Corten por lo sano

 

Son las 11 de la mañana de un soleado y extraño 28 de diciembre. Solo quedan escasos 4 días para despedirse del año y dar la bienvenida al siguiente.

Con un catarro como hacía tiempo que no pasaba, me dirijo a mi querida peluquería a teñirme el pelo. Si, un baño de color es una expresión más fina y delicada, sin embargo, la pura realidad, es que te ponen un tinte, ahora lo pido sin amoniaco para que no me abrase tanto el pelo, y durante una media hora, con el “ungüento” en la cabeza, observo lo que ocurre a mi alrededor.

No me gustan leer revistas del corazón, me aburren y me dan dolor de cabeza. Así que procuro llevarme un libro, o los ejercicios para perfeccionar mi inglés.

La chica que me atiende es un amor. Siempre son diferentes, aunque ya las conozco a todas.  Se diferenciar con precisión de cirujano, cómo me tocan el pelo y podría hacer una lista interminable, con la forma de ser de cada una de las ocho peluqueras, que a diario trabajan en la peluquería.

Me encanta cómo me tratan, ponen mucho interés en su trabajo y eso se nota y se agradece. Además, cuando cierro los ojos para lavarme la cabeza, con sólo rozarme con sus dedos, no solo se cuál es la que me está atendiendo, sino que adivino, si han pasado una mala noche, si tienen algún problema especial, incluso si la clienta a la que tienen que atender, les cae bien o mal.

Llevo desde el año pasado acudiendo y parece estar hecha para mí. Me siento cómoda y no me da pereza ir.

Y es que hay un ambiente especial. Sin ir más lejos hoy, según me estaban poniendo el “colorante”, ha ocurrido algo fuera de lo habitual. A pocos metros de mi sillón, una mujer de mediana edad, alta, delgada y con una expresión difícil de expresar. Le decía a su peluquera que le diera un buen corte a su pelo, porque poco le iba a durar…

Hasta ahí todo normal, sin embargo, acto seguido añadía: -la semana que viene, comienzo la quimioterapia y como se me va a caer, lo mejor es cortar, para que la próxima vez que tenga el valor de mirarme al espejo, no me lleve un susto de muerte-.

El silencio se apodera de la peluquería. Los secadores apagan sus motores, los peines se quedan en suspensión, las tijeras cesan su clic clac y yo, muda y sin respiración, no sé dónde mirar.

La vida se ha detenido en seco, y la única que continúa, es la protagonista de esta dura historia. Y como si se tratara de una película de ficción y nos hubiera tocado ser los espectadores, observamos quietos en nuestros asientos, cómo la actriz principal, le explica a su asistente personal, cómo quiere que se lleve a cabo la escena.

El asistente entiende a la primera lo que ella desea y en escasos 10 minutos, llega el “corten” de la claqueta.

No me atrevo a mirarla, pero ella me anima a hacerlo. Está guapísima, mejor que con su larga melena. Se mira encantada en el espejo y da su aprobación con suma distinción.

Me quedo pensativa. Al segundo aparece otra compañera. Escoba en mano, barre los mechones que han caído al suelo. Su melena rubia roza mis botas cuando el recogedor se acerca a ellos.

Ahí está tu vida anterior. Se han ido detrás de ellos. Me sobrecoge la imagen, la memorizo en mi retina, nunca me había parado a sentir la importancia que tiene el cabello, en la vida de una mujer.

Nos da identidad, no calienta el pensamiento, nos ilumina la expresión, nos acaricia al viento, nos protege de miradas, nos da seguridad…y podemos, libres, jugar.

-Corta por lo sano María, que yo haré lo que tenga que hacer-.

Me quedo sorprendida de cómo te puede cambiar la vida y de cómo la puedes llegar a percibir en un instante, cuando te toca tu turno y el tinte ya no tiñe del mismo color y las manos que rozan y aprietan  con sus dedos, tu cabeza, te despiertan de tu letargo y te confiesan que en esa acogedora peluquería, donde creemos que todo brilla, realmente se libran batallas a diario y cómo con unas simples tijeras, se lucha para devolverte la vida.

