Bucear en nuestras profundidades

Me dirijo a mí toalla, después de haber nadado casi 1 km, junto al árbol donde he colocado mis cosas, se encuentran dos mujeres de mediana edad conversando animadamente.

Nos separa a penas un metro, puedo escuchar sin esfuerzo toda la conversación, no tengo el más mínimo interés, sin embrago, comienzan a hablar sobre algo que me atañe, que me provoca una dura sensación.

Está por todos lados: en los medios de comunicación, en el supermercado, entre los amigos, en la comida familiar.

Continúan las amigas con su charla. Hablan de una pareja, ella muy joven en comparación con el hombre que le dobla casi la edad. Muy enamorados los dos.

Él la colma de atenciones,  ella se deja llevar y según logro escuchar, la joven está encantada y llena de felicidad.

Pero en un momento de la relación, ella ya no siente igual. En su pareja, al parecer, la emoción del momento se ha trasformado en posesión.

De forma inconsciente, mi cuerpo se pone en alerta, eso me suena, estoy a punto de entrar…Pero no las conozco de nada y sería una falta de educación.

Una de las mujeres hace top lless, tiene una voz muy agradable, escucha atentamente a su amiga, y mantienen, sin alterarse,  la conversación.

Responsabiliza a la “chica”, que ya no está enamorada y que realmente no le gusta como al principio. La otra mujer piensa igual.

– A veces una siente una cosa, y a la mañana siguiente, se le puede pasar-. Su amiga asiente con la cabeza.

A el marido,  no le hace gracia que vaya con sus amigas, y cuando la chica sale del trabajo, él la pasa a buscar-.

Se nota que está muy enamorado, eso nunca lo ha hecho Javier, y ¡anda que no me hubiese gustado!-.

Le disculpan, no se ponen en el lugar de la chica, y lo peor de todo, es que seguramente ellas, lo sienten así.

-Las chicas jóvenes, se vuelven caprichosas y hoy te quieren y mañana no-.

Al ratito,  recogen sus cosas y se van.

Por la tarde, me doy un paseo por el pantano, coincido con un niño de mediana edad. Me pregunta si uno se puede bañar. Le digo que no, que de ese embalse se saca el agua para beber.

-¿Por qué entonces vas en bañador? –

-Para ponerme morena, según voy  caminando por el-.

El niño me mira extrañado y se va.

Según le veo alejarse, para a tres ciclistas, les interroga igual.

Ellos le responden haciendo un poco de “trampa”.

-Si no te ven, te puedes mojar los pies, pero que no te vean, porque si no te regañarán-.

Me quedo observando la escena, ellos me ven igual, al retomar la marcha con sus bicis pasan a mi lado, ni si quiera me han mirado. Saben que también he estado hablando con el pequeño.

No entiendo muy bien la descortesía. Observo como se alejan.

El más alto de los tres, comentan que no se atreve a decir nada, no le vayan a denunciar. Los otros dos se ríen.

-Menudo está el panorama. En mi oficina hay que tener un cuidado, porque a la mínima “te la lían”-.

El final de la frase, se me clava como una espada. Y entonces, solo entonces, comienzo a hilar.

La sociedad en general, no comprende la demanda de las mujeres.

 Esa justicia soterrada, tejida sobre un hilo invisible, que sintiendo como la aguja cose esa camisa que sujeta las manos a la espalda, sin posibilidad de escapar, es capaz de no dar la cara, y volver a colocar el sedal.

¿Qué estamos haciendo mal? ¿Por qué es tan difícil de entender, que cuando algo duele y causa tanta indignación, es importante, parar, alejarnos del lugar, y asumir nuestra parte de responsabilidad?

Sentir lo que pica por dentro, lo que escuece, lo que más nos cuesta mirar y hacer un ejercicio, adentrándonos en nuestra cueva, y de la misma manera que los “jabalíes” de Tailandia.

