La mochila de Martín

Me sorprende una llamada recién levantada, es de mi hermano Juan, me pregunta, si hoy, después de la clase de baloncesto, me puede dejar a mi sobrino Martín. ¿A qué hora vendrá? Le pregunto, para hacerme a la idea de si estaré o no en casa, hoy tengo mucho trabajo y no sé a qué hora volveré.

Me dice que alrededor de las cinco y que esté pendiente de él, pues va a venir solo desde el colegio.

Me quedo un poco extrañada y me responde que sí, que acaba de cumplir 9 años y que sus hermanas mayores que él, lo hicieron más temprano (ir sin compañía a “casa de la tía”) y a ellas le vino les genial.

-Hay que darles responsabilidad a los niños y cuanto antes sepan manejarse solos, mejor- Responde mi hermano sin yo decir ni mu. Asiento con la cabeza, y aunque la conversación sigue a través de un auricular, él lo ha debido de sentir a la primera, porque se despide con un simple adiós.

Me quedo pensativa de cómo transcurren los años, pero no le doy demasiada pausa, para que no me pille de lleno y encima me haga pensar.

Voy muy justa de tiempo. Tengo que entregar un artículo. Hoy vienen mis padres a comer, han debido de olerse que venía su nieto y como viven muy cerca de aquí, se han presentado casi sin avisar.

A las cinco en punto suena el telefonillo.

– ¿Sí? -Soy yo tía.- Soy Martín. – Te abro cariño-

En medio segundo ya está aporreando la puerta, presurosa y emocionada, voy como un rayo a la entrada, pues, no hay cosa que más me guste que mi sobrino me venga a ver… Aunque sea por un rato, aunque tenga mil cosas que hacer, lo dejo todo y me dejo mecer.

Me recibe alegre, cariñoso, feliz. Nos damos un super abrazo. Siento su sudor, el olor a lápices y, goma de borrar. Hasta siento la pelota de baloncesto, que unos minutos antes abrazaba él.

-Tía: tengo que hacer deberes- ¿En qué cuarto me puedo poner? – Asombrada por la firmeza de sus palabras, vacías de toda vacilación, le respondo en el mismo tono y le indico que en el cuarto de invitados, si a él, le parece bien.

Ya está instalado y antes de que tenga cualquier atisbo de flaquear, le digo que su tía, tiene mucho que hacer y no se le puede molestar.

Zalamero, me responde, que hará todo lo posible, pero que no sabe si aguantará.

Cierro la puerta con sigilo y me voy a trabajar. No han pasado ni 15 minutos y ya le tengo detrás.

-Tía: una extensión de agua en la tierra ¿Es un océano? –

-A ver, Martin: tráeme el libro y muéstrame la lección de hoy-

Ya me conozco sus artimañas y con tal de no leer, prefiere que piensen otros por él.

Situo el dedo sobre el libro, justo en el punto donde está la definición. Él se ríe y sale de la habitación… ¡Cuatro veces repite la operación!

-Martín, no puedes interrumpirme más. O acabo el artículo, o eres tú el que lo va a terminar-.

Parece que mis palabras han causado el efecto deseado, puesto que ya no recibo más visitas.

A la hora exacta, se levanta de su silla, escucho el sonido de las patas sobe el parqué. Esta vez no va a mi habitación. Los abuelos dormitaban la siesta cuando él llegó y no les quiso despertar. Ahora escucha el sonido del televisor y alegre como unas castañuelas, entra en el salón.

Mi madre le recibe con efusiva emoción, le llena la cara de besos y el abuelo no se queda atrás.

-Despídete de ellos, cariño. Nos tenemos que marchar.-

Les vuelve a dar dos sonoros besos y con la mano les dice adiós.

Una vez en la calle, el niño, que ya no lo es tanto, coge carrerilla y en medio segundo, las ruedas de su mochila van a más de 20 metros de distancia.

– ¿A donde te crees que vas tan deprisa? – Le pregunto un poco enfadada. El niño no dice nada y yo no alcanzo a entender.

