Elegir una forma de VIVIR

Lucía ha quedado con una amiga en una terraza. Son las 8 de la tarde y hace una temperatura muy agradable. No es la primera vez que queda ahí. Le gusta porque está en medio de inmenso un jardín; hay animales de lo más variopintos y familias con niños campan a su anchas.

Ella observa las escenas que se van sucediendo como si se trataran de cuadros en un museo. Se respira un aire tranquilo, sereno, feliz

Su amiga se retrasa y eso hace que la atención del momento se haga más intensa.

Los pequeños juegan divertidos, ríen, elevan sus vocecitas sin apenas molestar, tienen entre 4 y 10 años. Van a lo suyo, se les nota felices.

De repente, como si de un cuento de hadas se tratara y hubiese cabida para algo más, una pareja de recién casados aparece en lo alto de la escalera que da entrada a la terraza.

Todos los presentes miran hacia arriba. Ella va de blanco inmaculado, él de frac. La lleva cogida por la cintura, sin embargo, lo que ella sujeta con fuerza es el ramo de rosas rojas, parece que no lo quiere soltar.

Los fotógrafos hace tiempo que llegaron, han estado eligiendo los mejores enclaves para retratar a los recién casados.

Niños, padres, bebes recién nacidos y una boda de por medio.

Lucia está embelesada con todo lo que ve.

A los pocos minutos de la inesperada “aparición”, uno de los padres, se acerca a su hija de escasos 4 años. La niña está absorta mirando a los recién llegados, aunque lo que realmente está captando su atención es el llamativo ramo de flores.

El padre desciende hasta quedar a la altura de la niña (detalle que capta con agrado Lucía) y con una cara inmensa de orgullo, le pregunta si le gusta lo que ve. La niña responde que si, sin parpadear.

Hay un ambiente singular, los niños están calmados dentro de su agitación, no paran de jugar ni un solo instante y en ningún momento se les ha visto pelear, enfadarse o mucho peor, ponerse a llorar.

Por fin aparece la amiga de Lucía. Su semblante es diferente a otras veces parece que le quiere decir algo y Lucía se da cuenta.

-Si cariño: este es el regalo que te tenía preparado, solo quería que TÚ fueras la protagonista de este cuadro.

Te observaba desde arriba, escondida detrás de aquel árbol. –

Niños felices porque sus padres lo están, una novia no muy segura del paso que ha dado agarrando fuerte su ramo para no despertar, sin embargo, él la sujeta de la cintura transmitiéndole seguridad. Una niña atónita, desde abajo observando la escena y de nuevo otro “protector” que la mira y le pregunta si le gusta lo que ve…

Aquí querida amiga; tienes la escena de lo que puede ser tu vida. Elige el lienzo que más te guste y ponte a pintar. Seguramente, conociéndote cómo te conozco, te querrás ir con los fotógrafos porque son los que están en distintos lugares y eligen la escena que más les vaya a gustar. –

elegir y vivir

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Unas alas para volar

Sentados en la terraza de un café, padre e hija charlan amigablemente. Hacía tiempo que sus estados de ánimo no confluían en algún lugar.

En escasos meses, habían perdido a sus seres más queridos en circunstancias muy similares. Alba dijo adiós a su marido en un extraño accidente de coche. En medio de la noche y en un lugar donde apenas transitaba gente, un animal invadió su carril, le embistió de frente y él no lo pudo esquivar.

A la madre de ella, también se le cruzó otro animal, este era de raza humana, sin cuernos, le fue a robar, ella se defendió y en su defensa perdió lo más valioso que tenía, su vida.

Ahora se consuelan tomando un rico café, ella con miel, a él le gusta con canela y hablan de lo que fue y pudo ser.

Es extraño como la vida te arrebata a tus seres queridos en un santiamén, sin embargo, en esto dos tristes desenlaces existe un eje común.

La muerte les sorprendió y ninguno sintió dolor. La navaja fue directa al corazón y la asta del toro, también apuntó muy directo y él no sufrió.

Los vivos, los que se quedan aquí no hablan de ello, ¿Para que? Saben muy bien que la hora de sus amores llegó a su fin, sin embargo, a los que continúan aquí, les quedan muchas cosas que vivir.

Ella, le pregunta al padre, que le gustaría hacer, él le responde que mejor le hable en presente. Entonces reformula la pregunta: -Padre: ¿Que quieres hacer? -.