Llegar a lo más profundo, para luego desde ahí bucear a la superficie, para que con los brazos abiertos de par en par, fuera camisas, nos reciba el aire puro, y comencemos de nuevo a respirar.

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Una caricia al día

Me dispongo a regar las plantas de la terraza, cuando una suave voz  infantil, me lanza palabras inteligibles. Me asomo, el niño mira hacia arriba, es Javier, un  vecino que vive justo debajo de mí.

Le miro, le sonrío,  hago muecas con la boca, expreso mi alegría con las manos. El niño no deja de repetir esas palabras, que por más que me esfuerzo, no logro entender.

Esta su madre junto a él, parece que tampoco le entiende bien, su padre un hombre bastante alto y orondo, me devuelve la sonrisa desde abajo. Lo descifra rápidamente: -¡Eres su favorita!-

Sigo sin entender muy bien. -¿Cómo que su favorita? –

En el corrillo que se ha formado (es la hora que vuelven de la piscina), está también Beatriz, otra vecina que vive en el portal de al lado.

Me encanta la familia que tiene. Es una mujer joven, no debe de llegar a los 35 años, casada con un chico tranquilo, formal, muy educado y son padres de dos niños maravillosos.

Vuelvo a insistir en el significado de la frase de Javier, la madre de los otros niños me mira con emoción.

Laura: ¡Que tú eres la favorita de Javier!-  

Me recorre un escalofrío por toda la piel.

Sabe que adoro a los pequeños, que me encantan los niños en general, pero los de estas dos mamás, es que no puedo más…

Les encuentre donde sea, en el mismo portal, jugando con Racuna (la gata que vive en  el jardín) y de la que todos ellos son súper fan, o a punto de marcharse  en el coche con mamá.

Me llaman por mi nombre, y yo… ¡No os podéis ni imaginar! Lo contenta que me pongo, cuando siento que su demanda, es tan grande como la mía.

Laura: -Eres la favorita de Javier.- -Pero no solo de él, mis hijos te adoran igual, tienes algo que les envuelve, que les hace sentirse especial.

Desde arriba, apoyada en la barandilla del balcón, las piernas me flaquean y comienzan a temblar, me aferro a sus palabras y se me hace un nudo en la garganta. ¿Cómo puede ser, este sentimiento tan limpio y sincero?

Le digo que no siga, que pare de hablar, que hoy me he levantado muy “tierna”,  y que como siga así, me echo a llorar.

-¿Y qué pasa por qué llores, acaso los niños se van asustar?-

Nos despedimos en silencio, un simple cruce de miradas, ella me ha entendido, y yo asiento también.

Me dicen adiós los cuatro niños con la mano, los observo verse marchar, cada uno desaparece dentro de su portal.

Esta noche le pediré al hada, que duerme junto a mi cama, que no se vaya acostar, sin antes repartir dulces sueños  y tranquilidad, en las habitaciones de los pequeños, un beso a cada uno en al frente y poco más.

Es la hora de dormir, repaso lo que ha sido el día y descubro que hay caricias sin manos, gestos que dicen más que palabras y palabras que no se pronuncian, pero suenan más fuertes, en la boca de un niño, que todavía ni siquiera,  ha aprendido a hablar.

 

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Otro tipo de “manada”

Corría el año 1988, lo recuerdo como si fuera ayer. Una madrugada de verano, salía de trabajar, de una terraza de la sierra, poniendo copas hasta las tantas.

Había que pagarse la facultad y esto me ayudaba a tener un dinero extra.

El año anterior, lo había dejado con el “amor de mi vida”, o eso pensaba yo, y mi hermano Julián, preocupado por mi malestar, me animo a que me despejara un poco, y comenzará a conocer a más gente. De ahí que eligiera un lugar donde se reuniera mucha gente.

Le hice caso, y fue un verano muy especial.

Hacía dos semanas que estrenaba moto, para ser más exactos, me acababa de comprar con mis ahorros un vespino.