Después de varios intentos fallidos, con la misma cuestión, se para en seco y con un gesto brusco y malhumorado me suelta a bocajarro: – ¡Tía: ¡Ya soy mayor, y no quiero que me acompañes! –

Me quedo helada. Estoy a punto de alzar la voz, pero me aguanto las ganas y en vez de contra atacar, me quedo parada y reflexiono lo que me acaba de espetar.

Reacciono con rapidez y antes de verle atravesar el portal, le digo que no, que no se equivoque, que esta vez, es él, el que ha dirigido el trayecto, que yo solo iba detrás, viendo como manejaba, con destreza y decisión, esos 24 kilos, que es lo que debe de pesar la mochila rodante, que conduce a toda velocidad.

Ha causado efecto, pues se detiene antes de tocar el telefonillo y con esa cara burlona, decidido, sale corriendo hacia mí, me abraza con todas sus fuerzas y me dice: – Tía, yo también quería ir a tu lado, solo que ahora, como ya soy mayor, vas a ir siempre detrás. –

– ¿Y por qué no a la par y así no me tienes que esperar? – Le respondo muy segura de que esto le va a gustar.

-Vale tía: así me mola mucho más. –

Hace unos días era todavía un niño, de los que tienes que atusar para que haga las cosas y ahora, es increíble, lo claro que lo tiene y lo rápido que aprende, a ponerte en tu lugar.

 

 

 

Vista posterior.

Foto: Carlos Aparicio @desparpajofotografia

 

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Bimbo, el perro de Juan

Me mira desde abajo, es el perro de mi amigo Juan. Se llama Bimbo y es muy especial.

Me acompañó durante toda la noche, porque me quedé a dormir en casa de su dueño, simplemente dejé olvidadas mis llaves encima de la mesita del recibidor y ya no eran horas de molestar a mi amiga Lucia, que es la que tiene una copia de mis llaves.

De forma espontanea me invitó a subir. No lo dude ni un momento y le dije que si y me fui a su casa a dormir. Me dejó la habitación de invitados y él se fue a la principal. No me importó, al revés, preferí ser una invitada que dormir con él, porque, aunque hubiese sido lo más sencillo, algo me decía que era demasiado pronto para compartir esa parte de su casa.

Observe como estaba dispuesta mi habitación. Bimbo me seguía por todos los lados, su carita me era familiar y es que los ojos grandes, vivos y penetrantes, eran sin dudarlo, como los de mi amigo Juan.

De cuerpo fuerte, recio y robusto como un nogal también en esto se parecía a él. Yo me le quedaba mirando al trasluz y descubría con su ligero y firme movimiento a donde quería ir.

Era ya la hora de dormir, apague la luz y me disponía a cerrar los ojos, cuando Bimbo de un salto increíble, se tumbó a mi lado y comenzó a mirarme de una forma extraña.

Enseguida me di cuenta de que quería decirme algo, pero no se atrevía. Volví a encender la luz, me incorpore en la cama y le acaricie el lomo como cuando vivía con mi gato Manolo. Era algo que le encantaba y sobre todo le relajaba.

Comenzó a murmurar unas extrañas palabras, a penas inteligibles. Ladeaba su cabeza de un lado para otro y yo sin comprender demasiado, intuía que lo que me quería transmitir iba a ser difícil de digerir.

Le cogí en brazos, le susurre al oído palabras llenas de cariño y al final conseguí que se abriera.

Si. Un perro de unos 7 años me estaba hablando de su dueño, de lo triste que se sentía, de la cantidad de veces que había querido reconstruir su vida y no había sido capaz.

Me confesó que por la noche lloraba y se fundía y confundía en un llanto eterno que no le dejaba descansar.

Entonces Bimbo subía muy despacito las escaleras que daban a su habitación y con la cola intentaba espabilarle lamiéndole una y otra vez. Pero su dueño no se despertaba, seguía inmerso en un terrible sueño que solo las durezas de sus pesadillas lograban que volviera en si y se despertara empapado en sudor, la boca seca, agrietada y vacía, de un hombre que está, pero que no se ve.

Que quiere, pero no puede sentir, que está lleno de fuerza y vitalidad, pero el miedo y la angustia del pasado no le dejan ver, el maravilloso presente que tiene frente a él.