 

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Gracias por los obstáculos del camino

¿Cuántas gracias tenemos que darle a la vida, por ponernos en un camino duro, áspero, incierto, complejo. y ser capaces nosotros mismos, de salir de ahí?

Dura, terrible, amarga, desesperante ruta. Sin aliento, sin ilusión, sin ganas. Una batalla que no termina, que no se acaba de librar.

Ahí te encuentras solo, perdido, sin apenas segundos para sobrevivir.

Con la mirada vacía, el corazón roto, y con dolores tan íntimos, que ni siquiera te atreves a compartir.

Una vida que no llega, una rutina que no termina, y así un día y otro; hasta que, por fin, la parte del subconsciente, que todos llevamos dentro, y que resulta muy difícil descifrar. Te da la clave en un segundo rápido, y al vuelo, entiendes por primera vez que haces ahí, cual es tu cometido, y eliges de una vez por todas, si quieres salir.

Las señales son constantes y variadas, aunque algunas, se repiten todos los días: el vecino del cuarto, antes de que den las 10 de la mañana, llama por teléfono a alguien, probablemente a un compañero de trabajo, y mantiene una conversación, mejor dicho, un monólogo, que se extiende por más de una hora, quejándose de todo, pero, sobre todo, de la mala relación que tiene, con su mujer.

El vecino de al lado, tampoco lo tiene muy claro, y aunque “ya no grita” a su mujer, como antes, tampoco debe de llevar una vida muy grata. Porque sigue elevando la voz, hasta para pedirle un café.

Y esta mañana, la vecina del primero, a las 7:30 de la mañana, con un frío de muerte, abrigada hasta las cejas, móvil en mano y cigarro en la otra, también se tomaba un café “helado”, en la terraza, a pleno pulmón.

¡No soporto esta sensación de no avanzar, de estar estático y parado, sin rumbo ni dirección! Probablemente sea una simple sensación, porque lo que tenga que ser será, sin embargo, ya me he acostumbrado a no decaer, a sentir que este es mi camino: difícil, duro, imposible de comprender.

Hasta que conectas con algo, o con alguien que te da la solución, y aunque no sea inmediata, te das cuenta de que la vida es así, para los que tienen la valentía de parar, de observar, lo que ocurre en su interior, sin dejar de lado las vistas: a la montaña, a la playa, o a la vecina de en frente, que no suelta la toalla.

Todos repiten la misma historia, es muy complicado detener el tiempo, y retroceder, así que mientras seamos conscientes, de que todo esta en su sitio, aunque nosotros todavía no lo veamos, no desesperes, sigue tejiendo ese manto, no te compares, ni siquiera te permitas mirar a otro lugar.

Sigue de frente, hacia delante, no te esfuerces demasiado, que ya sabes lo que te vino después de superar el entrenamiento, y los dedos de tu mano se pararon, y no pudieron ni escribir un reglón.

Dale las gracias a la vida, no hace falta que la pidas perdón, y sigue hacia arriba, sin rumbo y sin dirección. No te hace falta, no hagas caso a los que te quieren ubicar, tu solito sabes perfectamente el cómo, y el cuándo, llegar.

Haz caso a las señales, a las que se encienden en mitad de la noche, cuando vas a tirar la basura al contenedor, o simplemente cuando estás sentado frente a tu ordenador, y ves como ya no escribes con un dedo ni con dos, sino que todos ellos se acompasan, como si fueran las notas de una partitura, que componen una sola canción. Porque ahora, escribes con las dos manos.

Tu VIDA la llevas escrita sobre la frente y es más interesante, mucho más, que las notas de esa pieza, que tienes delante, y de momento, no acaban de encajar.

¿Si supieras todo lo que llevas conseguido, y toda la gente que apuesta por ti? No dudarías ni un segundo, del camino que te ha puesto la vida, y que tu lo estás recorriendo, de principio a fin.