La compré de segunda mano y fui la persona más feliz que os podéis imaginar. Y digo fui, porque me duro muy poco, se la robaron a mi hermano a los dos meses escasos, pero bueno, eso es otra historia.

Me daba libertad y podía volver de “currar” sin depender de nada y de nadie…Pero esa noche se truncó.

De vuelta a casa a eso de las 3:30h de la madrugada, la moto comenzó a desacelerar. Procuro mantener la calma, pero esto no pinta bien.

Se detiene en seco, no me deja ir ni para adelante ni para atrás. Se me encoje el estómago, no sé muy bien que hacer. Intento de nuevo arrancarla, pero algo me da, que esta vez no tiene solución.

Me he quedado sin gasolina, y ya no puedo volver al bar. Valoro la situación, para llegar a casa con la moto arrastras, por lo menos me llevará, más de media hora, lo mismo para la primera gasolinera…No sé qué hacer.

Ya son las tres y media de la mañana, ni un alma por todo el pueblo. Podría llamar a alguien o enviar un WhatsApp,, pero es que hace casi 30 años, no existía ni Internet.

Procuro mantener la calma. Es miércoles, en casa estarán todos dormidos, no sé qué hacer…

A lo lejos diviso un coche, la música suena en el silencio de la noche, se para a mi lado, echo un vistazo general. En un Citroën 2CV de los años 80, van cinco chicos, dos delante y tres detrás, se les ve muy animados.

-Hola. ¿Te ocurre algo? –

Me he quedado sin gasolina, vengo de trabajar, y estoy un poco lejos de mi casa. –

¿Si quieres, te podemos ayudar? –

Pienso deprisa, estoy un poco asustada, no tienen mala pinta, pero no sé si me puedo fiar.

Se mantienen discretos, como si no me quisieran violentar, permanecen dentro del coche, a una distancia que me ayuda a pensar.

¡Vale! Les respondo, un poco asustada. – A ver si tenéis más suerte que yo. –

Uno sale del coche, y muy educado, casi sin rozarme, me pide que si le dejo la moto, para poderla arrancar.

El acento que tiene me hace sonreír.

– Vosotros no sois de aquí… ¿Verdad? –

– ¿Cómo lo has adivinado? – Somos cordobeses, con mucho orgullo y poco dinero. –

Los cinco se echan a reír, y mi estomago comienza a fluir.

-Está claro que le falta gasolina – Si quieres te podemos acompañar a la gasolinera más cercana.

Se les ve dispuestos y no me queda otra opción…

– ¿Como habéis pensado hacerlo? La moto, no la voy a dejar  y dentro no creo que quepa. –

Se ríen, me dicen que no me preocupe, que me ponga de copiloto y el que ocupa ese lugar, se subirá a la moto, se agarrara con la mano a la puerta de mi lado, y así conducirán hasta la gasolinera.

Le digo que sí, pero que, con una condición, que me den sus D.N.I para quedarme más tranquila.

Los cinco me los entregan sin rechistar. La verdad, que fue una idea bastante absurda, pero en aquel momento, yo necesitaba, contar con algo que me diera seguridad, era joven, inexperta y la situación tampoco me daba mucha opción.

Voy en el asiento del copiloto, con sus tarjetas de identidad, como si se trataran de estampitas de la virgen, y de un momento a otro me fuera a poner a rezar.

El conductor es muy amable, no para de gastar bromas yo creo que siente lo nerviosa que voy, y quiere hacerme sentir mejor. Le voy indicando el camino, a la estación de servicio.

Por fin llegamos, me bajo del coche, y como si fuera Fernando Alonso y estuviera en el box de su Fórmula uno, no me dejan ni mover un dedo y son ellos los que se encargan de todo: llenan el depósito, ponen la moto en marcha, van a la caja a pagar…

Cierro los ojos y cuando los vuelvo a abrir, la moto está alimentada y arrancada sin más.