Has hecho bien querida María en no acostarte con él. La revolución del sexo mal practicado es lo que peor lleva y si tu no lo tienes claro, mejor dormir en la habitación de invitados, que compartir cama si luego no hay mantel.

Me gustas mucho María y mi dueño también, así que esta mañana cuando se acercaba la hora de desayunar le propuse a María que le despertara con un dulce beso en la mejilla, y como en los cuentos de hadas, pero al revés, porque aquí es la princesa la que le despierta a él.

Que le cogiera de la mano, contara hasta tres y se fueran muy lejos de aquí y consiguieran disfrutar de esa vida, que aquí en la tierra es imposible concebir.

Han pasado dos años desde aquel especial amanecer.

Bimbo mira por la ventana del salón y a lo lejos en ese mar inmenso que tiene frente a su terraza, hay un barco anclado en el puerto, de nombre “capitán”. No dice nada, solo mueve la cola y se alegra infinito por él.

perro y barco

 

 

 

 

 

 

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Permitido MUJER tener SEXO y GOZAR sin más

Baja la cuesta de la calle feliz, radiante, contenta, acaba de sentir algo muy fuerte y todavía no se lo cree.

Se mira en los escaparates que encuentra a su paso, se siente feliz, dichosa, mujer, mujer y mujer.

No era lo que esperaba, lo que siempre había vivido, ni mucho menos todavía se lo cree. Es una sensación distinta, diferente, que se mueve por dentro y no tiene explicación.

Ahora comprende a muchos hombres, desgraciadamente a día de hoy, todavía no es costumbre escuchar esa vivencia, del otro lado, y no es que quiera ser uno de ellos, ni mucho menos, es solo que se pone en la piel de la falta de “responsabilidad”, de sentir tu cuerpo al máximo y no tener que pedir explicaciones a nadie y mucho menos a los demás. Libre, dichosa, auténtica…alguna vez tenía que llegar.

Es increíble poder sentir así, todas las veces que ha sentido la pasión en el otro, el deseo, la lujuria, el ansia por llegar al clímax y jamás lo pudo comprobar.

Educada en un colegio de monjas, donde el primer beso era pecado si no había un compromiso detrás, llevar falda sin imperdible decía muy poco de ti, mirar por la ventana cuando salían los chicos del colegio de al lado una provocación y así una lista interminable de prejuicios, censuras y el NODO en cualquier cine, en esas tardes de verano en plenas vacaciones, te lo recordaba una vez más.

Estudiosa al máximo, “niña de papá”, divertida, sociable, compañera, delegada de clase una y otra vez… con un novio a los 16, otro a los 25 y así tres y cinco y muchos más. Y siempre igual.

Sin gozar, sin apenas sentir, sabiendo que eso no era normal y que por más que preguntara a sus amigas, ¿A quién sino iba a preguntar? nunca escuchaba un buen final.

Ellos aguantaban o disfrutaban, probablemente ella lo pensará así, aunque si dos no gozan uno se queda igual. Porque algo ella tenía muy claro : “descargar” era una cosa y otra muy distinta: sentir, gozar, entregarse al otro y comprobar que cuando te desinhibes, confías y te dejas llevar de la mano, sin importarte nada más, es mucho más fácil, que cuando el otro piensa en su propio deseo y no busca ir a la par.

Y un día llegó, no sabe muy bien cómo, ni cuando, ni siquiera el porqué, simplemente no le dio mucha importancia a la invitación de Luis y dejándose llevar por su buen humor, su alegría, sus ganas de vivir, generoso como era y buen amante de principio a fin.

Se subió a su barco, y como buen capitán, alzo las velas de proa y de popa, haciendo una entrada espectacular, deseoso de sentirla al cien por cien y conseguir que gozará como la que más.

No paró de arroparla, de cuidarla, de mimarla con todo lo que él sabía, poseía y ella se entregó, confió, no se acordó de la ropa que tenía que tender, ni de la hora de recoger al pequeño de su clase de ballet, no le importó que se hiciera de noche y que no fuera a sonar el despertador …

Aquella noche y todas las que siguieron después, fueron aventuras, sin desventuras; algo desconocido, asombroso, diferente, alegre divertido, sin angustias, sin tener que estar pendiente de dar placer olvidándote completamente de ti.