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Aprendiendo a respirar

Subiendo la montaña por un empinado cortafuegos, una buena amiga me preguntó: ¿Cómo estás respirando, María? Me quedé un poco extrañada y le respondí: -Por la nariz; ¿Cómo quieres que lo haga, sino? –

– ¿Estas seguras? – Insistiendo en la cuestión.

Entonces, paré en seco, y me di cuenta, de que algo no estaba haciendo bien. Inspiraba por la boca, y lo expulsaba por el mismo lugar.

¡No daba crédito!, y, seguramente, llevaba haciendo esta práctica, toda la vida, y toda la vida, lo había estado haciendo mal. Y de repente, alguien me detiene, me alerta de cómo, me abro al mundo, de cómo abro mis pulmones, mi alma, mi corazón… Sin apenas dejar entrar, un poco de aire para respirar.

Me quedo callada, la observo a cierta distancia. Ella es un ciervo en la montaña, y se comporta igual que ellos: alerta, rápida, ligera y protectora con los que van a su lado.

-No hace falta que te enojes, ni lo lleves todo al extremo, no te tienes que castigar. – Te observo desde arriba y veo que no vas bien. – El esfuerzo que haces, no es proporcional, al resultado que estás obteniendo, y por eso te detengo, y te hago pensar. –

Me gusta lo que me dice, y siento en mi interior, que algo falla, algo va mal.

Si no tomas el aire, como es debido, tampoco lo expulsarás bien y, en consecuencia, el esfuerzo será el doble, y eso no te lo puedes permitir.

Simplemente, tienes que sentir tu respiración; acompasarla, percibirla, dejarte abrazar por el aire que está entrando dentro de ti, y RESPIRAR.

Entonces, en ese instante, en el que te permites observas desde dentro, te das cuenta de que muchas cosas, suceden por ensayo y error. Y si tu no las descubres, puede aparecer alguien, que te da un empujón.

La caída puede ser tremenda, sin embargo, cuando te levantas, a pesar de estar magullada, de arriba abajo. Te duelen las articulaciones, que no puedes ni moverte y en esos precisos instantes, solo tienes ganas de llorar, hasta caer rendida.

No sabemos muy bien, cómo, ni por qué… sientes una luz, allí, en el fondo, que te anima a seguir, y casi en un susurro, te dice: no te detengas, simplemente escucha el sonido del viento, cuando en silencio, subes la montaña, y el corazón nunca se aleja de ti.

Acabas de dar el primer paso, se trataba solo de respirar. Lo has conseguido y con nota. Ahora solo falta que no lo olvides, y continúes tu camino, pues todavía te queda mucho por recorrer, descubrir, escalar….

Así es la vida, uno aprende si quiere, y confía en sí mismo, y en las personas que tiene a su lado, en las de toda la vida, en las que aparecen en momentos inesperados, y siempre son bien recibidas, pues se acercan desde el corazón, para ayudarte a subir la cuesta, que parece que no termina, y, sin embargo, se acaba de asentar.

 

Respirar 2

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La mochila de Martín

Me sorprende una llamada recién levantada, es de mi hermano Juan, me pregunta, si hoy, después de la clase de baloncesto, me puede dejar a mi sobrino Martín. ¿A qué hora vendrá? Le pregunto, para hacerme a la idea de si estaré o no en casa, hoy tengo mucho trabajo y no sé a qué hora volveré.

Me dice que alrededor de las cinco y que esté pendiente de él, pues va a venir solo desde el colegio.

Me quedo un poco extrañada y me responde que sí, que acaba de cumplir 9 años y que sus hermanas mayores que él, lo hicieron más temprano (ir sin compañía a “casa de la tía”) y a ellas le vino les genial.

-Hay que darles responsabilidad a los niños y cuanto antes sepan manejarse solos, mejor- Responde mi hermano sin yo decir ni mu. Asiento con la cabeza, y aunque la conversación sigue a través de un auricular, él lo ha debido de sentir a la primera, porque se despide con un simple adiós.