La hija le mira de soslayo y descubre el hombre que fue y que todavía sigue ahí, dispuesto a luchar y a no dejarse llevar por la tristeza, la melancolía y eso amargos momentos que se quedaron muy atrás.

Unos hijos maravillosos, nada más y nada menos que tres, más ocho nietos repartidos por medio mundo y un perro, de nombre Sultán, que vive como un marajá y que quiere a su dueño todo y un poco más.

  • No me has respondido, padre: ¿Qué es lo que vas hacer sin mamá? –

No te preocupes Alba: aunque tu madre no está aquí, por la noche en medio de mi nublado sueño, me susurra al oído, me coge de la mano y me enseña las “paradas” que quiere que haga. Me ha pedido que visite a todos los nietos y que a cada uno le lleve un regalo especial. Que los escuche debajo de la almohada porque ellos también quieren volar.

Así que hija mía, me tendré que recorrer en los años que me queden de vida, muchas ciudades para poder llevar el legado de su abuela y también el mío, a tus sobrinos, a mis nietos, a los seres que más quiero, junto a Sultán.

– ¿Lo has entendido, hija mía? Claro papá-.

A mí también me visita Juan, pero él no llega de noche como mamá, él aparece por la mañana, cuando el café comienza a oler, me besa en la mejilla me da un pellizco donde sabe que me gusta. Y también me susurra al oído y me dice que cuando tenga miedo, me agarre de su mano y levante la vista al cielo, que ahí en lo más alto, hay dos seres muy especiales que me agarran muy fuerte de las alas, para que siga volando hacia arriba y que jamás que le dé la espalda a la vida.

– ¡Papá! -Dime hija. – ¿Tú sabes porque se fueron los dos a la vez? – Quizá cariño no se han ido y siguen aquí. – ¿De verdad lo crees así? – NO lo creo, es que lo siento así. –

alas mujer

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El silencio del reloj

 

Es el pequeño de cinco hermanos varones. Se ha abierto camino en la vida como ha podido. A base de mucho esfuerzo y trabajo. Nadie le ha regalado nada.

Recién separado y con un hijo varón de 16 años a su cargo, se desenvuelve como puede. A punto de rozar los cincuenta, comienza a verse canas en su pelo y en su barba.

Y se de cuenta de que los días pasan y no quiere perderse nada. Su relación con sus hermanos, es un poco distante, nunca encajo en el perfil de niño formal y su vida siempre se tildo de peculiar y especial … ¡Vamos! Que, para todo, era el “raro” de la familia, menos para su padre, que, aunque de una forma clara y directa , nunca le dijo lo que sentía por él, la verdad es que había un vínculo interno que era imposible romper.

Cuando paseando a solas se lo encontraba, en un pasillo de la casa, desayunando temprano escuchando la radio o viendo el televisor. Siempre sintió una admiración por el raro, distinto, por el especial.

Recuerda a su padre una y otra vez y ve en su hijo lo mismo que él veía, cuando todavía no le alcanzaban las manos para recoger los frutos del árbol, del jardín de aquella casa, donde pasaban los meses más calurosos del verano.

Eso lo está recordando Juan, esta mañana ante al espejo, mientras rasuraba su barba con mimo y primor.

Anoche le dijo su hijo que se arreglara un poco porque parecía un “homless” y no le gustó nada recibir el mensaje. Así que hoy se está tomándo todo el tiempo del mundo, en arreglar su descuidado aspecto.

Suena el móvil, es del grupo familiar de WhatsApp, es un mensaje de su padre, lo abre con mucha ternura y ve un video, raro en él, es de pocas palabras y menos de mostrar sus sentimientos.

Va leyendo frase tras frase y no da crédito de lo que lee.

Habla de la vejez, de perder la esperanza, de ya no ser lo que era antes y de no importar nada lo que venga después. Se le hace un nudo en la garganta, no quiere seguir leyendo y pulsa el stop. Su padre se está sincerando, expresando su sentir, diciendo muchas cosas que, a él, su hijo, le da mucho miedo oír.

No se lo piensa dos veces y le responde con todo su cariño, dándole ánimo, porque le queda mucha vida por vivir y que le quiere con toda su alma.

Se acuerda de su hijo, de cuando tuvo que luchar por él y a punto estuvo de perderle y de que volviera con su madre, que le hacía más daño que a él.

