, sin fisuras, sin roces. Con los eslabones bien sujetos y apretados.

En el hospital hay un ejército preparado para intervenir: enfermeras, celadores, doctoras y doctores. Caminan por los pasillos, se paran en el andén y se suben al tren que les toca, allí hacen su labor, hasta la siguiente estación y luego cogen otro tren.

Hay una máquina de bebidas al final del pasillo, selecciono un expreso con leche.
Me lo llevo a la habitación, mi madre está desayunando en silencio. Le cuesta mucho masticar. Se pone nerviosa porque no sabe cuándo va a terminar. Le digo que tiene todo el día, que no hace falta que corra.
Eso le da igual, quiere esta aseada antes de que venga la doctora. Finaliza su café con tostada.

Nos dirigíamos a la ducha, coge su andador, es como mi bici, último modelo. Lo maneja como una profesional.

En la ducha se sujeta fuerte del agarrador que hay en la pared. “Nos enjabonamos”, ella por arriba yo por abajo. Me recuerda a los túneles de lavado, cierro los ojos y siento el contacto de su piel.
Tiene el cuerpo moreno, está llena de pequitas, su piel es muy suave y tersa, y dura; dura como el acero y según vas bajando a la altura de las rodillas se vuelve seca…Seca como un desierto. Si la observo detenidamente, me pongo a llorar…

Así que, dejo de pensar y cojo la esponja con brío y cuidado y recorro sus piernas de arriba a abajo.
Me asaltan recuerdos de la infancia; cuando nos colocaba en fila, a mis hermanos y a mí. Y como si fuera una cadena de lavado, nos enjabonaba y nos aclaraba a una velocidad que era increíble la energía que derrochaba.
Ahora nos toca a nosotros. Cada mañana la asea uno. La dejamos niquelada. Ella se sienta, orgullosa en su butaca. Me mira con emoción. No quiero que me vea, porque a veces, no puedo más…

Me sobrecoge la escena, los papeles se han cambiado y parece que fue ayer, cuando se me ponía un nudo en el estómago, porque era la hora de comer y no podía abrir la boca.
Ella me jaleaba y al final, bocadito a bocadito, me comía todo el plato.

-Mami: ¿Que me miras? – Nada hija. Lo guapa que vas-.

Ha llegado la enfermera, la más profesional. Entra como un toro de Liria, nos saluda en un tono, que retumba la habitación. Sabe que mi madre, no oye bien…
Es de las nuestras; enérgica, profesional y sobre todo humana, cariñosa.

Hoy no me voy a aguantar, así que, en uno de los halagos que le dedica , le cojo con cariño del brazo, y mirándole fijamente a los ojos, le digo sin remisión: – de hoy no pasa, Raquel-
Me mira extrañada, pero ya he cogido carrerilla y no voy a parar.

-Ya he visto mucho, demasiado, diría yo, en este hospital. E igual que hay gente que no ama su trabajo, que está por estar, o simplemente forma parte de una cadena de montaje, donde es una pieza más. –
-Tú: no solo haces el trabajo, de lo más profesional, sino que tratas a mi madre, como si fuera la tuya y te quiero felicitar.-

Me mira a los ojos, me coge de la mano, y me dice que no siga, que se va a poner a llorar.
-No cariño, no voy a parar. – Porque en esta vida estamos acostumbrados a decir solo lo malo, a escupirnos, a arrojarnos las cosas feas a la cara y desgraciadamente, nadie dice lo bueno.-

-Así que yo de aquí no me voy, sin aplaudir  tu labor, el buen trato que das, tu disposición y por la luz que desprendes, cada vez que entras en la habitación.-

Sus ojos se llenan de lágrimas y en un suave susurro, me confiesa que ella nunca conoció a la suya …
Le miro fijamente, el tiempo se detiene. Le agarro fuerte de las dos manos. Me retiene la mirada, me habla sin decir nada, y en ese dulce momento, comprendo lo que vale la pena vivir, y me siento afortunada por cruzarme en la vida, con seres humanos, de tan elevada categoría emocional.