No parpadeo ni un segundo, solo unas pocas veces tuvo que cambiar de posición.

El atento en todo, quería complacer, pero con mucho amor y placer. Decía que le dejara gozar de su cuerpo, que la quería contemplar en todo su esplendor, le colocó un espejo enorme, algo que sabía le iba a gustar y la dejó contemplarse en una postura y en mil más.

Cuando acabaron lloró de emoción, pero esta vez sin lágrimas, al revés, muerta de risa se abanicó (hacía un calor terrible y eso que estaba puesto el ventilador), le abanico a él y le dijo …- ¿Sabes lo que me apetece ahora? ¡No te lo vas a creer! porque, aunque es un deseo más usual de un hombre, te lo va a pedir una MUJER.

Quiero una cerveza, un cigarro de los que tengo en el bolso y ahora vas a ser tú el que te quedes de pie. –

 

Los dos se rieron hasta el amanecer.

– ¡Dichosa mujer, que “jodía” que es! … ¡Me tiene loco, muy loco pero lo que más me gusta de ella, es que no es predecible, no hace planes, improvisa con todo lo que ve!

– Le gusta mi casa, dice que es un barco, un poco desordenado, pero que, desde arriba, desde el mástil más alto, se ve un mar adentro que no tiene fin… ¡-

Permitámonos esta OPORTUNIDAD que nos brinda la vida, dejémonos llevar y no pensemos en nada más.

 

mujer-libre

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Elegir una forma de VIVIR

Lucía ha quedado con una amiga en una terraza. Son las 8 de la tarde y hace una temperatura muy agradable. No es la primera vez que queda ahí. Le gusta porque está en medio de inmenso un jardín; hay animales de lo más variopintos y familias con niños campan a su anchas.

Ella observa las escenas que se van sucediendo como si se trataran de cuadros en un museo. Se respira un aire tranquilo, sereno, feliz

Su amiga se retrasa y eso hace que la atención del momento se haga más intensa.

Los pequeños juegan divertidos, ríen, elevan sus vocecitas sin apenas molestar, tienen entre 4 y 10 años. Van a lo suyo, se les nota felices.

De repente, como si de un cuento de hadas se tratara y hubiese cabida para algo más, una pareja de recién casados aparece en lo alto de la escalera que da entrada a la terraza.

Todos los presentes miran hacia arriba. Ella va de blanco inmaculado, él de frac. La lleva cogida por la cintura, sin embargo, lo que ella sujeta con fuerza es el ramo de rosas rojas, parece que no lo quiere soltar.

Los fotógrafos hace tiempo que llegaron, han estado eligiendo los mejores enclaves para retratar a los recién casados.

Niños, padres, bebes recién nacidos y una boda de por medio.

Lucia está embelesada con todo lo que ve.

A los pocos minutos de la inesperada “aparición”, uno de los padres, se acerca a su hija de escasos 4 años. La niña está absorta mirando a los recién llegados, aunque lo que realmente está captando su atención es el llamativo ramo de flores.

El padre desciende hasta quedar a la altura de la niña (detalle que capta con agrado Lucía) y con una cara inmensa de orgullo, le pregunta si le gusta lo que ve. La niña responde que si, sin parpadear.

Hay un ambiente singular, los niños están calmados dentro de su agitación, no paran de jugar ni un solo instante y en ningún momento se les ha visto pelear, enfadarse o mucho peor, ponerse a llorar.

Por fin aparece la amiga de Lucía. Su semblante es diferente a otras veces parece que le quiere decir algo y Lucía se da cuenta.

-Si cariño: este es el regalo que te tenía preparado, solo quería que TÚ fueras la protagonista de este cuadro.