Los cinco, como si pertenecieran a una escudería, y fuera todo tan normal, se sitúan frente a mí, me entregan la moto, me dicen que ha sido un placer. Me quedo anonadada, no sé ni que decirles, ni que hacer, han sido tan generosos, que no se, ni que responder.

Les doy un beso espontáneo a cada uno, que vuelvan mañana a la terraza donde trabajo, que están todos invitados, a una ronda, dos, y tres.

Esbozan una sonrisa, pero no se quieren marchar, sin antes acompañarme a mi casa. Un poco desconfiada todavía, les digo que no hace falta, pero ellos se empeñan en no dejarme sola.

Así que, como si de la escolta de Lady Di se tratara, me acompañan hasta dejarme en el portal.

Caballeros de arriba abajo, buena gente donde las haya, seres humanos grandes, muy grandes, que acudieron en mi ayuda, exclusivamente para resolver la imprevista situación.

Al día siguiente, a la hora fijada, se presentaron en el bar. Esta vez fui yo la que correspondió

Todos pidieron refrescos, menos uno, que pidió una cerveza con limón.

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El camino de la tortuga

Estoy citada a las 16:00 horas en una agencia de comunicación, para una entrevista de trabajo.

Estoy un poco inquieta, sin embargo, hay algo dentro de mi que late despacio y seguro, sin ninguna duda, se trata de mi corazón. Me mantiene alerta, pero ni se estresa ni se para.

Me decido por el transporte público, hacía tiempo que no cojía el tren de cercanías, y resulta toda una aventura.

Llega el tren a la estación, lo anuncian por megafonía, busco el andén, elijo un vagón al azar. Una vez sentada en otro asiento al azar, contemplo el paisaje, no hay mucha gente en mi vagón.

Observo a los pasajeros, siempre lo hago, en el metro, en el autobús, en las salas de espera…Imagino sus vidas, me invento las historias… Todos van con su móvil en mano: aburridos, cansados, risueños…

Se sientan dos veinteañeras, muy cerca de mí, las miro de soslayo, vuelven de un curso, algo relacionado con enfermería, se han subido en Ramón y Cajal, van comentando la clase de hoy, parecen alumnas aplicadas y aventajadas.

Siguiente parada, entran dos chavales de unos 10 y 12 años, ocupan los asientos libres, justo los que tengo en frente de mí.

El más mayor, parece un poco falto de entendimiento, habla entrecortado y ladea la cabeza cuando fija la vista, su compañero no.

El otro chico, un poco más joven, se le ve despierto, tiene el pelo de color rubio pajizo, los ojos son de un verde muy claro, y cada vez que le habla su amigo, me mira de una forma muy particular, que no logro descifrar, que es lo que me quiere decir.

En mitad del trayecto, me pide permiso, muy educado, para sentarse a mi lado, un poco tímido y quizá avergonzado.

Le respondo que sí, y dándolo por hecho, añado, que ir en contradirección es un poco molesto, y que produce mareo.

Muy tajante me dice que no…- ¡Bueno: igual te da mal cuerpo! –

Obtengo la misma respuesta, así que prefiero esta vez, permanecer callada.

Las chicas de enfrente me miran y sonríen, les debe parecer un niño encantador, como a mí.

De repente introduce su mano, en uno de los bolsillos de su chaqueta, y con una expresión llena de sorpresa y emoción me muestra su obra de arte, el regalo que le tiene preparado, a su mamá.

Me quedo perpleja, por un lado, la escena me resulta un tanto surrealista, pero al mismo tiempo, algo me dice, que lo deje estar y que aguante hasta el final.

Atónitas las chicas, se vuelven a mirar y asintiendo por igual, aplauden en silencio lo que nos acaba de mostrar.

Es una preciosa tortuga de vivos colores, a simple vista, parece de plastilina, el artista me dice que no, que está realizada con Fimo. Me explica, que se trata de una pasta parecida a la plastilina, pero que, a diferencia de esta, se cuece y se vuelve dura.