Pero al final triunfó y no quiere, ni siquiera imaginar que de nuevo lo volviera a perder y se agarra a su hijo, como a un clavo ardiente, con toda su fuerza y pasión

Deja el móvil sobre el lavabo y presuroso comienza a vestirse para ir a trabajar. Durante el trayecto, no puede dejar de pensar en la última frase        que le envía su padre: “La vejez comienza cuando el recuerdo es más fuerte que la esperanza”. Y si pregunta si su padre lo sentirá así o, por el contrario, lo que ansía son las ganas de vivir.

Cuando llega la noche y cansado de la rutina laboral, vuelve a mirar el teléfono, ve que ninguno de sus hermanos, ni siquiera el mayor, con el que se lleva tan bien, han hecho ningún comentario, sobre lo que su padre, se ha atrevido a expresar.

Se da cuenta de que probablemente a sus hermanos, esa forma tan sincera y desgarradora de trasmitir, no la han sabido encajar y el sentir desnudo, ha podido con todo lo demás.

Su padre le ha respondido en privado, no ha querido que ninguno hiciera comentarios y con una sencilla frase, le ha devuelto la vida, o quizá mejor aún, le ha mostrado por primera vez el camino a seguir.

Le ha llamado hombre, hombre, con todas las letras del abecedario.

“De niño eras bueno y ahora de hombre eres el mejor”.

Por primera vez le llama hombre y por primera vez, le transmite el orgullo que siente por él.

No es casualidad, que los demás no hayan contestado, porque el mensaje era solo para él. El más sensible, tierno y delicado de los cinco hermanos y ahora en edad adulta, se ha convertido en un hombre valeroso, inteligente, atento y, ante todo, un padrazo, que siempre ha luchado por lo que más quería.

Y a sus casi 50 años, lo ha conseguido y su progenitor sabe que ahora, no hay nada que lo altere, ni lo borre, ni siquiera el silencio de los suyos, porque ahora su mudez callada, vale más que el cobarde susurro de los demás.

Gracias padre por darme la vida, por permitirme volar y por sentir a tu hijo de esta forma tan especial.

 

el reloj

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Aceptar los regalos que te ofrece la vida.

 

Me está costando colocar toda la revolución que hay en mi interior.

Nuevo trabajo, nuevos compañeros, reencuentro con el pasado después de 36 años estando completamente cerrado. Y reencuentro, porque no decirlo también, con un pasado no tan lejano…

Voy a despedirme en breve de una bici, con la que llevo recorriendo casi toda la sierra madrileña más de 12 años.

Comienzo a escribir de forma profesional, intento dejar huella en el lugar de trabajo, donde me comunico con los ciudadanos a diario y por ser una entidad pública, las cosas tienen su burocracia y su ritmo, hasta en las redes sociales.

Me cuesta acostumbrarme a ese pausado ritmo, sin embargo, me armo de paciencia, porque por fin he comprendido, que muchas veces hay que parar, pararse y observar lo que ocurre a tu alrededor. Porque no todo el mundo sigue tu camino, ni te seguirán jamás.

Hay muchos que no lo entienden o quizá sean incapaces de sentir tu sintonía y mantener ese maravilloso compás.

Llevar las RRSS no está al alcance de cualquiera y mucho menos a determinadas edades, que ni las han vivido, ni las van a vivir  o simplemente no les interesan y no saben definir muy bien cuál es su función y todo lo bueno que te pueden reportar y todas las posibilidades que se pueden alcanzar.

Pero esto que os cuento no solo ocurre en el mundo laboral, ni siquiera en el Social Media. También en el día a día, es muy difícil comunicar lo que quiere o necesita el otro y se piden las cosas desde un lugar, que a mí se me antoja nada sano y menos natural.

Ayer coincidí con un ciclista en mi ruta matinal. Se ofreció a acompañarme y yo encantada con romper la rutina y disfrutar de la compañía. Le respondí que sí.

Era fisioterapeuta, estaba hecho un bisonte, entrenaba de forma regular, porque quería correr el año que viene una maratón. Normalmente salía con una compañera a prepararse para la ocasión, que era íntima amiga de su novia.

Le pregunté que si ella, su pareja, montaba en bici. Me respondió que no, que la quería “engañar” y que a ver si así lo conseguía. Me resultó curioso el verbo empleado. Yo hubiera utilizado: “motivar”, “seducir”, “animar”…pero “¿engañar”?.