Gracias por regalarme este momento, por llenarme la vida de amor, por sentir el calor de desconocidos, que te ajustan un poco más las alas, esas que llevas a la espalda y les queda ya muy poco, para que echen a volar.

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Corten por lo sano

 

Son las 11 de la mañana de un soleado y extraño 28 de diciembre. Solo quedan escasos 4 días para despedirse del año y dar la bienvenida al siguiente.

Con un catarro como hacía tiempo que no pasaba, me dirijo a mi querida peluquería a teñirme el pelo. Si, un baño de color es una expresión más fina y delicada, sin embargo, la pura realidad, es que te ponen un tinte, ahora lo pido sin amoniaco para que no me abrase tanto el pelo, y durante una media hora, con el “ungüento” en la cabeza, observo lo que ocurre a mi alrededor.

No me gustan leer revistas del corazón, me aburren y me dan dolor de cabeza. Así que procuro llevarme un libro, o los ejercicios para perfeccionar mi inglés.

La chica que me atiende es un amor. Siempre son diferentes, aunque ya las conozco a todas.  Se diferenciar con precisión de cirujano, cómo me tocan el pelo y podría hacer una lista interminable, con la forma de ser de cada una de las ocho peluqueras, que a diario trabajan en la peluquería.

Me encanta cómo me tratan, ponen mucho interés en su trabajo y eso se nota y se agradece. Además, cuando cierro los ojos para lavarme la cabeza, con sólo rozarme con sus dedos, no solo se cuál es la que me está atendiendo, sino que adivino, si han pasado una mala noche, si tienen algún problema especial, incluso si la clienta a la que tienen que atender, les cae bien o mal.

Llevo desde el año pasado acudiendo y parece estar hecha para mí. Me siento cómoda y no me da pereza ir.

Y es que hay un ambiente especial. Sin ir más lejos hoy, según me estaban poniendo el “colorante”, ha ocurrido algo fuera de lo habitual. A pocos metros de mi sillón, una mujer de mediana edad, alta, delgada y con una expresión difícil de expresar. Le decía a su peluquera que le diera un buen corte a su pelo, porque poco le iba a durar…

Hasta ahí todo normal, sin embargo, acto seguido añadía: -la semana que viene, comienzo la quimioterapia y como se me va a caer, lo mejor es cortar, para que la próxima vez que tenga el valor de mirarme al espejo, no me lleve un susto de muerte-.

El silencio se apodera de la peluquería. Los secadores apagan sus motores, los peines se quedan en suspensión, las tijeras cesan su clic clac y yo, muda y sin respiración, no sé dónde mirar.

La vida se ha detenido en seco, y la única que continúa, es la protagonista de esta dura historia. Y como si se tratara de una película de ficción y nos hubiera tocado ser los espectadores, observamos quietos en nuestros asientos, cómo la actriz principal, le explica a su asistente personal, cómo quiere que se lleve a cabo la escena.

El asistente entiende a la primera lo que ella desea y en escasos 10 minutos, llega el “corten” de la claqueta.

No me atrevo a mirarla, pero ella me anima a hacerlo. Está guapísima, mejor que con su larga melena. Se mira encantada en el espejo y da su aprobación con suma distinción.

Me quedo pensativa. Al segundo aparece otra compañera. Escoba en mano, barre los mechones que han caído al suelo. Su melena rubia roza mis botas cuando el recogedor se acerca a ellos.

Ahí está tu vida anterior. Se han ido detrás de ellos. Me sobrecoge la imagen, la memorizo en mi retina, nunca me había parado a sentir la importancia que tiene el cabello, en la vida de una mujer.

Nos da identidad, no calienta el pensamiento, nos ilumina la expresión, nos acaricia al viento, nos protege de miradas, nos da seguridad…y podemos, libres, jugar.

-Corta por lo sano María, que yo haré lo que tenga que hacer-.

Me quedo sorprendida de cómo te puede cambiar la vida y de cómo la puedes llegar a percibir en un instante, cuando te toca tu turno y el tinte ya no tiñe del mismo color y las manos que rozan y aprietan  con sus dedos, tu cabeza, te despiertan de tu letargo y te confiesan que en esa acogedora peluquería, donde creemos que todo brilla, realmente se libran batallas a diario y cómo con unas simples tijeras, se lucha para devolverte la vida.