Me recuerda a mi sobrino, me explica todo con tanto detalle ,que es como si me conociera de toda la vida. Comienzo a estar  un poco abrumada. La confianza que derrocha, no me resulta muy normal.

Las chicas con sus sonrisas me tranquilizan, les debe de resultar una escena muy peculiar, y al mismo tiempo deliciosa.

El niño continúa con su discurso…

Los colores son los preferidos de mi mamá. – Y…- ¿Has visto la colita que le he puesto? – ¿A que es muy graciosa? –

Me encanta, la verdad, nunca se me hubiera ocurrido hacerla igual. –

Le respondo sin saber muy bien lo que le digo, ni para qué. Me tiene completamente absorta en su descripción y me siento un tanto descolocada.

Tenía pensado, ponerle un imán, para colgarla en el frigorífico, pero me daba miedo que se fuera a caer. –

Mejor que la coloque sobre su mesilla, que de ahí no se irá. –

Sus ojos están llenos de vida y me describe todo con tanta pasión, que no puedo apartar la vista ni de la tortuga, ni del artista.

Y ya para terminar, debe de darse cuenta, de que me bajo ya, me dice que el material es duro como el acero, pero que, si se cae, se rompe como el cristal

Estás últimas palabras, se me graban en la piel…Duro como el acero y al mismo tiempo frágil como el cristal…

Llega mi parada, me despido de él, de las chicas “auxiliares” y de su compañero, que no ha abierto la boca en todo el trayecto.

Me acompaña su mirada, hasta que se abre la puerta y salgo del vagón.

Estoy confusa, mi cabeza no entiende lo que dice mi corazón. Me encantan los niños, eso se debe de notar, se sienta a mi lado y se me pone a hablar…

¡Qué señales nos lanza la vida y de que formas tan especiales, de la mano de un niño y con su “tortuga” particular!

Lenta, segura, llena de vida, fuerte y a la vez frágil…pasito a pasito llegará, a la meta, a su ritmo…despacio, muy despacio…pero al final lo conseguirá.

 

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Las “alas” del hospital

Más de un mes lleva mi madre en el hospital.Entró con una “simple” neumonía de fin de semana, y ahí sigue. Los bichos, como yo les llamo, han instalado la tienda de campaña en una zona “muerta” de su pulmón, y se han tomado unas vacaciones, como si estuvieran en Benidorm.

Es la segunda vez que pasa por ahí, hace justo 7 años, que la tuvieron que intervenir, solo estuvo 7 días, pero fue la primera experiencia fuerte que tuve que vivir y salí airosa, pues antes de que entrara, no sabíamos lo que podía ocurrir.

Ahora es distinto, soy una mujer más adulta, tengo más aplomo y la conciencia que viene y va, de momento, está controlada y no me permite perder el norte; ahí que estar ahí y ahí estamos todos y quizá más, de lo que yo pudiera esperar.
Se hace largo, muy largo, pesado; muchas veces piensas, que no puedes más. Sin embargo, sientes que es más de cabeza, que de corazón.

Hacemos guardia todas las noches, con mis hermanos y mi padre. No hay timonel, ni líder, ni portavoz, ni siquiera una simple hoja donde cada uno tenga su quehacer.
No hace falta, funcionamos a la perfección. Cada uno sabe, la responsabilidad que tiene entre manos y nadie decae, al revés, es una cadena, sin fisuras, sin roces. Con los eslabones bien sujetos y apretados.

En el hospital hay un ejército preparado para intervenir: enfermeras, celadores, doctoras y doctores. Caminan por los pasillos, se paran en el andén y se suben al tren que les toca, allí hacen su labor, hasta la siguiente estación y luego cogen otro tren.