Sí, desgraciadamente cuidamos bien poco el vocabulario, las palabras que pronunciamos sin darle apenas valor, tienen mucha importancia, porque es ahí, en el vocabulario que empleas donde expresas lo que quieres.

Por ejemplo, la palabra utilizada por este chico. Si te paras a pensar en el “engaño”, en cuanto descubres el sentido de la palabra, ya no te apetece ni un segundo indagar más.

Me quedé un poco pensativa y aunque no era mi batalla, me brotó del alma contestar, responderle, no dar por finalizada la conversación y añadí. -Pues yo, en mi vida, quiero un ciclista, de cuerpo firme, piernas fuertes y corazón noble. Un hombre que le guste la bici, que la disfrute como yo, porque no hay mejor sensación, que compartir algo que tu amas, con alguien que camine junto a ti. – Y por eso jamás emplearé el verbo “engañar” en algo que me hace tan feliz. –

Se quedó pensativo y cuando los caminos se bifurcaban. Le di las gracias de corazón, añadí que había sido un placer la ruta que me había mostrado y que era el regalo del día.

Hice ademan de marchar, pero entonces, ese hombre grande y corpulento, cercano y atento, se quedó parado como una estatua y me miro, retuvo mi mirada y pasados unos instantes, que a mí se me hicieron eternos, se despidió con la mano y en ese momento, comprendí lo que aquella mirada me había querido decir.

No será ni el último ni el primer ciclista que camine a tu lado. Ten por seguro que pocas veces los sentimientos son tan afines y se expresan de forma tan espontánea y particular.

Porque cuando tu compartes algo con lo que te sientes volar, de una manera tan profunda y llena de verdad, ten por cierto que al otro lado siempre habrá  alguien , que le guste lo tuyo, como a ti, o más y será muy difícil que la vida no te lo quiera regalar.

¡Arriba ciclistas!

bicicleta

 

 

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Una mujer, una madre, una vida.

Hoy es el “Día Internacional de la Mujer” y a mis estupendos 50 años, quiero desde aquí lanzar mi voz hacia todas las mujeres y en especial a las de mi edad.

A las mujeres que nos adentramos en esa etapa madura, por un lado, difícil de asumir, pero, por otro lado, mucho más tranquila de llevar.

Mi cuerpo está cambiando, más por dentro que por fuera. El exterior, de momento, permanece igual no sé si es bueno o malo lo que si se es que a mí me da un poco igual. Mientras pueda seguir con mi bici, correr por el campo y subir a mi sobrino Tin en brazos… ¿Qué más puedo pedir?

Sin embargo, esta sensación tan idílica no acaba aquí, hay un sentimiento extraño y profundo que transita por mi estómago se para en mi mente y alerta a mi corazón. Todavía querida amiga te quedan muchas cosas por hacer, no porque estés obligada, ni muchísimo menos, sino porque eres una mujer inquieta y avanzada, que no te conformas con lo primero que llega y siempre quieres más de lo que la vida te ofrece y tú siempre estás dispuesta a conseguirlo cueste lo que cueste.

Esa sensación ten extraña que no acaba de encajar, es al que me motiva aún más para continuar. Hacia arriba hacia adelante y no mirar hacia atrás.

Ayer me acordaba de mi madre de mi querida madre. Me vino a la mente una foto que guardo en mi interior, como oro en paño y que aparece en mi retina, muchas más veces de las que me podía imaginar.

Es de mi madre en lo alto de un mirador, bikini amarillo con unas modernísimas gafas de pasta color marrón. Posando frente a la cámara, a su derecha está mi primer novio, ella le tiene sujeto por la cintura y le mira de soslayo, se debe sentir muy joven y su mirada descarada la capto 30 años después.

No me enojo por su coqueteo, al revés siento su vibración lo joven que se sentía y lo mujer que era y que es. Tan solo tenía 50 y para mí era la más guapa de todas y ella lo llevaba de una forma sana y muy natural.

Y pienso en ella tantas veces, que me entran ganas de llorar porque era feliz a esa edad o por lo menos yo lo recuerdo así. Madre de cuatro hijos, con un aborto entre medias y tan lozana y llena de vida.

Estoy segura que no pensaba que entraba en ninguna etapa. ¡Estaba ella para pensar…! Y siento su energía y vitalidad y se me pasa ese gusanillo incómodo, que me recuerda ahora más que nunca donde estoy.