 

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Gracias por los obstáculos del camino

¿Cuántas gracias tenemos que darle a la vida, por ponernos en un camino duro, áspero, incierto, complejo. y ser capaces nosotros mismos, de salir de ahí?

Dura, terrible, amarga, desesperante ruta. Sin aliento, sin ilusión, sin ganas. Una batalla que no termina, que no se acaba de librar.

Ahí te encuentras solo, perdido, sin apenas segundos para sobrevivir.

Con la mirada vacía, el corazón roto, y con dolores tan íntimos, que ni siquiera te atreves a compartir.

Una vida que no llega, una rutina que no termina, y así un día y otro; hasta que, por fin, la parte del subconsciente, que todos llevamos dentro, y que resulta muy difícil descifrar. Te da la clave en un segundo rápido, y al vuelo, entiendes por primera vez que haces ahí, cual es tu cometido, y eliges de una vez por todas, si quieres salir.

Las señales son constantes y variadas, aunque algunas, se repiten todos los días: el vecino del cuarto, antes de que den las 10 de la mañana, llama por teléfono a alguien, probablemente a un compañero de trabajo, y mantiene una conversación, mejor dicho, un monólogo, que se extiende por más de una hora, quejándose de todo, pero, sobre todo, de la mala relación que tiene, con su mujer.

El vecino de al lado, tampoco lo tiene muy claro, y aunque “ya no grita” a su mujer, como antes, tampoco debe de llevar una vida muy grata. Porque sigue elevando la voz, hasta para pedirle un café.

Y esta mañana, la vecina del primero, a las 7:30 de la mañana, con un frío de muerte, abrigada hasta las cejas, móvil en mano y cigarro en la otra, también se tomaba un café “helado”, en la terraza, a pleno pulmón.

¡No soporto esta sensación de no avanzar, de estar estático y parado, sin rumbo ni dirección! Probablemente sea una simple sensación, porque lo que tenga que ser será, sin embargo, ya me he acostumbrado a no decaer, a sentir que este es mi camino: difícil, duro, imposible de comprender.

Hasta que conectas con algo, o con alguien que te da la solución, y aunque no sea inmediata, te das cuenta de que la vida es así, para los que tienen la valentía de parar, de observar, lo que ocurre en su interior, sin dejar de lado las vistas: a la montaña, a la playa, o a la vecina de en frente, que no suelta la toalla.

Todos repiten la misma historia, es muy complicado detener el tiempo, y retroceder, así que mientras seamos conscientes, de que todo esta en su sitio, aunque nosotros todavía no lo veamos, no desesperes, sigue tejiendo ese manto, no te compares, ni siquiera te permitas mirar a otro lugar.

Sigue de frente, hacia delante, no te esfuerces demasiado, que ya sabes lo que te vino después de superar el entrenamiento, y los dedos de tu mano se pararon, y no pudieron ni escribir un reglón.

Dale las gracias a la vida, no hace falta que la pidas perdón, y sigue hacia arriba, sin rumbo y sin dirección. No te hace falta, no hagas caso a los que te quieren ubicar, tu solito sabes perfectamente el cómo, y el cuándo, llegar.

Haz caso a las señales, a las que se encienden en mitad de la noche, cuando vas a tirar la basura al contenedor, o simplemente cuando estás sentado frente a tu ordenador, y ves como ya no escribes con un dedo ni con dos, sino que todos ellos se acompasan, como si fueran las notas de una partitura, que componen una sola canción. Porque ahora, escribes con las dos manos.

Tu VIDA la llevas escrita sobre la frente y es más interesante, mucho más, que las notas de esa pieza, que tienes delante, y de momento, no acaban de encajar.

¿Si supieras todo lo que llevas conseguido, y toda la gente que apuesta por ti? No dudarías ni un segundo, del camino que te ha puesto la vida, y que tu lo estás recorriendo, de principio a fin.

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Aprendiendo a respirar

Subiendo la montaña por un empinado cortafuegos, una buena amiga me preguntó: ¿Cómo estás respirando, María? Me quedé un poco extrañada y le respondí: -Por la nariz; ¿Cómo quieres que lo haga, sino? –

– ¿Estas seguras? – Insistiendo en la cuestión.