Hay una máquina de bebidas al final del pasillo, selecciono un expreso con leche.
Me lo llevo a la habitación, mi madre está desayunando en silencio. Le cuesta mucho masticar. Se pone nerviosa porque no sabe cuándo va a terminar. Le digo que tiene todo el día, que no hace falta que corra.
Eso le da igual, quiere esta aseada antes de que venga la doctora. Finaliza su café con tostada.

Nos dirigíamos a la ducha, coge su andador, es como mi bici, último modelo. Lo maneja como una profesional.

En la ducha se sujeta fuerte del agarrador que hay en la pared. “Nos enjabonamos”, ella por arriba yo por abajo. Me recuerda a los túneles de lavado, cierro los ojos y siento el contacto de su piel.
Tiene el cuerpo moreno, está llena de pequitas, su piel es muy suave y tersa, y dura; dura como el acero y según vas bajando a la altura de las rodillas se vuelve seca…Seca como un desierto. Si la observo detenidamente, me pongo a llorar…

Así que, dejo de pensar y cojo la esponja con brío y cuidado y recorro sus piernas de arriba a abajo.
Me asaltan recuerdos de la infancia; cuando nos colocaba en fila, a mis hermanos y a mí. Y como si fuera una cadena de lavado, nos enjabonaba y nos aclaraba a una velocidad que era increíble la energía que derrochaba.
Ahora nos toca a nosotros. Cada mañana la asea uno. La dejamos niquelada. Ella se sienta, orgullosa en su butaca. Me mira con emoción. No quiero que me vea, porque a veces, no puedo más…

Me sobrecoge la escena, los papeles se han cambiado y parece que fue ayer, cuando se me ponía un nudo en el estómago, porque era la hora de comer y no podía abrir la boca.
Ella me jaleaba y al final, bocadito a bocadito, me comía todo el plato.

-Mami: ¿Que me miras? – Nada hija. Lo guapa que vas-.

Ha llegado la enfermera, la más profesional. Entra como un toro de Liria, nos saluda en un tono, que retumba la habitación. Sabe que mi madre, no oye bien…
Es de las nuestras; enérgica, profesional y sobre todo humana, cariñosa.

Hoy no me voy a aguantar, así que, en uno de los halagos que le dedica , le cojo con cariño del brazo, y mirándole fijamente a los ojos, le digo sin remisión: – de hoy no pasa, Raquel-
Me mira extrañada, pero ya he cogido carrerilla y no voy a parar.

-Ya he visto mucho, demasiado, diría yo, en este hospital. E igual que hay gente que no ama su trabajo, que está por estar, o simplemente forma parte de una cadena de montaje, donde es una pieza más. –
-Tú: no solo haces el trabajo, de lo más profesional, sino que tratas a mi madre, como si fuera la tuya y te quiero felicitar.-

Me mira a los ojos, me coge de la mano, y me dice que no siga, que se va a poner a llorar.
-No cariño, no voy a parar. – Porque en esta vida estamos acostumbrados a decir solo lo malo, a escupirnos, a arrojarnos las cosas feas a la cara y desgraciadamente, nadie dice lo bueno.-

-Así que yo de aquí no me voy, sin aplaudir  tu labor, el buen trato que das, tu disposición y por la luz que desprendes, cada vez que entras en la habitación.-

Sus ojos se llenan de lágrimas y en un suave susurro, me confiesa que ella nunca conoció a la suya …
Le miro fijamente, el tiempo se detiene. Le agarro fuerte de las dos manos. Me retiene la mirada, me habla sin decir nada, y en ese dulce momento, comprendo lo que vale la pena vivir, y me siento afortunada por cruzarme en la vida, con seres humanos, de tan elevada categoría emocional.

Gracias por regalarme este momento, por llenarme la vida de amor, por sentir el calor de desconocidos, que te ajustan un poco más las alas, esas que llevas a la espalda y les queda ya muy poco, para que echen a volar.

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Corten por lo sano

 

Son las 11 de la mañana de un soleado y extraño 28 de diciembre. Solo quedan escasos 4 días para despedirse del año y dar la bienvenida al siguiente.