Me quedo pensativa de cómo transcurren los años, pero no le doy demasiada pausa, para que no me pille de lleno y encima me haga pensar.

Voy muy justa de tiempo. Tengo que entregar un artículo. Hoy vienen mis padres a comer, han debido de olerse que venía su nieto y como viven muy cerca de aquí, se han presentado casi sin avisar.

A las cinco en punto suena el telefonillo.

– ¿Sí? -Soy yo tía.- Soy Martín. – Te abro cariño-

En medio segundo ya está aporreando la puerta, presurosa y emocionada, voy como un rayo a la entrada, pues, no hay cosa que más me guste que mi sobrino me venga a ver… Aunque sea por un rato, aunque tenga mil cosas que hacer, lo dejo todo y me dejo mecer.

Me recibe alegre, cariñoso, feliz. Nos damos un super abrazo. Siento su sudor, el olor a lápices y, goma de borrar. Hasta siento la pelota de baloncesto, que unos minutos antes abrazaba él.

-Tía: tengo que hacer deberes- ¿En qué cuarto me puedo poner? – Asombrada por la firmeza de sus palabras, vacías de toda vacilación, le respondo en el mismo tono y le indico que en el cuarto de invitados, si a él, le parece bien.

Ya está instalado y antes de que tenga cualquier atisbo de flaquear, le digo que su tía, tiene mucho que hacer y no se le puede molestar.

Zalamero, me responde, que hará todo lo posible, pero que no sabe si aguantará.

Cierro la puerta con sigilo y me voy a trabajar. No han pasado ni 15 minutos y ya le tengo detrás.

-Tía: una extensión de agua en la tierra ¿Es un océano? –

-A ver, Martin: tráeme el libro y muéstrame la lección de hoy-

Ya me conozco sus artimañas y con tal de no leer, prefiere que piensen otros por él.

Situo el dedo sobre el libro, justo en el punto donde está la definición. Él se ríe y sale de la habitación… ¡Cuatro veces repite la operación!

-Martín, no puedes interrumpirme más. O acabo el artículo, o eres tú el que lo va a terminar-.

Parece que mis palabras han causado el efecto deseado, puesto que ya no recibo más visitas.

A la hora exacta, se levanta de su silla, escucho el sonido de las patas sobe el parqué. Esta vez no va a mi habitación. Los abuelos dormitaban la siesta cuando él llegó y no les quiso despertar. Ahora escucha el sonido del televisor y alegre como unas castañuelas, entra en el salón.

Mi madre le recibe con efusiva emoción, le llena la cara de besos y el abuelo no se queda atrás.

-Despídete de ellos, cariño. Nos tenemos que marchar.-

Les vuelve a dar dos sonoros besos y con la mano les dice adiós.

Una vez en la calle, el niño, que ya no lo es tanto, coge carrerilla y en medio segundo, las ruedas de su mochila van a más de 20 metros de distancia.

– ¿A donde te crees que vas tan deprisa? – Le pregunto un poco enfadada. El niño no dice nada y yo no alcanzo a entender.

Después de varios intentos fallidos, con la misma cuestión, se para en seco y con un gesto brusco y malhumorado me suelta a bocajarro: – ¡Tía: ¡Ya soy mayor, y no quiero que me acompañes! –

Me quedo helada. Estoy a punto de alzar la voz, pero me aguanto las ganas y en vez de contra atacar, me quedo parada y reflexiono lo que me acaba de espetar.

Reacciono con rapidez y antes de verle atravesar el portal, le digo que no, que no se equivoque, que esta vez, es él, el que ha dirigido el trayecto, que yo solo iba detrás, viendo como manejaba, con destreza y decisión, esos 24 kilos, que es lo que debe de pesar la mochila rodante, que conduce a toda velocidad.