Entonces, paré en seco, y me di cuenta, de que algo no estaba haciendo bien. Inspiraba por la boca, y lo expulsaba por el mismo lugar.

¡No daba crédito!, y, seguramente, llevaba haciendo esta práctica, toda la vida, y toda la vida, lo había estado haciendo mal. Y de repente, alguien me detiene, me alerta de cómo, me abro al mundo, de cómo abro mis pulmones, mi alma, mi corazón… Sin apenas dejar entrar, un poco de aire para respirar.

Me quedo callada, la observo a cierta distancia. Ella es un ciervo en la montaña, y se comporta igual que ellos: alerta, rápida, ligera y protectora con los que van a su lado.

-No hace falta que te enojes, ni lo lleves todo al extremo, no te tienes que castigar. – Te observo desde arriba y veo que no vas bien. – El esfuerzo que haces, no es proporcional, al resultado que estás obteniendo, y por eso te detengo, y te hago pensar. –

Me gusta lo que me dice, y siento en mi interior, que algo falla, algo va mal.

Si no tomas el aire, como es debido, tampoco lo expulsarás bien y, en consecuencia, el esfuerzo será el doble, y eso no te lo puedes permitir.

Simplemente, tienes que sentir tu respiración; acompasarla, percibirla, dejarte abrazar por el aire que está entrando dentro de ti, y RESPIRAR.

Entonces, en ese instante, en el que te permites observas desde dentro, te das cuenta de que muchas cosas, suceden por ensayo y error. Y si tu no las descubres, puede aparecer alguien, que te da un empujón.

La caída puede ser tremenda, sin embargo, cuando te levantas, a pesar de estar magullada, de arriba abajo. Te duelen las articulaciones, que no puedes ni moverte y en esos precisos instantes, solo tienes ganas de llorar, hasta caer rendida.

No sabemos muy bien, cómo, ni por qué… sientes una luz, allí, en el fondo, que te anima a seguir, y casi en un susurro, te dice: no te detengas, simplemente escucha el sonido del viento, cuando en silencio, subes la montaña, y el corazón nunca se aleja de ti.

Acabas de dar el primer paso, se trataba solo de respirar. Lo has conseguido y con nota. Ahora solo falta que no lo olvides, y continúes tu camino, pues todavía te queda mucho por recorrer, descubrir, escalar….

Así es la vida, uno aprende si quiere, y confía en sí mismo, y en las personas que tiene a su lado, en las de toda la vida, en las que aparecen en momentos inesperados, y siempre son bien recibidas, pues se acercan desde el corazón, para ayudarte a subir la cuesta, que parece que no termina, y, sin embargo, se acaba de asentar.

 

Respirar 2

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La mochila de Martín

Me sorprende una llamada recién levantada, es de mi hermano Juan, me pregunta, si hoy, después de la clase de baloncesto, me puede dejar a mi sobrino Martín. ¿A qué hora vendrá? Le pregunto, para hacerme a la idea de si estaré o no en casa, hoy tengo mucho trabajo y no sé a qué hora volveré.

Me dice que alrededor de las cinco y que esté pendiente de él, pues va a venir solo desde el colegio.

Me quedo un poco extrañada y me responde que sí, que acaba de cumplir 9 años y que sus hermanas mayores que él, lo hicieron más temprano (ir sin compañía a “casa de la tía”) y a ellas le vino les genial.

-Hay que darles responsabilidad a los niños y cuanto antes sepan manejarse solos, mejor- Responde mi hermano sin yo decir ni mu. Asiento con la cabeza, y aunque la conversación sigue a través de un auricular, él lo ha debido de sentir a la primera, porque se despide con un simple adiós.

Me quedo pensativa de cómo transcurren los años, pero no le doy demasiada pausa, para que no me pille de lleno y encima me haga pensar.

Voy muy justa de tiempo. Tengo que entregar un artículo. Hoy vienen mis padres a comer, han debido de olerse que venía su nieto y como viven muy cerca de aquí, se han presentado casi sin avisar.