Gracias madre por ser como eres, por tu lucha en silencio, por tu saber estar. He tardado muchos años en reencontrarme, en reencontrarte y hoy, un día tan especial solo quiero decirte que eres una madre maravillosa y que estate tranquila de que tu hija logrará todo lo que tú no pudiste ni rozar, por mil razones que ahora dan igual.

Tus hermosos y profundos ojos azules están iluminando mi camino y tú vas a seguir ahí, hasta que tus manos se desprendan de las mías y sin presencia sigamos sintiendo que seguimos aquí.

 

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Divorcio a los 85.

Mamá vale ya de hablarme mal de papá. Entras en bucle y no consigues nada.

Ya hija, pero es que es terrible estar con un “ser” así. No habla, no dice nada, le tengo que sacar las palabras con cuenta gotas.

Igual, mamá, ¿Es que no tiene nada que decir? O quizá: ¿no sienta ganas de vivir? Le responde su hija en tono airada, porque no soporta tanta queja, cada vez que le responde al teléfono.

No digas eso. Lo que pasa que es un aburrido y un sieso y no le gusta hablar.

Muy bien; entonces ¿Qué propones? ¿Estar martirizándole todo el tiempo? Porque igual, no estaría de más, que buscases la manera de sobrellevar el día a día sin depender de nadie, solo de ti.

Es que todas las cosas que me gustan hacer dependo de él. ¿Estas seguras de ello? Le hace reflexionar su querida hija, que le duele lo mal que se llevan y lo poco que tienen en común.

Pues sí. Ir a ver una exposición o que me lleve al teatro o ir a cenar a un restaurante bonito.

Muy bien, mamá. Para hacer todo eso hace falta un “chofer” que te acompañe y te de conversación y como ese “chofer” se ha jubilado. ¿Qué te parece si comenzamos por dar un paseo cerquita de casa, ver una película frente al televisor o con el ebook que te regalaron los Reyes, bajarte un buen libro que, con él, sí que vas a poder viajar?

Hija mía: es que continuamente me vienen pensamientos terribles hacia él. Vale, pues te voy a proponer otra cosa que he descubierto hace bien poco y que me está viniendo de maravilla.

Dime hija mía: que ya sabes que, si está bien para ti, igual yo también lo puede hacer.

Vale mamá. Escúchame con atención. Lo que yo he descubierto se llama meditación. ¿Y eso que es? Es una forma de desconectar de todos los pensamientos y dejar la mente en blanco.

Que bien suena. Dejar por un momento de pensar cosas terribles y poderme relajar. ¿Y eso cómo se hace?

Sentadita en una silla, cierras los ojos, cronometras 10 minutos ( este tiempo es solo al principio, luego puede ir a más)  en tu reloj de la mesilla. Pones las manos sobre tus piernas y durante ese tiempo solo te concentras, en la entrada y la salida del aire que pasa a través de tu nariz.

¿Y tú crees que eso me va a servir? Pues todo depende de las ganas que tengas en dejar de pensar en cosas malas y negativas.

Y ahí se quedó la conversación, entre la madre de María y su hija.

Ha pasado un mes. El chofer sigue sin conducir, pero la madre de María, se ha olvidado de comer en vajillas de plata, de las palomitas que dan en la entrada del cine y los cuadros de los museos, los ve en tecnicolor, cada vez que cierra los ojos y se acuerda de su respiración.

Su vida, en general, no ha cambiado mucho, sin embargo, su forma de sentir ha dado un giro radical y cuando de repente, en un ataque de los suyos, le entran ganas de romperle la cabeza, con el mando del televisor.

Cuenta hasta tres, siente su respiración y se acuerda de las palabras sabias de su hija y se da cuenta de que el reloj de su mesilla sigue donde lo dejó y que todavía es capaz, de poner la alarma a las diez.

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Todos llevamos dentro un hada muy especial.

Como todas las mañanas desde hace ya una semana, salgo a trabajar a un lugar muy peculiar.

Todavía es de noche y no se ve un alma por la carretera por la que me dirijo feliz a mi nuevo trabajo. Me gusta abrir la ventana, a pesar del frío que hace fuera y sentir la brisa sobre mi cara.

Voy escuchando una emisora donde se habla de política, sociedad, deportes etc. De una forma muy distendida y siempre hablo con el locutor. Me cae muy bien. Hace muchas preguntas a sus oyentes y yo le sonrío; le cuento como he pasado la noche y las ganas que tengo de comenzar.