Ha causado efecto, pues se detiene antes de tocar el telefonillo y con esa cara burlona, decidido, sale corriendo hacia mí, me abraza con todas sus fuerzas y me dice: – Tía, yo también quería ir a tu lado, solo que ahora, como ya soy mayor, vas a ir siempre detrás. –

– ¿Y por qué no a la par y así no me tienes que esperar? – Le respondo muy segura de que esto le va a gustar.

-Vale tía: así me mola mucho más. –

Hace unos días era todavía un niño, de los que tienes que atusar para que haga las cosas y ahora, es increíble, lo claro que lo tiene y lo rápido que aprende, a ponerte en tu lugar.

 

 

 

Vista posterior.

Foto: Carlos Aparicio @desparpajofotografia

 

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Bimbo, el perro de Juan

Me mira desde abajo, es el perro de mi amigo Juan. Se llama Bimbo y es muy especial.

Me acompañó durante toda la noche, porque me quedé a dormir en casa de su dueño, simplemente dejé olvidadas mis llaves encima de la mesita del recibidor y ya no eran horas de molestar a mi amiga Lucia, que es la que tiene una copia de mis llaves.

De forma espontanea me invitó a subir. No lo dude ni un momento y le dije que si y me fui a su casa a dormir. Me dejó la habitación de invitados y él se fue a la principal. No me importó, al revés, preferí ser una invitada que dormir con él, porque, aunque hubiese sido lo más sencillo, algo me decía que era demasiado pronto para compartir esa parte de su casa.

Observe como estaba dispuesta mi habitación. Bimbo me seguía por todos los lados, su carita me era familiar y es que los ojos grandes, vivos y penetrantes, eran sin dudarlo, como los de mi amigo Juan.

De cuerpo fuerte, recio y robusto como un nogal también en esto se parecía a él. Yo me le quedaba mirando al trasluz y descubría con su ligero y firme movimiento a donde quería ir.

Era ya la hora de dormir, apague la luz y me disponía a cerrar los ojos, cuando Bimbo de un salto increíble, se tumbó a mi lado y comenzó a mirarme de una forma extraña.

Enseguida me di cuenta de que quería decirme algo, pero no se atrevía. Volví a encender la luz, me incorpore en la cama y le acaricie el lomo como cuando vivía con mi gato Manolo. Era algo que le encantaba y sobre todo le relajaba.

Comenzó a murmurar unas extrañas palabras, a penas inteligibles. Ladeaba su cabeza de un lado para otro y yo sin comprender demasiado, intuía que lo que me quería transmitir iba a ser difícil de digerir.

Le cogí en brazos, le susurre al oído palabras llenas de cariño y al final conseguí que se abriera.

Si. Un perro de unos 7 años me estaba hablando de su dueño, de lo triste que se sentía, de la cantidad de veces que había querido reconstruir su vida y no había sido capaz.

Me confesó que por la noche lloraba y se fundía y confundía en un llanto eterno que no le dejaba descansar.

Entonces Bimbo subía muy despacito las escaleras que daban a su habitación y con la cola intentaba espabilarle lamiéndole una y otra vez. Pero su dueño no se despertaba, seguía inmerso en un terrible sueño que solo las durezas de sus pesadillas lograban que volviera en si y se despertara empapado en sudor, la boca seca, agrietada y vacía, de un hombre que está, pero que no se ve.

Que quiere, pero no puede sentir, que está lleno de fuerza y vitalidad, pero el miedo y la angustia del pasado no le dejan ver, el maravilloso presente que tiene frente a él.

Has hecho bien querida María en no acostarte con él. La revolución del sexo mal practicado es lo que peor lleva y si tu no lo tienes claro, mejor dormir en la habitación de invitados, que compartir cama si luego no hay mantel.

Me gustas mucho María y mi dueño también, así que esta mañana cuando se acercaba la hora de desayunar le propuse a María que le despertara con un dulce beso en la mejilla, y como en los cuentos de hadas, pero al revés, porque aquí es la princesa la que le despierta a él.

Que le cogiera de la mano, contara hasta tres y se fueran muy lejos de aquí y consiguieran disfrutar de esa vida, que aquí en la tierra es imposible concebir.