A las cinco en punto suena el telefonillo.

– ¿Sí? -Soy yo tía.- Soy Martín. – Te abro cariño-

En medio segundo ya está aporreando la puerta, presurosa y emocionada, voy como un rayo a la entrada, pues, no hay cosa que más me guste que mi sobrino me venga a ver… Aunque sea por un rato, aunque tenga mil cosas que hacer, lo dejo todo y me dejo mecer.

Me recibe alegre, cariñoso, feliz. Nos damos un super abrazo. Siento su sudor, el olor a lápices y, goma de borrar. Hasta siento la pelota de baloncesto, que unos minutos antes abrazaba él.

-Tía: tengo que hacer deberes- ¿En qué cuarto me puedo poner? – Asombrada por la firmeza de sus palabras, vacías de toda vacilación, le respondo en el mismo tono y le indico que en el cuarto de invitados, si a él, le parece bien.

Ya está instalado y antes de que tenga cualquier atisbo de flaquear, le digo que su tía, tiene mucho que hacer y no se le puede molestar.

Zalamero, me responde, que hará todo lo posible, pero que no sabe si aguantará.

Cierro la puerta con sigilo y me voy a trabajar. No han pasado ni 15 minutos y ya le tengo detrás.

-Tía: una extensión de agua en la tierra ¿Es un océano? –

-A ver, Martin: tráeme el libro y muéstrame la lección de hoy-

Ya me conozco sus artimañas y con tal de no leer, prefiere que piensen otros por él.

Situo el dedo sobre el libro, justo en el punto donde está la definición. Él se ríe y sale de la habitación… ¡Cuatro veces repite la operación!

-Martín, no puedes interrumpirme más. O acabo el artículo, o eres tú el que lo va a terminar-.

Parece que mis palabras han causado el efecto deseado, puesto que ya no recibo más visitas.

A la hora exacta, se levanta de su silla, escucho el sonido de las patas sobe el parqué. Esta vez no va a mi habitación. Los abuelos dormitaban la siesta cuando él llegó y no les quiso despertar. Ahora escucha el sonido del televisor y alegre como unas castañuelas, entra en el salón.

Mi madre le recibe con efusiva emoción, le llena la cara de besos y el abuelo no se queda atrás.

-Despídete de ellos, cariño. Nos tenemos que marchar.-

Les vuelve a dar dos sonoros besos y con la mano les dice adiós.

Una vez en la calle, el niño, que ya no lo es tanto, coge carrerilla y en medio segundo, las ruedas de su mochila van a más de 20 metros de distancia.

– ¿A donde te crees que vas tan deprisa? – Le pregunto un poco enfadada. El niño no dice nada y yo no alcanzo a entender.

Después de varios intentos fallidos, con la misma cuestión, se para en seco y con un gesto brusco y malhumorado me suelta a bocajarro: – ¡Tía: ¡Ya soy mayor, y no quiero que me acompañes! –

Me quedo helada. Estoy a punto de alzar la voz, pero me aguanto las ganas y en vez de contra atacar, me quedo parada y reflexiono lo que me acaba de espetar.

Reacciono con rapidez y antes de verle atravesar el portal, le digo que no, que no se equivoque, que esta vez, es él, el que ha dirigido el trayecto, que yo solo iba detrás, viendo como manejaba, con destreza y decisión, esos 24 kilos, que es lo que debe de pesar la mochila rodante, que conduce a toda velocidad.

Ha causado efecto, pues se detiene antes de tocar el telefonillo y con esa cara burlona, decidido, sale corriendo hacia mí, me abraza con todas sus fuerzas y me dice: – Tía, yo también quería ir a tu lado, solo que ahora, como ya soy mayor, vas a ir siempre detrás. –

– ¿Y por qué no a la par y así no me tienes que esperar? – Le respondo muy segura de que esto le va a gustar.

-Vale tía: así me mola mucho más. –

Hace unos días era todavía un niño, de los que tienes que atusar para que haga las cosas y ahora, es increíble, lo claro que lo tiene y lo rápido que aprende, a ponerte en tu lugar.

 

 

 

Vista posterior.

Foto: Carlos Aparicio @desparpajofotografia

 

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