Te observaba desde arriba, escondida detrás de aquel árbol. –

Niños felices porque sus padres lo están, una novia no muy segura del paso que ha dado agarrando fuerte su ramo para no despertar, sin embargo, él la sujeta de la cintura transmitiéndole seguridad. Una niña atónita, desde abajo observando la escena y de nuevo otro “protector” que la mira y le pregunta si le gusta lo que ve…

Aquí querida amiga; tienes la escena de lo que puede ser tu vida. Elige el lienzo que más te guste y ponte a pintar. Seguramente, conociéndote cómo te conozco, te querrás ir con los fotógrafos porque son los que están en distintos lugares y eligen la escena que más les vaya a gustar. –

elegir y vivir

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Unas alas para volar

Sentados en la terraza de un café, padre e hija charlan amigablemente. Hacía tiempo que sus estados de ánimo no confluían en algún lugar.

En escasos meses, habían perdido a sus seres más queridos en circunstancias muy similares. Alba dijo adiós a su marido en un extraño accidente de coche. En medio de la noche y en un lugar donde apenas transitaba gente, un animal invadió su carril, le embistió de frente y él no lo pudo esquivar.

A la madre de ella, también se le cruzó otro animal, este era de raza humana, sin cuernos, le fue a robar, ella se defendió y en su defensa perdió lo más valioso que tenía, su vida.

Ahora se consuelan tomando un rico café, ella con miel, a él le gusta con canela y hablan de lo que fue y pudo ser.

Es extraño como la vida te arrebata a tus seres queridos en un santiamén, sin embargo, en esto dos tristes desenlaces existe un eje común.

La muerte les sorprendió y ninguno sintió dolor. La navaja fue directa al corazón y la asta del toro, también apuntó muy directo y él no sufrió.

Los vivos, los que se quedan aquí no hablan de ello, ¿Para que? Saben muy bien que la hora de sus amores llegó a su fin, sin embargo, a los que continúan aquí, les quedan muchas cosas que vivir.

Ella, le pregunta al padre, que le gustaría hacer, él le responde que mejor le hable en presente. Entonces reformula la pregunta: -Padre: ¿Que quieres hacer? -.

La hija le mira de soslayo y descubre el hombre que fue y que todavía sigue ahí, dispuesto a luchar y a no dejarse llevar por la tristeza, la melancolía y eso amargos momentos que se quedaron muy atrás.

Unos hijos maravillosos, nada más y nada menos que tres, más ocho nietos repartidos por medio mundo y un perro, de nombre Sultán, que vive como un marajá y que quiere a su dueño todo y un poco más.

  • No me has respondido, padre: ¿Qué es lo que vas hacer sin mamá? –

No te preocupes Alba: aunque tu madre no está aquí, por la noche en medio de mi nublado sueño, me susurra al oído, me coge de la mano y me enseña las “paradas” que quiere que haga. Me ha pedido que visite a todos los nietos y que a cada uno le lleve un regalo especial. Que los escuche debajo de la almohada porque ellos también quieren volar.

Así que hija mía, me tendré que recorrer en los años que me queden de vida, muchas ciudades para poder llevar el legado de su abuela y también el mío, a tus sobrinos, a mis nietos, a los seres que más quiero, junto a Sultán.

– ¿Lo has entendido, hija mía? Claro papá-.

A mí también me visita Juan, pero él no llega de noche como mamá, él aparece por la mañana, cuando el café comienza a oler, me besa en la mejilla me da un pellizco donde sabe que me gusta. Y también me susurra al oído y me dice que cuando tenga miedo, me agarre de su mano y levante la vista al cielo, que ahí en lo más alto, hay dos seres muy especiales que me agarran muy fuerte de las alas, para que siga volando hacia arriba y que jamás que le dé la espalda a la vida.

– ¡Papá! -Dime hija. – ¿Tú sabes porque se fueron los dos a la vez? – Quizá cariño no se han ido y siguen aquí. – ¿De verdad lo crees así? – NO lo creo, es que lo siento así. –

alas mujer

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El silencio del reloj

 

Es el pequeño de cinco hermanos varones. Se ha abierto camino en la vida como ha podido. A base de mucho esfuerzo y trabajo. Nadie le ha regalado nada.

Recién separado y con un hijo varón de 16 años a su cargo, se desenvuelve como puede. A punto de rozar los cincuenta, comienza a verse canas en su pelo y en su barba.