Con un catarro como hacía tiempo que no pasaba, me dirijo a mi querida peluquería a teñirme el pelo. Si, un baño de color es una expresión más fina y delicada, sin embargo, la pura realidad, es que te ponen un tinte, ahora lo pido sin amoniaco para que no me abrase tanto el pelo, y durante una media hora, con el “ungüento” en la cabeza, observo lo que ocurre a mi alrededor.

No me gustan leer revistas del corazón, me aburren y me dan dolor de cabeza. Así que procuro llevarme un libro, o los ejercicios para perfeccionar mi inglés.

La chica que me atiende es un amor. Siempre son diferentes, aunque ya las conozco a todas.  Se diferenciar con precisión de cirujano, cómo me tocan el pelo y podría hacer una lista interminable, con la forma de ser de cada una de las ocho peluqueras, que a diario trabajan en la peluquería.

Me encanta cómo me tratan, ponen mucho interés en su trabajo y eso se nota y se agradece. Además, cuando cierro los ojos para lavarme la cabeza, con sólo rozarme con sus dedos, no solo se cuál es la que me está atendiendo, sino que adivino, si han pasado una mala noche, si tienen algún problema especial, incluso si la clienta a la que tienen que atender, les cae bien o mal.

Llevo desde el año pasado acudiendo y parece estar hecha para mí. Me siento cómoda y no me da pereza ir.

Y es que hay un ambiente especial. Sin ir más lejos hoy, según me estaban poniendo el “colorante”, ha ocurrido algo fuera de lo habitual. A pocos metros de mi sillón, una mujer de mediana edad, alta, delgada y con una expresión difícil de expresar. Le decía a su peluquera que le diera un buen corte a su pelo, porque poco le iba a durar…

Hasta ahí todo normal, sin embargo, acto seguido añadía: -la semana que viene, comienzo la quimioterapia y como se me va a caer, lo mejor es cortar, para que la próxima vez que tenga el valor de mirarme al espejo, no me lleve un susto de muerte-.

El silencio se apodera de la peluquería. Los secadores apagan sus motores, los peines se quedan en suspensión, las tijeras cesan su clic clac y yo, muda y sin respiración, no sé dónde mirar.

La vida se ha detenido en seco, y la única que continúa, es la protagonista de esta dura historia. Y como si se tratara de una película de ficción y nos hubiera tocado ser los espectadores, observamos quietos en nuestros asientos, cómo la actriz principal, le explica a su asistente personal, cómo quiere que se lleve a cabo la escena.

El asistente entiende a la primera lo que ella desea y en escasos 10 minutos, llega el “corten” de la claqueta.

No me atrevo a mirarla, pero ella me anima a hacerlo. Está guapísima, mejor que con su larga melena. Se mira encantada en el espejo y da su aprobación con suma distinción.

Me quedo pensativa. Al segundo aparece otra compañera. Escoba en mano, barre los mechones que han caído al suelo. Su melena rubia roza mis botas cuando el recogedor se acerca a ellos.

Ahí está tu vida anterior. Se han ido detrás de ellos. Me sobrecoge la imagen, la memorizo en mi retina, nunca me había parado a sentir la importancia que tiene el cabello, en la vida de una mujer.

Nos da identidad, no calienta el pensamiento, nos ilumina la expresión, nos acaricia al viento, nos protege de miradas, nos da seguridad…y podemos, libres, jugar.

-Corta por lo sano María, que yo haré lo que tenga que hacer-.

Me quedo sorprendida de cómo te puede cambiar la vida y de cómo la puedes llegar a percibir en un instante, cuando te toca tu turno y el tinte ya no tiñe del mismo color y las manos que rozan y aprietan  con sus dedos, tu cabeza, te despiertan de tu letargo y te confiesan que en esa acogedora peluquería, donde creemos que todo brilla, realmente se libran batallas a diario y cómo con unas simples tijeras, se lucha para devolverte la vida.