Han pasado dos años desde aquel especial amanecer.

Bimbo mira por la ventana del salón y a lo lejos en ese mar inmenso que tiene frente a su terraza, hay un barco anclado en el puerto, de nombre “capitán”. No dice nada, solo mueve la cola y se alegra infinito por él.

perro y barco

 

 

 

 

 

 

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Permitido MUJER tener SEXO y GOZAR sin más

Baja la cuesta de la calle feliz, radiante, contenta, acaba de sentir algo muy fuerte y todavía no se lo cree.

Se mira en los escaparates que encuentra a su paso, se siente feliz, dichosa, mujer, mujer y mujer.

No era lo que esperaba, lo que siempre había vivido, ni mucho menos todavía se lo cree. Es una sensación distinta, diferente, que se mueve por dentro y no tiene explicación.

Ahora comprende a muchos hombres, desgraciadamente a día de hoy, todavía no es costumbre escuchar esa vivencia, del otro lado, y no es que quiera ser uno de ellos, ni mucho menos, es solo que se pone en la piel de la falta de “responsabilidad”, de sentir tu cuerpo al máximo y no tener que pedir explicaciones a nadie y mucho menos a los demás. Libre, dichosa, auténtica…alguna vez tenía que llegar.

Es increíble poder sentir así, todas las veces que ha sentido la pasión en el otro, el deseo, la lujuria, el ansia por llegar al clímax y jamás lo pudo comprobar.

Educada en un colegio de monjas, donde el primer beso era pecado si no había un compromiso detrás, llevar falda sin imperdible decía muy poco de ti, mirar por la ventana cuando salían los chicos del colegio de al lado una provocación y así una lista interminable de prejuicios, censuras y el NODO en cualquier cine, en esas tardes de verano en plenas vacaciones, te lo recordaba una vez más.

Estudiosa al máximo, “niña de papá”, divertida, sociable, compañera, delegada de clase una y otra vez… con un novio a los 16, otro a los 25 y así tres y cinco y muchos más. Y siempre igual.

Sin gozar, sin apenas sentir, sabiendo que eso no era normal y que por más que preguntara a sus amigas, ¿A quién sino iba a preguntar? nunca escuchaba un buen final.

Ellos aguantaban o disfrutaban, probablemente ella lo pensará así, aunque si dos no gozan uno se queda igual. Porque algo ella tenía muy claro : “descargar” era una cosa y otra muy distinta: sentir, gozar, entregarse al otro y comprobar que cuando te desinhibes, confías y te dejas llevar de la mano, sin importarte nada más, es mucho más fácil, que cuando el otro piensa en su propio deseo y no busca ir a la par.

Y un día llegó, no sabe muy bien cómo, ni cuando, ni siquiera el porqué, simplemente no le dio mucha importancia a la invitación de Luis y dejándose llevar por su buen humor, su alegría, sus ganas de vivir, generoso como era y buen amante de principio a fin.

Se subió a su barco, y como buen capitán, alzo las velas de proa y de popa, haciendo una entrada espectacular, deseoso de sentirla al cien por cien y conseguir que gozará como la que más.

No paró de arroparla, de cuidarla, de mimarla con todo lo que él sabía, poseía y ella se entregó, confió, no se acordó de la ropa que tenía que tender, ni de la hora de recoger al pequeño de su clase de ballet, no le importó que se hiciera de noche y que no fuera a sonar el despertador …

Aquella noche y todas las que siguieron después, fueron aventuras, sin desventuras; algo desconocido, asombroso, diferente, alegre divertido, sin angustias, sin tener que estar pendiente de dar placer olvidándote completamente de ti.

No parpadeo ni un segundo, solo unas pocas veces tuvo que cambiar de posición.

El atento en todo, quería complacer, pero con mucho amor y placer. Decía que le dejara gozar de su cuerpo, que la quería contemplar en todo su esplendor, le colocó un espejo enorme, algo que sabía le iba a gustar y la dejó contemplarse en una postura y en mil más.