Aparco en una zona donde hay muchos árboles. Como tengo la suerte de estar en la sierra de Madrid; mire hacia donde mire, me encuentro con las montañas que están casi bajo mis pies  y en mi descanso matinal,  salgo como una escopeta y me dirijo por entre las casitas del pueblo, a una zona que está a apenas 10 minutos y hablo con las hadas que hay en ese pequeño bosquecillo.

Son de muchos colores y salen de entre las piedras rocosas para darme los buenos días.

Ayer no las vi. Hacía mucho frío para estar ahí, pero yo les dejé un poco de comida, un rico bizcocho que por la tarde cociné con mi amigo Juan. Es repostero y siempre que le llamo para que me haga algo especial, sin pensárselo dos veces y entre azúcar, huevos, harina y leche, montamos unas en el fogón, que así luego se queda la cocina. Pero a mí me da igual porque hay un olor tan rico que me entran ganas de no salir de ahí

Esta mañana no he podido ir a trabajar; me ha dado en la espalda una fuerte lumbalgia que he tenido que ir a urgencias porque no aguantaba el dolor.

Me he sentido, rara, extraña y con una sensación que era nueva. He echado muchísimo en falta a mis nuevos compañeros, mi cafetito de media mañana y ver a las hadas en el paseo.

Así que me he parado a sentir, a que se debía ese fuerte dolor y que es lo que ese parón imprevisto quería decirme.

Lo he sentido muy claro. El pasado ya no es para mí, el presente, mi nueva vida, el trajín laboral, la incertidumbre de saber lo que nuestros jefes van a querer de cada una de nosotras, porque parece extraño, pero todas somos mujeres, grandes mujeres, diferentes, genuinas y especiales. Y ante todo cuatro mujeres.

Ese es mi nuevo lugar, donde quiero estar y este parón de un día o de quizá dos; me ha ayudado a despedirme de lo que fue y ya no será y a coger si cabe con más ganas, mi nueva vida en el mundo laboral.

Y es que ayer, cuando el doctor palpaba mi espalda para ver donde sentía el malestar. Se acercó una hada verde, silenciosa, relajada. Para decirme que no me preocupara, que este médico también era de los suyos, solo que disfrazado con bata blanca y que escucharía mis palabras sin parpadear.

Al principio no la entendí. Hablaba muy bajito y su susurro me despistaba.

Pero cuando el doctor, al cabo de casi cuatro horas de permanencia en el hospital. Me llamo para darme los resultados. Me dijo que todo estaba bien y de forma un tanto extraña, me pregunto qué a que me dedicaba, le dije que era Community Manager y que adoraba mi profesión.

Me miro a los ojos y me respondió que era la primera persona, a lo largo del duro y frenético día que llevaba, que le contaba algo interesante de su vida y que a simple vista podía adivinar que no era solo en mi entorno laboral. Que se notaba (palabras textuales) que yo era de las que disfrutaban a tope de todo lo que hacía.

Ahí me di cuenta de que él también era de otro planeta, seguramente de alguno cercano al de mi hada particular.

Después me pidió consejo sobre la empresa online que acababa de crear. Era una pequeña discográfica y su objetivo era promocionar a sus músicos preferidos.

En ese punto detuve el tiempo y sentí que ya no era mi médico, sino que se había convertido en mi “paciente” y que yo era, en ese mágico momento, el profesional. Me escucho muy atento. Me dio las gracias, le di la mano y al salir me dedico una gran sonrisa.

Cuando me dirigía a recoger el coche del aparcamiento del hospital hice un resumen de todo lo que había pasado ahí dentro.

Mis compañeras de apenas una semana me habían mandado un WhatsApp diciéndome que ya me echaban en falta, la paciente con la que había coincidido en la sala de curas y que una hora antes me había confesado de donde le venía su terrible dolor de cabeza, y yo simplemente me había atrevido a rozarle un poco su corazón interesándome por su dolor; antes de irse me dio las gracias por mi sugerencia y con un brillo especial en su mirada se despidió.

Y comprendí que todo la “medicación” que me habían metido por vena con un goteo y la inyección que atravesó mi dolorido glúteo no era otra cosa que energía vital, paz interior y savia fuerte y renovada para comenzar este nuevo proyecto como lo hacen los seres especiales, los que hablan con hadas y criaturas genuinas y diferentes, las que viven camufladas en el mundo de los vivos pero que solo muy pocos, los elegidos, somos capaces de visionar.

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