 

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Gracias por los obstáculos del camino

¿Cuántas gracias tenemos que darle a la vida, por ponernos en un camino duro, áspero, incierto, complejo. y ser capaces nosotros mismos, de salir de ahí?

Dura, terrible, amarga, desesperante ruta. Sin aliento, sin ilusión, sin ganas. Una batalla que no termina, que no se acaba de librar.

Ahí te encuentras solo, perdido, sin apenas segundos para sobrevivir.

Con la mirada vacía, el corazón roto, y con dolores tan íntimos, que ni siquiera te atreves a compartir.

Una vida que no llega, una rutina que no termina, y así un día y otro; hasta que, por fin, la parte del subconsciente, que todos llevamos dentro, y que resulta muy difícil descifrar. Te da la clave en un segundo rápido, y al vuelo, entiendes por primera vez que haces ahí, cual es tu cometido, y eliges de una vez por todas, si quieres salir.

Las señales son constantes y variadas, aunque algunas, se repiten todos los días: el vecino del cuarto, antes de que den las 10 de la mañana, llama por teléfono a alguien, probablemente a un compañero de trabajo, y mantiene una conversación, mejor dicho, un monólogo, que se extiende por más de una hora, quejándose de todo, pero, sobre todo, de la mala relación que tiene, con su mujer.

El vecino de al lado, tampoco lo tiene muy claro, y aunque “ya no grita” a su mujer, como antes, tampoco debe de llevar una vida muy grata. Porque sigue elevando la voz, hasta para pedirle un café.

Y esta mañana, la vecina del primero, a las 7:30 de la mañana, con un frío de muerte, abrigada hasta las cejas, móvil en mano y cigarro en la otra, también se tomaba un café “helado”, en la terraza, a pleno pulmón.

¡No soporto esta sensación de no avanzar, de estar estático y parado, sin rumbo ni dirección! Probablemente sea una simple sensación, porque lo que tenga que ser será, sin embargo, ya me he acostumbrado a no decaer, a sentir que este es mi camino: difícil, duro, imposible de comprender.

Hasta que conectas con algo, o con alguien que te da la solución, y aunque no sea inmediata, te das cuenta de que la vida es así, para los que tienen la valentía de parar, de observar, lo que ocurre en su interior, sin dejar de lado las vistas: a la montaña, a la playa, o a la vecina de en frente, que no suelta la toalla.

Todos repiten la misma historia, es muy complicado detener el tiempo, y retroceder, así que mientras seamos conscientes, de que todo esta en su sitio, aunque nosotros todavía no lo veamos, no desesperes, sigue tejiendo ese manto, no te compares, ni siquiera te permitas mirar a otro lugar.

Sigue de frente, hacia delante, no te esfuerces demasiado, que ya sabes lo que te vino después de superar el entrenamiento, y los dedos de tu mano se pararon, y no pudieron ni escribir un reglón.

Dale las gracias a la vida, no hace falta que la pidas perdón, y sigue hacia arriba, sin rumbo y sin dirección. No te hace falta, no hagas caso a los que te quieren ubicar, tu solito sabes perfectamente el cómo, y el cuándo, llegar.

Haz caso a las señales, a las que se encienden en mitad de la noche, cuando vas a tirar la basura al contenedor, o simplemente cuando estás sentado frente a tu ordenador, y ves como ya no escribes con un dedo ni con dos, sino que todos ellos se acompasan, como si fueran las notas de una partitura, que componen una sola canción. Porque ahora, escribes con las dos manos.

Tu VIDA la llevas escrita sobre la frente y es más interesante, mucho más, que las notas de esa pieza, que tienes delante, y de momento, no acaban de encajar.

¿Si supieras todo lo que llevas conseguido, y toda la gente que apuesta por ti? No dudarías ni un segundo, del camino que te ha puesto la vida, y que tu lo estás recorriendo, de principio a fin.

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