Cuando acabaron lloró de emoción, pero esta vez sin lágrimas, al revés, muerta de risa se abanicó (hacía un calor terrible y eso que estaba puesto el ventilador), le abanico a él y le dijo …- ¿Sabes lo que me apetece ahora? ¡No te lo vas a creer! porque, aunque es un deseo más usual de un hombre, te lo va a pedir una MUJER.

Quiero una cerveza, un cigarro de los que tengo en el bolso y ahora vas a ser tú el que te quedes de pie. –

 

Los dos se rieron hasta el amanecer.

– ¡Dichosa mujer, que “jodía” que es! … ¡Me tiene loco, muy loco pero lo que más me gusta de ella, es que no es predecible, no hace planes, improvisa con todo lo que ve!

– Le gusta mi casa, dice que es un barco, un poco desordenado, pero que, desde arriba, desde el mástil más alto, se ve un mar adentro que no tiene fin… ¡-

Permitámonos esta OPORTUNIDAD que nos brinda la vida, dejémonos llevar y no pensemos en nada más.

 

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Elegir una forma de VIVIR

Lucía ha quedado con una amiga en una terraza. Son las 8 de la tarde y hace una temperatura muy agradable. No es la primera vez que queda ahí. Le gusta porque está en medio de inmenso un jardín; hay animales de lo más variopintos y familias con niños campan a su anchas.

Ella observa las escenas que se van sucediendo como si se trataran de cuadros en un museo. Se respira un aire tranquilo, sereno, feliz

Su amiga se retrasa y eso hace que la atención del momento se haga más intensa.

Los pequeños juegan divertidos, ríen, elevan sus vocecitas sin apenas molestar, tienen entre 4 y 10 años. Van a lo suyo, se les nota felices.

De repente, como si de un cuento de hadas se tratara y hubiese cabida para algo más, una pareja de recién casados aparece en lo alto de la escalera que da entrada a la terraza.

Todos los presentes miran hacia arriba. Ella va de blanco inmaculado, él de frac. La lleva cogida por la cintura, sin embargo, lo que ella sujeta con fuerza es el ramo de rosas rojas, parece que no lo quiere soltar.

Los fotógrafos hace tiempo que llegaron, han estado eligiendo los mejores enclaves para retratar a los recién casados.

Niños, padres, bebes recién nacidos y una boda de por medio.

Lucia está embelesada con todo lo que ve.

A los pocos minutos de la inesperada “aparición”, uno de los padres, se acerca a su hija de escasos 4 años. La niña está absorta mirando a los recién llegados, aunque lo que realmente está captando su atención es el llamativo ramo de flores.

El padre desciende hasta quedar a la altura de la niña (detalle que capta con agrado Lucía) y con una cara inmensa de orgullo, le pregunta si le gusta lo que ve. La niña responde que si, sin parpadear.

Hay un ambiente singular, los niños están calmados dentro de su agitación, no paran de jugar ni un solo instante y en ningún momento se les ha visto pelear, enfadarse o mucho peor, ponerse a llorar.

Por fin aparece la amiga de Lucía. Su semblante es diferente a otras veces parece que le quiere decir algo y Lucía se da cuenta.

-Si cariño: este es el regalo que te tenía preparado, solo quería que TÚ fueras la protagonista de este cuadro.

Te observaba desde arriba, escondida detrás de aquel árbol. –

Niños felices porque sus padres lo están, una novia no muy segura del paso que ha dado agarrando fuerte su ramo para no despertar, sin embargo, él la sujeta de la cintura transmitiéndole seguridad. Una niña atónita, desde abajo observando la escena y de nuevo otro “protector” que la mira y le pregunta si le gusta lo que ve…

Aquí querida amiga; tienes la escena de lo que puede ser tu vida. Elige el lienzo que más te guste y ponte a pintar. Seguramente, conociéndote cómo te conozco, te querrás ir con los fotógrafos porque son los que están en distintos lugares y eligen la escena que más les vaya a gustar. –

elegir y vivir

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