Y se de cuenta de que los días pasan y no quiere perderse nada. Su relación con sus hermanos, es un poco distante, nunca encajo en el perfil de niño formal y su vida siempre se tildo de peculiar y especial … ¡Vamos! Que, para todo, era el “raro” de la familia, menos para su padre, que, aunque de una forma clara y directa , nunca le dijo lo que sentía por él, la verdad es que había un vínculo interno que era imposible romper.

Cuando paseando a solas se lo encontraba, en un pasillo de la casa, desayunando temprano escuchando la radio o viendo el televisor. Siempre sintió una admiración por el raro, distinto, por el especial.

Recuerda a su padre una y otra vez y ve en su hijo lo mismo que él veía, cuando todavía no le alcanzaban las manos para recoger los frutos del árbol, del jardín de aquella casa, donde pasaban los meses más calurosos del verano.

Eso lo está recordando Juan, esta mañana ante al espejo, mientras rasuraba su barba con mimo y primor.

Anoche le dijo su hijo que se arreglara un poco porque parecía un “homless” y no le gustó nada recibir el mensaje. Así que hoy se está tomándo todo el tiempo del mundo, en arreglar su descuidado aspecto.

Suena el móvil, es del grupo familiar de WhatsApp, es un mensaje de su padre, lo abre con mucha ternura y ve un video, raro en él, es de pocas palabras y menos de mostrar sus sentimientos.

Va leyendo frase tras frase y no da crédito de lo que lee.

Habla de la vejez, de perder la esperanza, de ya no ser lo que era antes y de no importar nada lo que venga después. Se le hace un nudo en la garganta, no quiere seguir leyendo y pulsa el stop. Su padre se está sincerando, expresando su sentir, diciendo muchas cosas que, a él, su hijo, le da mucho miedo oír.

No se lo piensa dos veces y le responde con todo su cariño, dándole ánimo, porque le queda mucha vida por vivir y que le quiere con toda su alma.

Se acuerda de su hijo, de cuando tuvo que luchar por él y a punto estuvo de perderle y de que volviera con su madre, que le hacía más daño que a él.

Pero al final triunfó y no quiere, ni siquiera imaginar que de nuevo lo volviera a perder y se agarra a su hijo, como a un clavo ardiente, con toda su fuerza y pasión

Deja el móvil sobre el lavabo y presuroso comienza a vestirse para ir a trabajar. Durante el trayecto, no puede dejar de pensar en la última frase        que le envía su padre: “La vejez comienza cuando el recuerdo es más fuerte que la esperanza”. Y si pregunta si su padre lo sentirá así o, por el contrario, lo que ansía son las ganas de vivir.

Cuando llega la noche y cansado de la rutina laboral, vuelve a mirar el teléfono, ve que ninguno de sus hermanos, ni siquiera el mayor, con el que se lleva tan bien, han hecho ningún comentario, sobre lo que su padre, se ha atrevido a expresar.

Se da cuenta de que probablemente a sus hermanos, esa forma tan sincera y desgarradora de trasmitir, no la han sabido encajar y el sentir desnudo, ha podido con todo lo demás.

Su padre le ha respondido en privado, no ha querido que ninguno hiciera comentarios y con una sencilla frase, le ha devuelto la vida, o quizá mejor aún, le ha mostrado por primera vez el camino a seguir.

Le ha llamado hombre, hombre, con todas las letras del abecedario.

“De niño eras bueno y ahora de hombre eres el mejor”.

Por primera vez le llama hombre y por primera vez, le transmite el orgullo que siente por él.

No es casualidad, que los demás no hayan contestado, porque el mensaje era solo para él. El más sensible, tierno y delicado de los cinco hermanos y ahora en edad adulta, se ha convertido en un hombre valeroso, inteligente, atento y, ante todo, un padrazo, que siempre ha luchado por lo que más quería.

Y a sus casi 50 años, lo ha conseguido y su progenitor sabe que ahora, no hay nada que lo altere, ni lo borre, ni siquiera el silencio de los suyos, porque ahora su mudez callada, vale más que el cobarde susurro de los demás.

Gracias padre por darme la vida, por permitirme volar y por sentir a tu hijo de esta forma tan especial.

 

el reloj

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Aceptar los regalos que te ofrece la vida.

