Bucear en nuestras profundidades

Me dirijo a mí toalla, después de haber nadado casi 1 km, junto al árbol donde he colocado mis cosas, se encuentran dos mujeres de mediana edad conversando animadamente.

Nos separa a penas un metro, puedo escuchar sin esfuerzo toda la conversación, no tengo el más mínimo interés, sin embrago, comienzan a hablar sobre algo que me atañe, que me provoca una dura sensación.

Está por todos lados: en los medios de comunicación, en el supermercado, entre los amigos, en la comida familiar.

Continúan las amigas con su charla. Hablan de una pareja, ella muy joven en comparación con el hombre que le dobla casi la edad. Muy enamorados los dos.

Él la colma de atenciones,  ella se deja llevar y según logro escuchar, la joven está encantada y llena de felicidad.

Pero en un momento de la relación, ella ya no siente igual. En su pareja, al parecer, la emoción del momento se ha trasformado en posesión.

De forma inconsciente, mi cuerpo se pone en alerta, eso me suena, estoy a punto de entrar…Pero no las conozco de nada y sería una falta de educación.

Una de las mujeres hace top lless, tiene una voz muy agradable, escucha atentamente a su amiga, y mantienen, sin alterarse,  la conversación.

Responsabiliza a la “chica”, que ya no está enamorada y que realmente no le gusta como al principio. La otra mujer piensa igual.

– A veces una siente una cosa, y a la mañana siguiente, se le puede pasar-. Su amiga asiente con la cabeza.

A el marido,  no le hace gracia que vaya con sus amigas, y cuando la chica sale del trabajo, él la pasa a buscar-.

Se nota que está muy enamorado, eso nunca lo ha hecho Javier, y ¡anda que no me hubiese gustado!-.

Le disculpan, no se ponen en el lugar de la chica, y lo peor de todo, es que seguramente ellas, lo sienten así.

-Las chicas jóvenes, se vuelven caprichosas y hoy te quieren y mañana no-.

Al ratito,  recogen sus cosas y se van.

Por la tarde, me doy un paseo por el pantano, coincido con un niño de mediana edad. Me pregunta si uno se puede bañar. Le digo que no, que de ese embalse se saca el agua para beber.

-¿Por qué entonces vas en bañador? –

-Para ponerme morena, según voy  caminando por el-.

El niño me mira extrañado y se va.

Según le veo alejarse, para a tres ciclistas, les interroga igual.

Ellos le responden haciendo un poco de “trampa”.

-Si no te ven, te puedes mojar los pies, pero que no te vean, porque si no te regañarán-.

Me quedo observando la escena, ellos me ven igual, al retomar la marcha con sus bicis pasan a mi lado, ni si quiera me han mirado. Saben que también he estado hablando con el pequeño.

No entiendo muy bien la descortesía. Observo como se alejan.

El más alto de los tres, comentan que no se atreve a decir nada, no le vayan a denunciar. Los otros dos se ríen.

-Menudo está el panorama. En mi oficina hay que tener un cuidado, porque a la mínima “te la lían”-.

El final de la frase, se me clava como una espada. Y entonces, solo entonces, comienzo a hilar.

La sociedad en general, no comprende la demanda de las mujeres.

 Esa justicia soterrada, tejida sobre un hilo invisible, que sintiendo como la aguja cose esa camisa que sujeta las manos a la espalda, sin posibilidad de escapar, es capaz de no dar la cara, y volver a colocar el sedal.

¿Qué estamos haciendo mal? ¿Por qué es tan difícil de entender, que cuando algo duele y causa tanta indignación, es importante, parar, alejarnos del lugar, y asumir nuestra parte de responsabilidad?

Sentir lo que pica por dentro, lo que escuece, lo que más nos cuesta mirar y hacer un ejercicio, adentrándonos en nuestra cueva, y de la misma manera que los “jabalíes” de Tailandia.

Llegar a lo más profundo, para luego desde ahí bucear a la superficie, para que con los brazos abiertos de par en par, fuera camisas, nos reciba el aire puro, y comencemos de nuevo a respirar.

buzos

 

 

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