 

Me está costando colocar toda la revolución que hay en mi interior.

Nuevo trabajo, nuevos compañeros, reencuentro con el pasado después de 36 años estando completamente cerrado. Y reencuentro, porque no decirlo también, con un pasado no tan lejano…

Voy a despedirme en breve de una bici, con la que llevo recorriendo casi toda la sierra madrileña más de 12 años.

Comienzo a escribir de forma profesional, intento dejar huella en el lugar de trabajo, donde me comunico con los ciudadanos a diario y por ser una entidad pública, las cosas tienen su burocracia y su ritmo, hasta en las redes sociales.

Me cuesta acostumbrarme a ese pausado ritmo, sin embargo, me armo de paciencia, porque por fin he comprendido, que muchas veces hay que parar, pararse y observar lo que ocurre a tu alrededor. Porque no todo el mundo sigue tu camino, ni te seguirán jamás.

Hay muchos que no lo entienden o quizá sean incapaces de sentir tu sintonía y mantener ese maravilloso compás.

Llevar las RRSS no está al alcance de cualquiera y mucho menos a determinadas edades, que ni las han vivido, ni las van a vivir  o simplemente no les interesan y no saben definir muy bien cuál es su función y todo lo bueno que te pueden reportar y todas las posibilidades que se pueden alcanzar.

Pero esto que os cuento no solo ocurre en el mundo laboral, ni siquiera en el Social Media. También en el día a día, es muy difícil comunicar lo que quiere o necesita el otro y se piden las cosas desde un lugar, que a mí se me antoja nada sano y menos natural.

Ayer coincidí con un ciclista en mi ruta matinal. Se ofreció a acompañarme y yo encantada con romper la rutina y disfrutar de la compañía. Le respondí que sí.

Era fisioterapeuta, estaba hecho un bisonte, entrenaba de forma regular, porque quería correr el año que viene una maratón. Normalmente salía con una compañera a prepararse para la ocasión, que era íntima amiga de su novia.

Le pregunté que si ella, su pareja, montaba en bici. Me respondió que no, que la quería “engañar” y que a ver si así lo conseguía. Me resultó curioso el verbo empleado. Yo hubiera utilizado: “motivar”, “seducir”, “animar”…pero “¿engañar”?.

Sí, desgraciadamente cuidamos bien poco el vocabulario, las palabras que pronunciamos sin darle apenas valor, tienen mucha importancia, porque es ahí, en el vocabulario que empleas donde expresas lo que quieres.

Por ejemplo, la palabra utilizada por este chico. Si te paras a pensar en el “engaño”, en cuanto descubres el sentido de la palabra, ya no te apetece ni un segundo indagar más.

Me quedé un poco pensativa y aunque no era mi batalla, me brotó del alma contestar, responderle, no dar por finalizada la conversación y añadí. -Pues yo, en mi vida, quiero un ciclista, de cuerpo firme, piernas fuertes y corazón noble. Un hombre que le guste la bici, que la disfrute como yo, porque no hay mejor sensación, que compartir algo que tu amas, con alguien que camine junto a ti. – Y por eso jamás emplearé el verbo “engañar” en algo que me hace tan feliz. –

Se quedó pensativo y cuando los caminos se bifurcaban. Le di las gracias de corazón, añadí que había sido un placer la ruta que me había mostrado y que era el regalo del día.

Hice ademan de marchar, pero entonces, ese hombre grande y corpulento, cercano y atento, se quedó parado como una estatua y me miro, retuvo mi mirada y pasados unos instantes, que a mí se me hicieron eternos, se despidió con la mano y en ese momento, comprendí lo que aquella mirada me había querido decir.

No será ni el último ni el primer ciclista que camine a tu lado. Ten por seguro que pocas veces los sentimientos son tan afines y se expresan de forma tan espontánea y particular.

Porque cuando tu compartes algo con lo que te sientes volar, de una manera tan profunda y llena de verdad, ten por cierto que al otro lado siempre habrá  alguien , que le guste lo tuyo, como a ti, o más y será muy difícil que la vida no te lo quiera regalar.

¡Arriba ciclistas!

bicicleta

 

 

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